Lo que importa no es la
“diferencia sexual” o la “diferencia de l@s homosexuales”, sino las multitudes
queer. Una multitud de cuerpos: cuerpos transgéneros, hombres sin pene,
bolleras lobo, ciborgs, femmes butchs, maricas lesbianas... La “multitud
sexual” aparece como el sujeto posible de la política queer.
A la memoria de
Monique Wittig
« Entramos en una época en que las minorías del mundo
comienzan a organizarse contra los poderes que les dominan y contra todas las
ortodoxias » Félix Guattari, Recherches (Trois Milliards de Pervers),
1973.
La sexopolítica es una de las formas dominantes de la acción
biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los órganos
llamados « sexuales », las prácticas sexuales y también los códigos de la
masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales y desviadas)
forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo
y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de
control sobre la vida.
Al distinguir entre « sociedades
soberanas » y « sociedades disciplinarias » Foucault ya había señalado el paso,
que ocurre en la época moderna, de una forma de poder que decide sobre la
muerte y la ritualiza, a una nueva forma de poder que calcula técnicamente la
vida en términos de población, de salud o de interés nacional. Por otra parte,
precisamente en ese momento aparece la nueva separación
homosexual/heterosexual. Trabajando en la línea iniciada por Audre Lorde [1], Ti-Grace Atkinson [2] y el manifiesto «
The-Woman-Identified-Woman » [3] de « Radicalesbians »,
Wittig llegó a describir la heterosexualidad no como una práctica sexual sino
como un régimen político [4], que forma parte de la administración de los
cuerpos y de la gestión calculada de la vida, es decir, como parte de la
“biopolítica” [5]. Una lectura cruzada de Wittig y de Foucault permitió a
comienzos de los años 80 que se diera una definición de la heterosexualidad
como tecnología bio-política destinada a producir cuerpos heteros (straight).
El
imperio sexual
La noción de sexopolítica tiene en Foucault su punto de
partida, cuestionando su concepción de la política según la cual el biopoder
sólo produce disciplinas de normalización y determina formas de subjetivación.
A partir de los análisis de Mauricio Lazzaratto [6] que distingue el biopoder
de la potencia de la vida, podemos comprender los cuerpos y las identidades de
los anormales como potencias políticas y no simplemente como efectos de los
discursos sobre el sexo. Esto significa que hay que añadir diversos capítulos a
la historia de la sexualidad inaugurada por Foucault. La evolución de la
sexualidad moderna está directamente relacionada con la emergencia de lo que
podría denominarse el nuevo “Imperio Sexual” (para resexualizar el Imperio de
Hardt y Negri). El sexo (los órganos sexuales, la capacidad de reproducción,
los roles sexuales en las disciplinas modernas...) es el correlato del capital.
La sexopolítica no puede reducirse a la regulación de las condiciones de
reproducción de la vida, ni a los procesos biológicos que “conciernen a la
población”. El cuerpo hetero (straight) es el producto de una división del
trabajo de la carne según la cual cada órgano es definido por su función. Toda
sexualidad implica siempre una territorialización precisa de la boca, de la
vagina, del ano.
De este modo el pensamiento heterocentrado asegura el vínculo
estructural entre la producción de la identidad de género y la producción de
ciertos órganos como órganos sexuales y reproductores. Capitalismo sexual y
sexo del capitalismo. El sexo del ser vivo se convierte en un objeto central de
la política y de la gobernabilidad. En realidad, el análisis foucaultiano de la
sexualidad depende en exceso de cierta idea de la disciplina del siglo XIX. A
pesar de conocer los movimientos feministas americanos, la subcultura SM o el
Fhar en Francia, nada de esto le llevó realmente a analizar la proliferación de
las tecnologías del cuerpo sexual en el siglo XX: medicalización y tratamiento
de los niños intersexuales, gestión quirúrgica de la transexualidad,
reconstrucción y “aumento” de la masculinidad y de la feminidad normativas,
regulación del trabajo sexual por el Estado, boom de las industrias
pornográficas... Su rechazo de la identidad y de la militancia gay le llevará a
inventarse una retroficción a la sombra de la Grecia Antigua.
