Queer Maribollo Trans
FRONTERAS ENTRE LOS GENEROS Y REPRESENTACIONES FILMICAS QUEER | FRONTERAS ENTRE LOS GENEROS Y REPRESENTACIONES FILMICAS QUEER |
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| Escrito por Eduardo Nabal Aragón | |
| miércoles, 03 de septiembre de 2008 | |
Documental y Ficción,
Masculino/Femenino. Sujetos que se representan a sí
mismos, eso entra también dentro de la categoría de ficciones, de las ficciones
de lo humano y de las ficciones representadas. Las representaciones documentales
tienen una importancia política que ha sido ampliamente cuestionada sobre todo
recientemente, y a partir de la aparición de ese género tan de moda que se llama
“falso
documental”. Un subgénero que es tan viejo como el cine
mismo, pero que ha cobrado vigencia a partir de las tergiversaciones de
diferentes realidades que vemos, cada vez con más frecuencia, en los medios de
comunicación de masas. Eso que llamamos realidad, como vemos a diario en
televisiones y noticiarios, puede ser manipulado y lo es en aras de unos y otros
intereses. Yo diría que, también en el documental, lo es constantemente.
Según el crítico Henry Breitose “Una tendencia reciente en el documental contemporáneo es la de intentar salvar el espacio entre el Yo y el Otro y hacer experimentos con sujetos que se representan a sí mismos como quisieran ser vistos”.
La
elección del punto de vista, del enfoque, de lo que queremos o no decir, las
secuencias suprimidas en el montaje, la gente a la que no hemos conseguido
entrevistar o los lugares en los que no hemos podido o querido entrar. Todo
acaba difuminando las fronteras aparentemente claras entre un documental como
“imagen de la realidad” y una película de ficción como “recreación o
representación de la realidad”. Sin embargo, gran parte de lo que se dio en
llamar new queer
cinema no nació de la postmodernidad cultural o del mundo
académico relacionado con el cine sino de la necesidad de hablar de problemas
urgentes como la pandemia del SIDA, en los videos de prevención o en torno a las
acciones políticas que denunciaban la inacción de los poderes públicos ante
la pandemia.
Grupos como Act-Up plantearon la
necesidad de grabar o filmar sus protestas, de fotografiarlas, de exponerlas
después. También de la necesidad de tomar la palabra, agotados y agotadas entre
la tensión entre las imágenes positivas o negativas dadas por otros.
El documental sobre gays, lesbianas
y transexuales ha sido un importante campo reivindicativo en el terreno de la No es extraño que estos binarismos o dualidades funcionen, según en qué contextos, no sólo como absolutamente dependientes o exteriores el uno del otro sino, sobre todo, como ficciones del otro, subordinado, negado o reafirmado o como documentos de lo que queremos ser negando ser otro u otra. En su último libro traducido al castellano “Deshacer el género”, su autora, Judith Butler vuelve a plantear, tal vez con un tono- para mí- más político que en sus anteriores trabajos, una crítica a lo humano como una categoría universalizada y a la vez constituida de fisuras, ficciones y exclusiones. “El negro no es un hombre” dice Franz Fanon, tal vez porque ,en determinados momentos, lugares y situaciones, el reconocimiento como sujeto de los varones de color desaparece y sus derechos básicos, ésos que se llaman humanos, se le niegan. O porque aparecen feminizados o fetichizados como cuerpos saturados de raza y sexualidad por la cultura hegemónica blanca. “Las lesbianas no son mujeres” dice Monique Wittig en su libro “El pensamiento heterosexual” por la forma en la que escapan o pueden resistir al contrato masculino, falocéntrico y heterosexual. Una cultura que los y las convierte en exterioridad pero que, al mismo tiempo, los incluye como un “otro” del que depende una estabilidad en el privilegio.
