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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
jueves
03. jul 2008
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México: El rojo amanecer de Atenco PDF Imprimir E-Mail
Escrito por J.Ibarrondo & L.K.García.   
viernes, 23 de junio de 2006

Sostiene Robert Fisk que “cuando ves a víctimas infantiles apiladas en el lugar de una masacre no es el momento de dar el mismo tiempo periodístico a los asesinos”. No lo dijo después de haber estado en San Salvador Atenco (México) el 3 y 4 de mayo de 2006, pero parecería que había visitado el horror de violaciones en masa, niños baleados a quemarropa o más de 200 detenidos sin derechos. Porque este pueblo de 40.000 habitantes, ubicado a 30 kms. al este del DF y con ya sólo un 10% de los habitantes dedicados al trabajo del campo, este apacible lugar vivió esos días lo que el avezado periodista británico dice que es “el fracaso total del espíritu humano”, esto es, la guerra.

 

            

Cuentan en México que Atenco siempre había sido una pura fiesta. En Carnavales, por ejemplo, la comunidad vibra en tres jornadas de baile continuo: se baila la polka, los hombres se visten de mujeres y los travestis están en su salsa; la fiesta tiene, además, un indudable resabio de la época de la conquista, y es que no cabe duda de quiénes son esos hombres barbudos de los que se burla el pueblo. Organizan la fiesta, además, porque los lazos intracomunitarios son muy fuertes, lo que propicia la movilización general del pueblo; para reírse y bailar, pero también para luchar hasta la última gota cuando es menester. Con el machete en la mano como icono de lo que han sido desde siglos y como signo de orgullo grupal.

                           

Tal vez Atenco llegó demasiado lejos y lo tenía que pagar. El pueblo había hecho hincar la rodilla al poder un 1 de agosto de 2002, cuando el Gobierno de México, obligado por una lucha ejemplar, tuvo que promulgar un decreto derogador de las expropiaciones de los terrenos del pueblo donde durante meses intentó instalar un aeropuerto. Les habían intentado engañar ofreciendo a los dueños de las tierras medio euro por metro cuadrado y se burlaron de ellos cuando representantes gubernamentales declararon que ya le habían pedido permiso “a los patos del lago” para ubicar allí el aeropuerto. Pero Atenco estaba fuerte. “Ni hoteles ni aviones, la tierra da frijoles”, le gritó a la cara al poder, y le fastidiaron, de paso, un negocio estimado en 4.000 millones de dólares.

                        

Ahí iniciaron otra pelea para dejar sin efecto las órdenes de aprehensión que se habían dictado contra los activistas, y, después de un año, volvieron a vencer. Y quizás en ese punto ocurrieron dos cosas que, por encima de victorias parciales, molestaron realmente al poder: Atenco decidió iniciar un proceso de transformación y mejora del pueblo, planteándole al Gobierno los pasos a dar para un desarrollo real en base a la organización comunitaria; y, por si eso fuera poco, implementó una política de alianzas con otros pueblos en lucha, como Santa Catarina, al que apoyaron en su reclamo de organizar una línea de transporte racional, lucha en la que, para variar, también ganaron. Era el Frente de Pueblos de Defensa de la Tierra el que actuaba, por encima de partidos u otras estructuras similares, conectado con otros pueblos de México con problemáticas similares. Dicen los atenquenses que hasta entonces no habían pronunciado jamás la palabra neoliberalismo, pero que aquel proceso les situó de pronto en el centro de la bestia.

                 

Pero la reacción no tardaría en llegar. Sería la primera semana de mayo de 2006, cuando, precisamente, se solidarizaron con unos floristas represaliados por la Policía en Texcoco. Era la excusa para el terror.

                   

Al habla con dos “peligrosos delicuentes”

                           

Encontramos a Saúl Ríos y a Martha Pérez escondidos en una casa del DF que más bien parece un refugio antirepresivo. Saúl era carpintero hasta que Atenco se puso en pie y se desató la tormenta y Martha era psicóloga. Se abrazan sin cesar y sonríen ante el foráneo. Ellos son los “peligrosos delincuentes” que el poder ha intentado masacrar. Son las víctimas que hay que escuchar, que diría Fisk. Y los escuchamos con atención.