Ahora bien, en los años 50, asistimos a una ruptura en el
régimen disciplinario del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo
XIX, las disciplinas biopolíticas funcionaban como una máquina para naturalizar
el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por “la conciencia”. Lo será por
médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción de “género” para
abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente la morfología
sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales. Money es el
Hegel de la historia del sexo. Esta noción de género constituye un primer
momento de reflexividad (y una mutación irreversible respecto al siglo XIX).
Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los niños
“intersexuales”, operados al nacer o tratados durante la pubertad, se
convierten en minorías construidas como “anormales” en beneficio de la
regulación normativa del cuerpo de la masa straight (heterocentrada).
Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el
Imperio Sexual intenta regular, controlar, normalizar. El “post-moneismo” es al
sexo lo que el post-fordismo al capital. El Imperio de los normales desde los
años 50 depende de la producción y de la circulación a gran velocidad de los
flujos de silicona, flujos de hormonas, flujo textual, flujo de las
representaciones, flujo de las técnicas quirúrgicas, en definitiva flujo de los
géneros. Por supuesto, no todo circula de manera constante, y además no todos
los cuerpos obtienen los mismos beneficios de esta circulación: la
normalización contemporánea del cuerpo se basa en esta circulación diferenciada
de los flujos de sexualización . Esto nos recuerda oportunamente que el
concepto de “género” fue ante todo una noción sexopolítica antes de convertirse
en una herramienta teórica del feminismo americano. No es casualidad que en los
años 80, en el debate que oponía a las feministas “constructivistas” y las
feministas “esencialistas”, la noción de “género” va a convertirse en la herramienta
teórica fundamental para conceptualizar la construcción social, la fabricación
histórica y cultural de la diferencia sexual, frente a la reivindicación de la
“feminidad” como sustrato natural, como forma de verdad ontológica.
Políticas
de las multitudes queer
El género ha pasado de ser una noción al servicio de una
política de reproducción de la vida sexual a ser el signo de una multitud. El
género no es el efecto de un sistema cerrado de poder, ni una idea que actúa
sobre la materia pasiva, sino el nombre del conjunto de dispositivos
sexopolíticos (desde la medicina a la representación pornográfica, pasando por
las instituciones familiares) que van a ser objeto de reapropiación por las
minorías sexuales. En Francia, la mani del 1 de mayo de 1970, el número 12 de Tout
y el de Recherches (Trois milliards de Pervers), el Movimiento de antes
del MLF, el FHAR y las terroristas de las Gouines Rouges (Bolleras Rojas)
constituyen una primera ofensiva de los “anormales”. El cuerpo no es un dato
pasivo sobre el cual actúa el biopoder, sino más bien la potencia misma que
hace posible la incorporación protésica de los géneros. La sexopolítica no es
sólo un lugar de poder, sino sobre todo el espacio de una creación donde se
suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales,
intersexuales, transgéneros, chicanas, post-coloniales... Las minorías sexuales
se convierten en multitudes. El monstruo sexual que tiene por nombre multitud
se vuelve queer.
El cuerpo de la multitud queer aparece en el centro de lo que
podríamos llamar, para retomar una expresión de Deleuze/Guattari, un trabajo de
“desterritorialización” de la heterosexualidad. Una desterritorialización que
afecta tanto al espacio urbano (por tanto, habría que hablar de desterritorialización
del espacio mayoritario, y no de gueto) como al espacio corporal. Este proceso
de “desterritorialización” del cuerpo supone una resistencia a los procesos de
llegar a ser “normal”. El hecho de que haya tecnologías precisas de producción
de cuerpos “normales” o de normalización de los géneros no conlleva un
determinismo ni una imposibilidad de acción política. Al contrario. Dado que la
multitud queer lleva en sí misma, como fracaso o residuo, la historia de las
tecnologías de normalización de los cuerpos, tiene también la posibilidad de
intervenir en los dispositivos biotecnológicos de producción de subjetividad
sexual. Esto es concebible a condición de evitar dos trampas conceptuales y
políticas, dos lecturas (equivocadas pero posibles) de Foucault. Hay que evitar
la segregación del espacio político que convertiría a las multitudes queer en
una especie de margen o de reserva de trasgresión. No hay que caer en la trampa
de la lectura liberal o neoconservadora de Foucault que llevaría a concebir las
multitudes queer como algo opuesto a las estrategias identitarias, tomando la
multitud como una acumulación de individuos soberanos e iguales ante la ley,
sexualmente irreductibles, propietarios de sus cuerpos y que reivindicarían su
derecho inalienable al placer. La primera lectura tiende a una apropiación de
la potencia política de los anormales en una óptica de progreso, la segunda
silencia los privilegios de la mayoría y de la normalidad (hetero)sexual, que
no reconoce que es una identidad dominante. Teniendo esto en cuenta, los
cuerpos ya no son dóciles. “Des-identificación” (para retomar la formulación de
De Lauretis), identificaciones estratégicas, reconversión de las tecnologías
del cuerpo y desontologización del sujeto de la política sexual, estas son
algunas de las estrategias políticas de las multitudes queer.