La consideración de no humanos
de las personas intersexuales, que, al ver sus cuerpos medicalizados, son
despojadas del derecho a decidir sobre sí mismos y su subjetividad sexuada, es
para Butler un
continuum que no sólo ha llevado a la patologización de
la transexualidad a través de la llamada “disforia de género” sino también a la
reasignación forzosa de sexo a los bebés intersexuales. Esta deshumanización, en
determinados momentos o contextos de los sujetos por su raza, origen, clase
social, género u opción sexual es para ella parte del mismo continuum punitivo
que ha llevado a los asesinatos de odio, en EEUU, de Brandon Teena, Mathew
Sheppard y Gregg Araujo. Y en otras latitudes se cobra también cada año muchas
vidas por asesinatos de odio o ejecuciones todavía legales. Sin ir más lejos
hace poco en Portugal un grupo de chicos torturó y asesinó a la transexual
Gisberta, llamada por la prensa por su nombre legal, Gilberto.
Un crimen que, como en muchos otros casos, ha sido ninguneado por la prensa más
conservadora y que el propio gobierno portugués se ha resistido a calificarlo de
“crimen de odio”.
El documental de Jennie
Livinstong “Paris is Burning”, que muestra la vida y el trabajo en una sala de
baile y espectáculos de una serie de minorías raciales (afroamericanos pero
sobre todo latinos) y sexuales (sobre todo gays y transexuales) excluidas de la
cultura oficial estadounidense, ha obtenido sorprendentemente sus críticas más
duras de una parte de la crítica feminista, incluso de las feministas negras ,
que lo han acusado de cierta misoginia en la apropiación de lo femenino que
hacen que personajes como Venus Xtravaganza, asesinada por uno de sus clientes
después de descubrir sus genitales masculinos poco después de concluir el rodaje
del filme. Para ellas Livinstong hace un documental etnográfico, no exento de
cierto paternalismo, además de idealizar la figura del travestido.
Una crítica que se ha hecho siempre al documental se refiere a sus límites reales como género de denuncia. Algo así como “me ocupo un rato de este u otro asunto y luego desaparezco”. “Muestro, denuncio, hago un gesto por esta o aquella causa y hago dinero”. Para Butler el significado de documentales como “Paris is burning” es otro ya que, como sabemos por sus primeros trabajos, esta apropiación de los códigos de género y sexualidad no es una caricatura sino una puesta en la picota del binarismo mujer/hombre desde una posición heterocentrada. Es la demostración de que hay una ficción inalcanzable que intentamos convertir o hacer pasar por real continuamente, aunque se cree y se reifique a través de diversos discursos de poder y saber que atraviesan nuestros cuerpos e incluso nuestras concepciones de nosotros mismos como más o menos humanos. Y la cuestión de la raza tampoco escapa, para ella, a la crítica foucaultiana del poder productivo y discursivo, que sujeta a la vez que crea. El documental surge entonces de una necesidad no sólo de denunciar sino también de mostrar algo como forma de incitación a hablar de ello. El filme, denominado de “no ficción”, sobre gays y lesbianas puede ser pues también una categoría etnográfica -investigo sujetos o grupos poco investigados- pero los realizadores y realizadoras del cine queer y más independiente han puesto en la picota la cuestión central: que sean los propios los propios sujetos que escapan a lo heteronormativo quienes hablen de sí mismos y articulen una mirada fílmica y una visión del mundo propias, sin intermediarios, reclamando la multitud diaspórica de su subjetividad.
El cine, desde un punto de vista
técnico y visual, rara vez habla en primera persona (los experimentos de una
película entera rodada con cámara subjetiva han sido en general interesantes
pero fallidos proyectos) pero la importancia de hacerlo, de incluir la
subjetividad en el engranaje fílmico de un modo cada vez más audaz está ya
presente para las autorepresentaciones de los disidentes sexuales. El documental
está empezando a hacerlo incluyendo estas subjetividades que se pretenden
transformadoras e incorporándolas también, como ha hecho el cine queer e
independiente, al hecho cinematográfico.
Eduardo Nabal Aragón
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