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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
jueves
03. jul 2008
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Y la apisonadora Sarkozy caló... PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Henri Belin/Raúl Zibechi   
martes, 19 de junio de 2007

El resultado de las presidenciales en Francia y de la primera vuelta de la elección legislativa la semana pasada - con cien diputados a la derecha y uno sólo para el Partido Socialista - anunciaban una segunda ronda muy favorable a la UMP de Nicolás Sarkozy. No pocos soñaban con un auténtico tsunami azul, que según las proyecciones de los institutos de opinión, podía dar a la derecha entre 450 y 500 escaños, dejando al PSF con apenas 70 diputados y al Partido Comunista con muy pocos representantes. Los Verdes también parecían condenados a una desaparición rotunda, barridos sin pena ni gloria por el tornado ultraliberal que, con semejante ventaja, pretendía asentar definitivamente su supremacía política y cultural sobre los discursos antiliberales, verdadero objetivo, al fin y al cabo, de este enésimo escrutinio de desenlace aparentemente programado. A continuación, publicamos también el análisis de Raúl Zibechi sobre el escrutinio legislativo y el fracaso de las izquierdas francesas.

Esos pronósticos se veían confortados por la altísima tasa de abstención - el 40%- que había afectado sobre todo al electorado de izquierda en la primera ronda legislativa. Profundamente desanimados por la actitud de unos representantes socialistas perdidos en un no man’s land neoliberal aderezado a la salsa social demócrata, los electores de izquierda se quedaron mayoritariamente en casa. También influyeron mucho en la abstención, los ajustes de cuenta y cálculos personales destinados a tomar el poder dentro del PSF - con mayor facilidad cuanto más importante fuera la derrota - que protagonizaron los elefantes socialistas nada más conocer la derrota de Sego.

La inversión del calendario electoral que en su día decidiera Jospin, o sea la contraproducente decisión de anteponer las presidenciales a las generales - a escasas semanas las unas de las otras - que refuerza el carácter presidencialista del sistema francés a expensas del poder legislativo para así evitar todo tipo de cohabitación entre fuerzas políticas antagónicas, lejos de incrementar el interés por esta consulta primordial – al fin y al cabo, es la que decide de la mayoría que apoya al gobierno en el sistema de la V República - contribuyó también en un primer tiempo a restarle importancia a este escrutinio.

Todo parecía por tanto estar escrito de antemano y los resultados barajados, hacían prever una durísima y agresiva política de normalización liberal del estado francés. Los llamamientos del Primer Ministro Fillon, repetidos una y otra vez a lo largo de la semana pasada, para que los electores dieran sin miedo alguno, una mayoría aplastante al gobierno, desentendiéndose de toda cuestión de equilibrios de poderes, tenía un objetivo sin ambigüedad: reducir al máximo toda veleidad de oposición, consiguiendo una legitimidad incuestionable, ya no sólo en la asamblea (los puntos de convergencia entre el neoliberal PSF y la UMP son numerosos y poco hay que esperar de este tipo de oposición) sino en las cabezas y en las calles sobre todo, que es donde estos últimos años se han librado las luchas más férreas frente a la política neo conservadora y retrógrada de la derecha francesa, especialmente en el ámbito social. Se trataba ni más ni menos que acabar con toda esta cultura de la resistencia, desacreditando de antemano con una victoria tan enorme como imparable, todo pensamiento alternativo al dominante.

Pero la sorpresa de la noche electoral ha sido en cambio un reequilibrio del voto, que ofrece una Asamblea Nacional eso sí, con mayoría absoluta para la UMP (349 diputados, de los cuales 327 UMP, 20 del Nuevo Centro aliados a Sarkozy, y 2 del partido derechista de Philippe de Villiers), pero con una “izquierda” reforzada con respecto a la anterior legislatura, pues el PS y sus aliados de izquierdas obtienen 228 escaños (206 socialistas, 18 comunistas y 4 verdes). El centro de Francois Bayrou sólo salva cuatro escaños, siendo el principal perdedor de la contienda junto con el Frente Nacional que no obtiene ninguno a pesar de los millones de votos que unos y otros tuvieron en la elección presidencial.

La catástrofe anunciada del Partido Comunista Francés ha sido menos importante de lo previsto pues mantendrá 18 diputados (frente a los 22 de la anterior legislatura) en la futura asamblea, casi los veinte necesarios para tener un grupo parlamentario propio. Los ecologistas obtienen 4 escaños (+1).