- Des-identificación. Surge de las bolleras que no son
mujeres, de los maricas que no son hombres, de los trans que no son ni hombres
ni mujeres. En este sentido, si Wittig ha sido recuperada por las multitudes
queer es precisamente porque su declaración “las lesbianas no son mujeres” es
un recurso que permite combatir por medio de la des-identificación la exclusión
de la identidad lesbiana como condición de posibilidad de la formación del sujeto
político del feminismo moderno.
- Identificaciones estratégicas: Identificaciones negativas
como “bolleras” o “maricones” se han convertido en lugares de producción de
identidades que resisten a la normalización, que desconfían del poder
totalitario, de las llamadas a la “universalización”. Influidas por la crítica
post-colonial, las teorías queer de los años 90 han utilizado los enormes
recursos políticos de la identificación “gueto”, identificaciones que iban a
tomar un nuevo valor político, dado que por primera vez los sujetos de la
enunciación eran las propias bolleras, los maricas, los negros y las personas
transgénero. A aquellos que agitan la amenaza de la guetización, los
movimientos y las teorías queer responden con estrategias a la vez hiper-identitarias
y post-identitarias. Hacen un uso radical de los recursos políticos de la
producción performativa de las identidades desviadas. La fuerza de movimientos
como Act Up, Lesbian Avengers o las Radical Fairies deriva de su capacidad para
utilizar sus posiciones de sujetos “abyectos” (esos “malos sujetos” que son los
seropositivos, las bolleras, los maricas) para hacer de ello lugares de
resistencia al punto de vista “universal”, a la historia blanca, colonial y
hetero de lo “humano”.
Afortunadamente, estas multitudes
no comparten la desconfianza –insistimos en ello- de Foucault, Wittig y Deleuze hacia la
identidad como lugar de acción política, a pesar de sus diferentes formas de
analizar el poder y la opresión. A inicios de los años 70 el Foucault francés
se distancia del Fhar a causa de lo que él llama “tendencia a la guetización”,
mientras que al Foucault americano parecían gustarle mucho las “nuevas formas
de cuerpos y de placeres” que las políticas de la identidad gay, lesbiana y SM
habían producido en el barrio de Castro, el “gueto” de San Francisco. Por su
parte, Deleuze criticaba lo que denominaba una identidad “homosexual molar”,
porque pensaba que promovía el gueto gay, para idealizar la “homosexualidad
molecular” que le permitiría hacer de las “buenas” figuras homosexuales, desde
Proust al “travestí afeminado”, ejemplos paradigmáticos del proceso de “llegar
a ser mujer” que estaba en el centro de su agenda política. Incluso le
permitiría disertar sobre la homosexualidad en vez de cuestionarse sus propios
presupuestos heterosexuales [7]. En cuanto a Wittig, podemos preguntarnos si su
adhesión a la posición del “escritor universal” impidió que le borraran de la
lista de los “clásicos” de la literatura francesa tras la publicación del
Cuerpo Lesbiano en 1973. Está claro que no, cuando vimos cómo el periódico Le
Monde se apresuraba a cambiar el título original de su nota necrológica,
por un “Monique Wittig, la apología del lesbianismo” encabezado por la palabra
“Desapariciones”. [8]
- Reconversión de las tecnologías del cuerpo: Los cuerpos de
las multitudes queer son también reapropiaciones y reconversiones de los
discursos de la medicina anatómica y de la pornografía, entre otros, que han
construido el cuerpo hetero y el cuerpo desviado modernos. La multitud queer no
tiene que ver con un “tercer sexo” o un “más allá de los géneros”. Se dedica a
la apropiación de las disciplinas de los saberes/poderes sobre los sexos, a la
rearticulación y la reconversión de las tecnologías sexopolíticas concretas de
producción de los cuerpos “normales” y “desviados”. A diferencia de las
políticas “feministas” u “homosexuales”, la política de la multitud queer no se
basa en una identidad natural (hombre/mujer), ni en una definición basada en
las prácticas (heterosexuales/homosexuales) sino en una multiplicidad de
cuerpos que se alzan contra los regímenes que les construyen como “normales” o
“anormales”: son las drag-kings, las bolleras lobo, las mujeres barbudas, los
trans-maricas sin polla, los discapacitados-ciborg... Lo que está en juego es
cómo resistir o cómo reconvertir las formas de subjetivación sexopolíticas.
