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20. jul 2008
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LA INVENCIÓN DE LA BANLIEUE O LA TOPOGRAFÍA DE LA EXCLUSIÓN PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Henri Belin   
viernes, 25 de noviembre de 2005

Las barriadas periféricas de la llamada banlieue que rodean París y la mayoría de las urbes del país galo son desde hace once días, el teatro de violentos enfrentamientos que han visto arder hasta la fecha más de 4000 vehículos y las detenciones de unas 2000 personas. Los blancos de los ataques nocturnos, que privilegian esencialmente el incendio de los coches particulares como modus operandi, se encuentran de momento casi todos circunscritos dentro de los barrios de colmenas donde viven los presuntos protagonistas. También son indiscriminadamente pasto de las llamas, los gimnasios, las escuelas de párvulos o primarias, el mobiliario urbano en todas sus variantes, los medios de transporte colectivo como los autobuses o las ramas de trenes interurbanos, los centros comerciales, bares y empresas de todo tipo.

Estos disturbios son especialmente llamativos por su magnitud y su generalización a todo el territorio, de modo casi simultáneo, en muy pocos días. Las revueltas geográficamente limitadas al principio, al departamento provincial de Seine-Saint-Denis al noroeste de París, tradicionalmente uno de los más conflictivos del país, se han ido extendiendo al resto de las afueras de París y en el transcurso de este fin de semana, a casi todos los departamentos franceses con la entrada en acción de las barriadas de Marsella, Lille, Rennes, Bordeaux, Estrasburgo, Pau, Niza, etc.

El balance en términos de daños materiales causados por los incendios asciende ya a unos 200 millones de euros. Los disturbios hasta la fecha se han cobrado sólo una víctima mortal, apaleada en Stains al norte de París, cuando salía de su casa para apagar el incendio de un contenedor. Pese a la emoción suscitada por esta muerte, así como por las graves quemaduras sufridas por una minusválida, atrapada en el incendio de un autobús atacado con cócteles molotovs en Sevran (Seine-Saint-Denis, Norte de París), estos fenómenos de violencia contra las personas no dejan de ser marginales de cara a la extensión geográfica y cuantitativa de los incidentes. Fuera de algunos disparos contra la policía (con heridos) y de enfrentamientos callejeros más clásicos entre las fuerzas del orden y las bandas de jóvenes, los ataques se limitan a destruir objetivos materiales, con una táctica que consiste en realizar acciones en pequeños grupos muy móviles que una vez cumplido el objetivo se esfuman entre las colmenas donde viven. Los protagonistas de la revuelta son esencialmente jóvenes y también menores con una media de entre 14 ó 16 años, que pertenecen a clases socialmente muy desfavorecidas. Son en su inmensa mayoría los hijos nacidos en Francia de padres inmigrantes que llegaron al país hace al menos 20 ó 30 años.

Por muy impactante que sean las imágenes de los incendios, la situación no deja de ser bastante paradójica para el que circula de día por estas barriadas, ya que lo puede hacer sin notar la menor tensión, fuera del espectáculo de las carcasas de coches calcinados o los escombros de algún almacén quemado durante la noche. No se nota para nada el ambiente de guerra civil que, sin temer el sensacionalismo, comentan los medios de comunicación extranjeros a la hora de valorar el fracaso del supuesto modelo republicano de un país que, a menudo, no vacila en dar lecciones de democracia o de igualdad republicana al resto del mundo.