Aunque la nueva Asamblea Nacional presente una mayoría absoluta que sostendrá de todos modos las “reformas” anunciadas por Sarkozy, el ritmo, la dureza y el contenido de estas reformas han sufrido, con esta sorprendente segunda ronda electoral, su primer golpe y un primer frenazo, que va a influir indudablemente en el modo de gobierno de la Presidencia de Sarkozy. Por mucho que los líderes de la derecha insistan en su victoria (efectiva a pesar de los pesares), las cifras sacadas de las urnas ilustran una evolución rápida y radical del voto de los franceses entre las dos rondas que no puede ser más que motivo de preocupación y una seria advertencia para el proyecto político de la mayoría neo-conservadora.

Entre los dos factores que han permitido a la izquierda impedir una victoria aplastante de la UMP, hay que señalar un primer aspecto fundamental: El incremento del IVA social (impuesto sobre el valor añadido) para todos los consumidores -impuesto particularmente antipopular que afecta por igual a ricos y pobres- anunciado entre las dos vueltas de esta elección por el gobierno de Francois Fillon, no ha jugado a favor del voto UMP. Todo lo contrario, la subida anunciada de un 5% del IVA, al ser presentada como una contrapartida necesaria destinada a recuperar los fondos públicos perdidos por la política de reducción de impuestos, únicamente orientada hacia las categorías de la población más favorecidas, ha demostrado a las claras - para los que todavía no lo habían percibido - la naturaleza anti-social de este gobierno, profundamente hostil a las categorías más desfavorecidas.

La vuelta al primer plano de la temática social ha sido por tanto el elemento desencadenante del regreso a las urnas de los electores de izquierda pero también, en paralelo, de la deserción súbita del electorado derechista, un segundo factor que permite a la izquierda cosechar la mayoría de los votos de esta segunda ronda (una victoria matemática en porcentaje de votos con el 51% frente al 49% para la derecha). La crisis en la que estaba y sigue sumida la izquierda francesa es lo bastante profunda como para que se señale este cambio radical de actitud de los votantes. Esta renovada participación de las izquierdas en el proceso electoral reintroduce en efecto la cuestión social en el debate político - parasitado por las cuestiones identitarias y de seguridad durante la campaña presidencial - y obliga a todas las tendencias políticas, sobre todo a las de izquierda, a tomarla en cuenta, más allá del aparente consenso neo-liberal que caracteriza a los partidos mayoritarios de cada bando.

Por otro lado, las cifras de la abstención, al ser tan altas como las de la semana pasada, también arrojan otra enseñanza más que interesante. Revelan, en efecto, que los electores de la primera ronda no fueron los mismos que en la segunda. Los de derecha, mayoritariamente movilizados en la primera ronda, no se desplazaron en la segunda. ¿Por creer que la victoria estaba asegurada como lo quieren hacer creer algunos? Nada menos claro, ya que la abstención en las filas de la derecha francesa es un fenómeno bastante inusual, sobre todo cuando hay un llamamiento desde el gobierno a dar la puntilla definitiva al bando de en frente. La abstención masiva del bando derechista en esta segunda ronda no puede ser interpretada por los líderes gubernamentales más que como lo que es: una seria primera manifestación de recelo cuando no de decepción y de condena del gobierno Sarkozy.

Es pues un resultado más que paradójico, ya que la victoria de Sarkozy se ve claramente empañada por este primer retroceso electoral (la izquierda gana 50 diputados que pierde la derecha respecto a la legislatura anterior): el estado de gracia y la euforia de la victoria post-presidencial parecen haberse acabado y ello sin que antes se haya impulsado cualquier medida. Sarkozy y su gobierno salen por tanto debilitados (las derrotas de Alain Juppé en Burdeos, Ministro de medio ambiente, número dos del gobierno así como del abogado Arno Klarsfeld en París, amigo próximo de N. Sarkozy acentúan la sensación de resaca para el nuevo Presidente), al no conseguir imponer con este escrutinio la hegemonía cultural del pensamiento liberal único, lo cual - pese a la victoria de la derecha- abre un verdadero espacio de esperanza para la izquierda antiliberal (más bien inesperado a la luz de los resultados de la semana anterior), en las luchas que indudablemente mañana, la verán oponerse a los dictados del gobierno en la calle.

Henri Belin

           

América Latina: El espejo francés

           

 

 

 

 

 

El apabullante triunfo de la derecha francesa, en el país que protagonizó algunos de los más importantes movimientos sociales del siglo pasado, debe ser un toque de atención para los latinoamericanos. Por debajo de la euforia que regocija estos años a muchos progresistas, las distancias con los más pobres y el abandono de las posiciones históricas pueden estar abriendo el camino a las fuerzas más reaccionarias de la región.

La octava tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin parece describir casi a la perfección la relación entre los suburbios poblados por inmigrantes y el presidente Nicolás Sarkozy. “La tradición de los oprimidos nos enseña que ‘el estado de excepción’ en el que vivimos es la regla”, escribía poco antes de su muerte, en plena noche fascista.

