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Género e intersexualidad. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Mauro Cabral   
lunes, 16 de octubre de 2006
El término campana es utilizado generalmente para nombrar una variedad de condiciones –en su mayor parte congénitas- en las cuales la persona que las manifiesta -llamada intersex, intersexual o intersexuada- posee una anatomía que difiere en mayor o menos grado de los standards masculino o femenino. Se atribuye al investigador Richard Goldschmidt el haber utilizado por primera vez a comienzos del siglo XX el concepto para referirse a ambigüedades anatómicas diversas. En la actualidad, su uso biomédico hace referencia a variaciones anatómicas sexuales patológicas consideradas ambiguas o engañosas (Dreger, 1998).

                 

A pesar de este sentido, socialmente extendido, la inmensa mayoría de los casos de intersexualidad sólo evidencian variaciones morfológicas respecto de expectativas culturales sobre la apariencia de los genitales femeninos o masculinos. Por esta razón, la presencia de micropenes, megaloclítoris, hipospadias y la ausencia de vagina, entre otras condiciones, suelen ser consideradas manifestaciones de intersexualidad aunque no impliquen la indecibilidad del sexo verdadero comúnmente asociada al hermafroditismo. La ocurrencia de un nacimiento donde está presente alguna característica marcadora de intersexualidad es de 1:2000, estimándose la manifestación del llamado hermafroditismo verdadero (determinado por la presencia de tejido gonadal testicular y ovárico) en un 5% del total de ocurrencias. (Fausto Sterling, 2000). Entre los síndromes más comunes asociados con intersexualidad podemos mencionar la insensibilidad a los andrógenos, la hiperplasia suprarrenal congénita, el síndrome de Turner, el síndrome de Klinefelter, etc. Las manifestaciones intersex admiten una gran variedad de causas: variaciones cromosómicas, enzimáticas, genéticas, e incluso accidentales (Kessler, 1998).


A lo largo de la historia y en diversas culturas está documentada la existencia de personas con rasgos que hoy atribuiríamos a la intersexualidad. Denominadas en Occidente como hermafroditas, la homogenización de su status médico y jurídico se produce recién con el advenimiento de la Modernidad (Dreger, 1998). A fines del siglo XIX los descubrimientos endocrinológicos y las nuevas posibilidades de análisis microscópico situaron la identificación del sexo verdadero en el análisis de tejido gonadal post mortem. La llamada Edad de las Gónadas, que se extiende desde esa fecha hasta inicios del siglo XX, se caracterizó por un enfoque tendiente a reducir la variedad anatómica de los géneros, en plena ansiedad cultural y política producida por la emergencia de la homosexualidad masculina y la primera ola del feminismo: dado que el hermafroditismo en sus distintas variantes sólo podía atribuirse post-mortem, todo sujeto vivo era atribuido a uno u otro género durante su vida a través de aproximaciones morfológicas (Dreger, 1998).


A comienzos del siglo XX, la posibilidad quirúrgica de extraer y analizar tejidos de sujetos vivos (y, por lo tanto, la imposibilidad de reducir la ambigüedad sexual y sus consecuencias sociales por este medio) enfrentó a la biomedicina con la necesidad de reubicar la identidad sexual. De este modo, el descubrimiento de la verdad gonadal es desplazado por la inscripción de la identidad sexual verdadera sobre la visibilidad social de los genitales, constituyendo el paradigma de atribución de identidad sexual vigente hasta nuestros días (Dreger, 1998 y 1999). Durante las décadas de 1950 y 1960, y en consonancia con las propuestas teóricas del construccionismo social y las nuevas posibilidades en terapias hormonales y quirúrgicas, emerge un nuevo estilo de manejo clínico de la intersexualidad. Asociado a las investigaciones de John Money, Richard Green y Robert Stoller, entre otros, este nuevo paradigma establecía el carácter esencialmente construido de las identidades de género, liberándolas de todo determinismo biológico. La construcción social del género precisaba, sin embargo, la convicción personal y social acerca de la identidad y su anclaje en formas corporales congruentes, por lo cual la ambigüedad sexual debía ser “normalizada” para producir sujetos claramente femeninos o masculinos. Esta “normalización” requería la aplicación de protocolos de atención que reglamentaban intervenciones sociomédicas específicas, caracterizadas por la realización de cirugías de reconstrucción genital en los primeros años de vida, y terapias hormonales continuas, así como por el desconocimiento del paciente acerca de su condición intersex a través del ocultamiento o modificación de su historia clínica y la imposición del secreto familiar (Califia, 1997). Los protocolos de atención estaban diseñados sobre la base de un riguroso sesgo heteronormativo de género: la atribución de género masculino debía sostenerse en el tamaño y funcionalidad del pene, en tanto que el género femenino debía afirmarse sobre la posibilidad de mantener sexo penetrativo. Las posibilidades de identificación lésbica, así como la ninfomanía, serían prevenidas a través de la reducción en el tamaño del clítoris, en tanto que se procuraba evitar la homosexualidad masculina a través de la atribución en el género femenino de todo sujeto con un pene “inadecuado” (Kessler, 1998). Este paradigma atencional, que Alice Dreger denomina Edad de las Cirugías constituye el modelo hegemónico de aproximación sociomédica a la intersexualidad en todo Occidente (Dreger, 1998) (Preciado, 2000).