                                   

“El 4 de mayo a las 6 de la mañana aparecieron unos 3.500 militares. ¡Era un Ejército completo! Nosotros, que no habíamos visto nunca un granadero…”, relata Saúl sin quitar el brazo del hombro de Martha. “Enseguida, así vimos su proceder, nos dimos cuenta que estaban drogados. Decían buscar armas y por eso se metían en las casas”. Sólo que en las casas vejaron a impedidos, sobaron y violaron a mujeres y golpearon sin parar. “Me detuvieron, pero me escapé colándome debajo de un camión, mientras les oía decir: ¡Hay que matarlos a todos!”. Para entonces ya habían baleado un niño por el grave delito de haber descubierto un mando y otro joven tenía el cráneo abierto por un bote de humo. “Escapé a la carrera. La golpiza era tremenda. Yo llegué sangrando a la casa de un amigo y le dije que entendería si no me aceptaba en su casa”. El amigo no le negó cobijo. Al poco se trasladó a la jungla del DF, donde 20 millones de personas y la conciencia política de un grupo de activistas los guarda a buen recaudo mientras la campaña electoral presidencial ladra su farsa.

                              

Saúl nos guía hasta Texcoco. Han pasado 40 dias desde la masacre, pero sigue clandestino, y muy preocupado por sus allegados, pues la semana anterior arrestaron a tres miembros del movimiento, a uno de ellos después de detener y sacar información bajo tortura a su sobrino menor de edad. “Que no toquen un pelo a mi familia…”, dice, pero no tanto en tono de amenaza, sino como deseo en alta voz. Arriesga su libertad para acercar a los periodistas hasta Anita Robles, otra persona con una historia que contar, que es la que lleva finalmente a los reporteros hasta Atenco. Han sido seis transbordos en total. No importa: la causa lo merece, y las estaciones son de los más animadas.

                                

En el pueblo se respira miedo. La razzia no dejó impasible a nadie. No se olvida lo ocurrido, y entra dentro de lo normal teniendo en cuenta que semanalmente convoyes militares pasean su altanería por las calles del pueblo y que justo al llegar al pueblo se ve una patrulla policial en coche recorriendo el zócalo, con uno de los mandos que dirigieron el operativo en el asiento del copiloto mirando retador. Desde el local de los ejidatarios que sirve de centro de coordinación de la respuesta antirepresiva graban detenidamente en video el paseo policial. “Provocan, eso es lo que hacen…”, dice el improvisado camarógrafo. Dentro de la oficina se agolpan sacos de alimentos solidarios y alguien en un rincón ve por enésima vez el video grabado en el funeral del joven asesinado Alexis Benhumea. Así se vive una tarde de junio en Atenco, lejos del ruido electoral de campaña. “Nadie ha venido, nadie de ningún partido. No es como otras veces, no: ni propaganda han pegado esta vez…”, nos cuenta Anita. Atenco ha sido tradionalmente zona priista, pero en breve tomará el PRD las riendas.

                          

El plus de Atenco

                                  

Anita nos invita a comer a su casa, donde nos muestran el video de los sucesos, que deja helado el corazón a cualquiera. Nuestra anfitriona es chiquita, pero supo aguantar con determinación los 15 dias de prisión tras ser detenida aquel rojo amanecer del primer jueves de mayo en Atenco. Es la misma mujer que en las fotos de los hechos aparece agarrada del cabello por un energúmeno con uniforme. En su casa viste unos zapatos que quizás no le quedan muy bien, pero que también tienen su historia. “Cuando entramos a la cárcel les dijeron a las presas comunes que éramos peligrosas, y lo mismo nos dijeron a nosotras de ellas. Pero empezamos a platicar y no tardamos en congeniar, de modo que nos regalaban ropa, champú, etc.”. Pero la cárcel también tuvo profundas amarguras. “Yo me enteré estando ya dentro que habían violado a muchas, pues alli empezaron a contarlo… ¡Llorábamos juntas cuando nos decían cómo las habían penetrado o qué objetos les habían introducido!”. Tuvieron que soportar la cruel ironía de la directora de la cárcel que el 10 de mayo se personó ante las presas para felicitarles el Día de la Madre.