La extensión generalizada del fenómeno y su persistencia en el tiempo contrasta en todo caso, con la indigencia del discurso político y mediático. Éste, mucho más preocupado (o interesado) en analizar este estallido de violencia sólo y exclusivamente bajo el prisma de la inseguridad, asimila de modo simplista a los protagonistas de las revueltas, con una banda de delincuentes comunes inconscientes, cuyas motivaciones no superarían el simple afán de quemar por quemar o destruir por destruir, por aburrimiento o peor aún, por puro sentido de la emulación con las bandas rivales del pueblo de al lado. Pongamos por ejemplo, el análisis que se realiza sobre los actos de destrucción de empresas en estas zonas o sobre la quema de escuelas primarias, con la que se derrumba el mito tan cacareado de la educación como factor de promoción social: lejos de provocar una reflexión quizá más profunda dado el carácter claramente autodestructor de este tipo de acciones, son estos incidentes los que, al contrario, suscitan las condenas más fuertes y la mayor incomprensión de la población. Nadie, tanto desde la esfera mediática o política se molesta en analizar estos gestos, ya que eso supondría la existencia de un verdadero problema y por ende justificaría lo que a las claras se presenta, en la versión oficial y dominante de los acontecimientos, como algo definitivamente injustificable, protagonizado por una juventud irrecuperable y sin valores, una especie de escoria humana cuya actitud en los disturbios confirmaría indirectamente la valoración escandalosa del Ministro del Interior que fue precisamente quien encendió la mecha en los arrabales (después de su visita a una comisaría de Argenteuil, al norte de París, Nicolas Sarkozy no vaciló en calificar delante de las cámaras de televisión a la masa de jóvenes que le abucheaba, de "racaille (chusma) de la que había que deshacerse").

El carácter generalizado y duradero de los disturbios no puede sin embargo encontrar su única justificación en la actuación provocadora de un Nicolás Sarkozy animado por un claro cálculo electoralista. Las palabras sabiamente sopesadas por Sarkozy, sólo han sido el detonante de un malestar mucho más profundo en las banlieues francesas.

Este tipo de violencias en las afueras de las grandes ciudades francesas no son para empezar un fenómeno nuevo, ya que el país ha conocido noches parecidas a lo largo de los últimos años desde el principio de la década de los ochenta, fenómenos más o menos violentos, puntuales y diseminados, aunque nunca de forma simultánea, por todo el país. El fenómeno por ejemplo se repite cada año en los arrabales de Estrasburgo durante la Nochevieja. Las revueltas de las colmenas de Lyon fueron dando relieve y renombre en los ochenta a distintos barrios de sus afueras como el barrio de Minguettes. La novedad del fenómeno tal y como se presencia actualmente radica en su larga duración y su propagación simultánea por todo el territorio, así como en la juventud de sus protagonistas ya que en los anteriores brotes de ira en los suburbios, la presencia de los menores en los enfrentamientos no era tan importante.

Cualquier conocedor de las banlieues francesas no puede sorprenderse demasiado ante lo que está ocurriendo: el terreno venía preparándose desde hace años por el proceso de guetoízación generalizado sufrido por estas zonas deliberadamente marginadas, cuya explosión ha encontrado un catalizador en la persona del Ministro del Interior, Nicolás Sarkozy.

La misma palabra de banlieue lo explica todo de manera bastante clara al designar de modo explícito un espacio marginado: es el "lieu" (lugar) donde se pone la gente al "ban" (margen), este último vocablo teniendo un claro valor despectivo, que alude a toda la gente que se ve rechazada de la vida de la "cité", la ciudad, como centro de la vida social y política. La especificad francesa del término hace incluso difícil su traducción a otros idiomas pese a que existan afueras y arrabales periféricos en todas las grandes ciudades del mundo. Sin embargo, si comparamos París o cualquier otra gran ciudad francesa, con otras capitales europeas como Londres o Berlín, lo que llama la atención es la diferencia radical que existe en la organización ideológica del espacio urbano.

Si en Berlín o Londres, este espacio se caracteriza por una continuidad que no crea fronteras entre el centro y la periferia, y por ende entre los diferentes barrios con sus diferentes características sociales, la capital gala se caracteriza en cambio por una clara frontera física y administrativa que la separa de las diferentes ciudades satélites que evolucionan a su alrededor. Una auténtica línea de demarcación materializada en París por el periférico -que no en vano sigue el trazado de las antiguas murallas de la capital- separa los dos mundos: el del interior de la ciudad (poblado por clases acomodadas o medio-altas sin demasiados niños, ya que la presión económica intramuros es particularmente difícil de soportar, en especial desde que los precios de la vivienda se han disparado de manera descomunal) y el del exterior, la banlieue. Los que viven extramuros pertenecen por tanto a clases medio bajas y a clases populares que abandonan sin cesar la capital desde hace 40 años. El espacio urbano francés presenta por tanto una configuración claramente marcada desde el punto de vista socio-económico que acrecienta el movimiento de homogeneización y por tanto de guetoización social al impedir la mezcla social de la población. Esta fractura social es el resultado de una política deliberada de marginalización de las clases populares del espacio urbano, muy particularmente en París y cuyo origen hay que buscarlo en la propia historia de la ciudad.