El aserto inspiró al filósofo italiano Giorgio Agamben a la hora de escribir “Estado de excepción” (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004), un documentado y exhaustivo estudio de lo que considera como “una guerra civil legal” en curso en la actualidad en todo el mundo. El estado de excepción o de sitio, emancipado de la situación bélica a la que estuvo ligado orignariamente, pasó con el tiempo a ser utilizado como medida para contener desórdenes, crisis políticas y aún económicas. Considera que en la actualidad vivimos en estado de excepción permanente –agudizado luego del 11 de setiembre de 2001- que sintetiza la profunda transformación que viven las democracias.

La actualidad de su pensamiento es evidente. En Francia hace menos de dos años se aplicó el estado de emergencia durante la revuelta de las periferias como única forma de contener a los jóvenes que en tres semanas quemaron nueve mil vehículos. El jefe de Policía dio por terminada la revuelta la noche que ardieron sólo 98 autos, ya que el promedio de la última década es de 100 coches incendiados por noche. Este solo dato revela la profundidad de la “guerra social” que se libra en uno de los países más ricos del mundo; la dificultad para contener a millones de jóvenes marginalizados y la “necesidad” de medidas policiales permanentes. La represión, casi 600 procesados, vino antes que los “planes sociales” con los que inútilmente se intenta apagar los incendios.

En paralelo, las izquierdas han claudicado ante el modelo neoliberal o se enzarzan en disputas que les impiden trabajar unidas, antes y durante los procesos electorales. El abandono de la crítica al modelo y el vaciamiento del discurso de izquierda, es respondido por la gente con la deserción, lo que explica en buena medida ese 40% de abstenciones en las legislativas francesas. Mientras la derecha dice las cosas claras y promete mano dura contra los jóvenes pobres de las periferias, la izquierda mayoritaria se hace la distraída y enarbola un discurso impreciso y confuso.

La rebelión de los jóvenes pobres de las periferias francesas está en la base del apabullante triunfo electoral de la derecha. Algo similar sucedió luego de mayo del 68, cuando la sociedad atemorizada ante la revuelta votó masivamente por Charles de Gaulle, símbolo del orden. Pero la izquierda pagó caro el precio de no colocarse incondicionalmente del lado de los rebeldes: se quedó sin los votos y sin la posibilidad de forjar un potente movimiento social en el que se fusionaran los inmigrantes y los trabajadores franceses precarizados, los del más abajo con los del abajo, por usar una metáfora zapatista.

Lo que sucedió en Francia tiene enorme actualidad para los latinoamericanos. Buena parte de las izquierdas abandonaron su identificación con los más pobres, como sucede en Brasil con el Partido de los Trabajadores, y sustituyen el compromiso con los de abajo con planes sociales asistenciales. En paralelo, los gobiernos que se proclaman progresistas o de izquierda, sobre todo los de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, siguen aplicando medidas que profundizan el neoliberalismo. El resultado está a la vista. El derechista (casi menemista) Mauricio Macri será el próximo gobernador de Buenos Aires. En poco más de dos años un presidente de derecha sustituirá a Lula en Brasil. En Chile sucederá lo mismo.

En la capital argentina la crisis del progresismo arranca con el incendio de la discoteca Cromañón, donde a fines de 2004 murieron casi 200 jóvenes muy parecidos los que quemaban coches en París. Ante el dolor de los familiares y amigos, que se movilizan hasta el día de hoy exigiendo responsabilidad a los políticos corruptos que autorizan discotecas que no reúnen condiciones mínimas de seguridad, los políticos progres se hicieron los distraídos. En Chile hay decenas de presos mapuches por defender sus comunidades de las empresas forestales, mientras los gobiernos de la Concertación apoyan a los usurpadores. Similar actitud mantiene el gobierno ante los estudiantes secundarios a la vez que defiende el lucro en la enseñanza. Ni qué decir de la actitud de Lula, que apoya el agronegocio mientras libera los cultivos transgénicos y apoya a los empresarios de la caña de azúcar que mantienen relaciones de esclavitud con los cortadores.

En su ensayo, Agamben esboza, con sombrío pesimismo, un diagnóstico que en buena medida explica el “éxito” de las derechas y la parálisis de las izquierdas: “El totalitarismo moderno puede ser definido como la instauración, a través del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”. En América Latina, donde los pobres sufren una guerra permanente por parte de las multinacionales de la minería, del agronegocio y la forestación, no hay más margen para la omisión: o las izquierdas se incorporan a las luchas de los de abajo y toman partido en esa “guerra civil legal”, o la lucha de éstos los debilitará a tal punto que ya no podrán sostenerse en el poder. En su lugar tal vez vuelvan las derechas, pero la responsabilidad no será de los de abajo.

 

Raúl Zibechi

Alai-amlatina

 

 
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