                                  

Efectivamente, la represión de Atenco tiene un plus respecto a otras: el ataque contra las mujeres de la comunidad. Por los resultados (al menos 23 abusos sexuales ocurridos, sobre todo en el camión que transportaba a los detenidos hasta el penal en un camino de seis horas prolongado en exceso a posta), se colige que tuvo que ser premeditado, que no pudo ser casual que todos los represores actuaran igual. Como ha destacado Héctor Gómora, “se trató de un operativo de terrorismo de Estado”. Recordaba Marcos, delegado Zero de La Otra Campaña, que el gobernador del Estado de México había declarado que lo de Atenco había sido planeado, refiriéndose al presunto ataque de los militantes a fuerzas policiales. “Si esto es así, entonces las golpeadas, detenidas ilegalmente, agredidas sexualmente, violadas y humilladas planearon, entre otras cosas, ser mujeres”, añadió el Sub. “¿Qué castigo merece el sistema que ha convertido el ser mujer en un delito? Si callamos, si miramos para otro lado, si dejamos que la brutalidad policíaca en Atenco quede impune, ¿quién estará a salvo?”, preguntó Marcos en un acto de Mujeres sin Miedo tres semanas después de los hechos.

                                                

Anita opina, como la mayoría en México, que el dispositivo se diseñó como venganza: “Fue más una venganza más que querer interferir en La Otra Campaña de los zapatistas, yo creo…”. “El poder decidió que había que dar en Atenco un castigo ejemplar a todo el México de abajo para tratar de frenar, de una vez por todas, su insumisión”, escribió el analista mexicano Luis Hernández Navarro, quien advertía que en el país “la mecha está muy corta y la acaban de prender”. “La intención es meter miedo, disuadir a quienes estaban logrando triunfos en la resistencia civil (…). Se está aplicando la mano dura para evitar que cunda el mal ejemplo en la sociedad”, denuncia Gómora. Todo era muy previsible. El relator especial de Naciones Unidas Miloon Khotari ya en marzo de 2003, conocida la situación que se vivía en el pueblo, recomendó al gobierno mexicano que no hubiese “repercusiones ni medidas punitivas contra los activistas”. Una tormenta anunciada, nada más y nada menos que con tres años de antelación.

                            

“El mayor hotel de Toluca”

                               

El penal. La prisión de Santiaguito. “El mayor hotel de Toluca”, en palabras de un afable taxista local. Es día de audiencia, y por ello hay un grupo de presos que saludan puño en alto a sus familiares y amigos desde el fondo de la sala de vistas, concentrados frente a la cárcel en un plantón que lleva ya seis semanas a pulso. Recuerda aquellas imágenes de juicios a militantes izquierdistas en la Italia de los años del plomo. Entre unos y otros, un grupo de funcionarios del penal y del ámbito judicial leen aburridos, mientras, desde fuera, no cesan los gritos de apoyo a los presos. Cae el aguacero vespertino de casi todos los días, pero eso no es lo relevante. Lo importante es que todavía quedan una treintena entre barrotes y que hay que sacarlos rápido. Y luego seguir luchando para desbaratar los procesos judiciales. Como hace unos años. “Hay que vencer el miedo”, dice Anita mientras se dirige decidida a la cita para pegar carteles y repartir hojas volantes.

                                                      

PD. Los diarios informan sobre la apertura de expedientes contra un grupo de policías por los sucesos de Atenco. Stop El pueblo sigue luchando. Stop.

                                            

 
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