Esta reapropiación de los discursos de producción de poder/saber sobre el sexo
es una conmoción epistemológica. En su introducción programática al famoso número
de Recherches sin duda inspirado por el FHAR, Guattari describe esta
mutación en las formas de resistencia y de acción política: “el objeto de este
número –las homosexualidades hoy en Francia- no podía ser abordado sin poner en
cuestión los métodos ordinarios de investigación en ciencias humanas que, bajo
el pretexto de la objetividad, intentan establecer una distancia máxima entre
el investigador y su objeto (...). El análisis institucional, por el contrario,
implica un descentramiento radical de la enunciación científica. Pero para ello
no basta con “dar la palabra” a los sujetos implicados –lo cual es a veces una
iniciativa formal, casi jesuítica- sino que además hay que crear las
condiciones de un ejercicio total, paroxístico, de esta enunciación (...). Mayo
del 68 nos ha enseñado a leer en los muros y después hemos empezado a descifrar
los grafitis en las prisiones, los asilos y hoy en los váteres. Queda por
rehacer todo un “nuevo espíritu científico” [9]. La historia de estos
movimientos político-sexuales post-moneistas es la historia de esta creación de
las condiciones de un ejercicio total de la enunciación, la historia de un
vuelco de la fuerza performativa de los discursos, y de una reapropiación de
las tecnologías sexopolíticas de producción de los cueros de los “anormales”.
La toma de la palabra por las minorías queer es un acontecimiento no tanto
post-moderno como post-humano: una transformación en la producción y en la
circulación de los discursos en las instituciones modernas (de la escuela a la
familia, pasando por el cine o el arte) y una mutación de los cuerpos.
- Desontologización del sujeto de
la política sexual. En los años 90 una nueva generación surgida de los propios
movimientos identitarios comenzó a redefinir la lucha y los límites del sujeto
político “feminista” y “homosexual”. En el plano teórico, esta ruptura tomó
inicialmente la forma de un retorno crítico sobre el feminismo, realizado por
las lesbianas y las post-feministas americanas, apoyándose en Foucault, Derrida
y Deleuze. Reivindicando un movimiento post-feminista o queer, Teresa de
Lauretis [10], Donna Haraway [11], Judith Butler [12], Judith Halberstam [13] en EEUU, Marie-Hélène
Bourcier [14] en Francia, y lesbianas
chicanas como Gloria Anzaldúa [15] o feministas negras
como Barbara Smith [16] y Audre Lorde van a
criticar la naturalización de la noción de feminidad que inicialmente había
sido la fuente de cohesión del sujeto del feminismo. Se había iniciado la
crítica radical del sujeto unitario del feminismo, colonial, blanco, emanado de
la clase media-alta y desexualizado. Las multitudes queer no son post-feministas
porque quieran o deseen actuar sin el feminismo. Al contrario. Son el resultado
de una confrontación reflexiva del feminismo con las diferencias que éste
borraba para favorecer un sujeto político “mujer” hegemónico y heterocentrado.
En cuanto a los movimientos de liberación de gays y lesbianas,
dado que su objetivo es la obtención de la igualdad de derechos y que para ello
se basan en concepciones fijas de la identidad sexual, contribuyen a la
normalización y a la integración de los gays y las lesbianas en la cultura
heterosexual dominante, lo que favorece las políticas pro-familia, tales como
la reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión
del patrimonio. Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y transgéneros
han reaccionado y reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa normalización de
la identidad homosexual. Surgen voces que cuestionan la validez de la noción de
identidad sexual como único fundamento de la acción política; contra ello
proponen una proliferación de diferencias (de raza, de clase, de edad, de
prácticas sexuales no normativas, de discapacidad). La noción medicalizada de
homosexualidad que data del siglo XIX y que define la identidad por las
prácticas sexuales es abandonada en favor de una definición política y
estratégica de las identidades queer. La homosexualidad tan bien controlada y
producida por la scientia sexualis del siglo XIX ha explotado; se ha
visto desbordada por una multitud de “malos sujetos” queer.