A comienzos de la década de 1990 surgen en Estados Unidos los primeros grupos de activismo intersex, en particular, la Intersex Society of North America (ISNA), que concentra el activismo; un grupo de médicos y psiquiatras, así como investigadoras sostienen esta posición, y sus intervenciones públicas.
La intersexualidad como posición identitaria, según es sostenida por los grupos de activismo intersex y sus aliados/as en el campo académico y biomédico, no responde a la sola manifestación de formas corporales específicas, sino, y centralmente, a su conjunción con experiencias de intervención sociomédica inspiradas en el paradigma identitario vigente. De este modo, muchas personas intersex se identifican como tales a partir de las intervenciones “normalizadoras” de sus genitales y sus historias de vida, a pesar de que tales intervenciones “borren” las diferencias anatómicas marcadoras de intersexualidad, y muchas personas que según la perspectiva biomédica hegemónica podrían ser categorizadas como intersexuales, no se reconocen como tales a partir de experiencias de no intervención. Entre las consecuencias más extendida de las intervenciones “normalizadoras” se encuentran el trauma post quirúrgico y la insensibilidad genital, así como aquellas derivadas del ocultamiento de la historia personal y el de la intersexualidad como un secreto vergonzante, dando lugar a su denuncia como mutilación genital infantil intersex (Chase, 1998).


Si bien el activismo intersex sostiene la posibilidad de la intersexualidad como posición identitaria particular, la demanda de máxima de este movimiento es el respeto por la integridad corporal de los niños y niñas intersex, a partir de dos reconocimientos: en primer término, la propiedad individual del propio cuerpo; en segundo término, el carácter histórico, construido y contingente de la relación entre corporalidad y género, incluyendo la definición de genitales femenina o masculinamente “adecuados”. Desde esta posición, y bajo el mandato ético de no dañar, se recomienda la atribución de género en el momento de nacer (sobre la base de las mejores expectativas informadas por experiencias de atribución anteriores), difiriendo las intervenciones quirúrgicas hasta que la persona intersex pueda decidir informadamente. Esta posición llevaría, desde la perspectiva de Dreger, a una nueva Era –la Era del Consentimiento, caracterizada por la aplicación de protocolos de atencion centrados en el sujeto. (Dreger, 1998). Hasta el momento, sólo la Corte Constitucional de Colombia ha emitido un fallo que protege a niños y niñas intersex de ser intervenidos quirúrgicamente sobre la base de “ambigüedad genital”. Ni la intersexualidad ni la mutilación genital infantil intersex aparecen contenidas en la mayor parte de las agendas feministas de derechos sexuales y reproductivos.


Mauro Cabral
Artículo incluido en "Diccionario de Estudios de Género y Feminismos", (comp.) Susana Gamba con la colaboración de Tania Diz (en prensa)


Bibliografia

Califia, Pat (1997) Sex Change. The politics of transgenderism. Cleis Press, San Francisco, Estados Unidos

Chase, Cheryl “I can’t afford to get sick“ en Feinberg, Leslie (1998) Transliberation Beacon Press, Nueva York, Estados Unidos.

Colapinto, John (2000) As nature made him. The boy who was raised as a girl Casper Collins, Nueva York, Estados Unidos.

Dreger, Alice (1998) Hermaphrodites and the medical invention of sex. Harvard University Press, Massachusetts, Estados Unidos

Dreger, Alice (1999) Intersex in the Age of Ethics, Universtiy Publishing Groups, Maryland, Estados Unidos

Fausto Sterling , Anne (2000) Sexing the Body. Gender politics and the construction of sexuality. Basic Books, Nueva York, Estados Unidos.

Kessler, Suzanne (1998) Lessons from the Intersexed, Rutgers University Press, Nueva Jersey, Estados Unidos.

Money, John, Hampson, John y Hampson, Joan (1955) “Hermaprhoditism: recommendations concerning assignment of sex, change of sex, and psychologic management”, en Bulletin of the John Hopkins Hospital, nº 97.

Preciado, Beatriz (2000) Manifiesto Contra-Sexual, Opera Prima, Madrid, España.

http://agendadelasmujeres.com.ar/index2.php?id=3¬a=121

 
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