La política de las multitudes queer emerge de una posición
crítica respecto a los efectos normalizadores y disciplinarios de toda
formación identitaria, de una desontologización del sujeto de la política de
las identidades: no hay una base natural (“mujer”, “gay”, etc.) que pueda legitimar
la acción política. No tiene por objetivo la liberación de las mujeres de “la
dominación masculina”, como quería el feminismo clásico, porque no se basa en
la “diferencia sexual”, sinónimo de una división fundamental de la opresión
(transcultural, transhistórica) basada en una diferencia de naturaleza que
debería estructurar la acción política. La noción de multitud queer se opone a
la de “diferencia sexual”, tal y como fue explotada tanto en los feminismos
esencialistas (de Irigaray a Cixous, pasando por Kristeva) como por las
variantes estructuralistas y/o lacanianas del discurso del psicoanálisis
(Roudinesco, Héritier, Théry...). Se opone a las políticas paritarias derivadas
de una noción biológica de la “mujer” o de la “diferencia sexual”. Se opone a
las políticas republicanas universalistas que permiten el “reconocimiento” e
imponen la “integración” de las “diferencias”en el seno de la República. No hay
diferencia sexual, sino una multitud de diferencias, una transversalidad de las
relaciones de poder, una diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias
no son “representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso
mismo no sólo los regímenes de representación política sino también los
sistemas de producción de saber científico de los “normales”. En este sentido,
las políticas de las multitudes queer se oponen tanto a las instituciones
políticas tradicionales que se presentan como soberanas y universalmente
representativas, como a las epistemologías sexopolíticas heterocentradas que
dominan todavía la producción de la ciencia.
(Traducción al castellano: el bollo loco)
[1] Audre Lorde, Sister Outsider, California, Crossing
Press, 1984.
[2] Ti-Grace Atkinson, « Radical Feminism »,en Notes
from the Second Year, New York, Radical Feminism, 1970, pp. 32-37 ; Ti-Grace
Atkinson, Amazon Odyssey, New York, Links, 1974.
[3] Radicalesbians, « The Woman-Identified Woman », en
Anne Koedt, dir. Notes from the Third Year, New York, 1971.
[4] Monique Wittig, The straight mind and other essays,
Boston, Beacon Press, 1992.
[5] Michel Foucault, Historia
de la sexualidad, Volumen I, Siglo XXI, Madrid, 1979.
[6] Maurizio Lazzarato, Puissances de l'invention. La psychologie économique
de Gabriel Tarde contre l'économie politique, Paris, Les Empêcheurs de penser
en rond, 2002.
[7] Para un análisis
detallado de este uso de los tropos homosexuales, ver el capítulo « Deleuze o
el amor que no osa decir su nombre », en Beatriz Preciado, Manifiesto contra
sexual, Opera Prima, Madrid, 2002.
[8] Le Monde, sábado 11 de
enero de 2003.
[9] Félix Guattari, Recherches, « Trois millards de pervers », marzo 1973,
pp.2-3.
[10] Teresa De Lauretis, Technologies of Gender, Essays
on Theory, Film, and Fiction, Bloomington, Indiana University Press, 1987.
[11] Donna Haraway, Ciencia,
cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid. 1995.
[12] Judith Butler, El género
en disputa, Paidós, México, 2001.
[13] Judith Halberstam, Female Masculinity, Durham, Duke
University Press, 1998.
[14] Marie-Hélène Bourcier, Queer Zones, politiques des identités sexuelles,
des représentations et des savoirs, Paris, Balland, 2001.
[15] Gloria Anzaldúa, Borderlands/La Frontera : The New
Mestiza, San Francisco, Spinster/Aunt Lutte, 1987.
[16] Gloria Hull, Bell Scott and Barbara Smith, All the
Women Are White, All the Black Are Men, But Some of Us Are Brave : Black
Women's Studies, New York, Feminist Press, 1982.