Los fundamentos ideológicos de esta topografía de la exclusión, si bien con el crecimiento económico de la década de los 60 desembocan en la invención de esta banlieue que hoy tantos problemas plantea a los distintos gobernantes, realmente nace con una de las últimas revoluciones que protagonizan las clases populares de París: la Comuna de 1871. Hay un claro antes y después de la Comuna en cuanto a la organización ideológica del espacio urbano parisino. Hasta 1871, Paris había ido creciendo poco a poco absorbiendo los arrabales que crecían a las puertas de la ciudad y ensanchando los límites de la ciudad hasta aquel entonces. Las circunstancias de la lucha de la Comuna, organizada barrio por barrio, obligó a las fuerzas de Thiers a reconquistar la ciudad, barricada por barricada, calle por calle, desde Versalles (el oeste de París con los barrios más pudientes de la capital) hasta los altos de Belleville y Menilmontant -alma de la revuelta comunera- poblados por la clase obrera (el este de París). En aquella época París era un hervidero de barrios de estructura medieval, con callejuelas estrechas, poblados por una mayoría de clases populares que se volcaron en la defensa de la Comuna. La victoria de los Versalleses sobre la Comuna trajo como primera consecuencia para el espacio urbano parisino, la remodelación interior de la ciudad. Aprovechando que los últimos días de la Comuna habían dado lugar a encarnizados enfrentamientos con múltiples incendios, se derribaron entonces barrios enteros de la ciudad donde vivían las clases populares.

De ahí también nació la idea de crear las grandes avenidas y bulevares de París destinados -antes que a facilitar la introducción del coche en la vida urbana- a permitir los movimientos de las fuerzas militares de la represión y de sus piezas de artillería y a limitar las posibilidades de la guerrilla urbana que había desarrollado la Comuna. La remodelación del espacio urbano destinado a impedir todo nuevo brote revolucionario conllevaba también el desplazamiento fuera de la ciudad de las clases populares que a finales del XIX protagonizaban las revueltas. La ciudad interrumpe entonces su crecimiento centrífugo hacia las afueras; se crea esa línea de demarcación entre dentro y fuera de la ciudad, frontera social y claramente ideológica, más allá de la cual se expulsa a los indeseables. La limitación del espacio no hará al filo de los años más que acrecentar el movimiento de las clases populares hacia fuera, al crear una penuria de alojamientos que la ley de la oferta y de la demanda se encargaría de encarecer por encima de las posibilidades financieras de las clases más desfavorecidas.

Retomando una dinámica propia del concepto de la ciudad griega, poco a poco, el espacio de la banlieue se ve asimilado a un espacio peligroso, por la concentración de pobreza que acarrea esta topografía de la exclusión, un espacio lleno de golfos, bandidos, atracadores, en una palabra un espacio de salvajes o bárbaros, por oposición al espacio intramuros como espacio civilizado. La ciudad deja entonces de funcionar como un agora donde se mezclan las diferentes clases sociales, como un espacio de intercambio de valores y de vivencias o por lo menos deja de serlo al mismo nivel que durante el principio de la segunda mitad del siglo XIX. La población se homogeneiza en los dos universos: hacia arriba económicamente dentro de la ciudad, hacia abajo, fuera. Del mismo modo que hoy el Ministro de Interior designa a los jóvenes de las afueras con la palabra racaille "chusma", también se designaba entonces de modo general a los habitantes de los arrabales como "apaches". Las posibilidades de comunicación entre los dos mundos, el de fuera y el de dentro, se reducen al máximo para evitar toda nueva revuelta. Es así como el Sr. Bienvenuë, creador del metro de la capital, inventa un sistema de transporte que no sólo se interrumpe en las puertas de París, sino que hipoteca las posibilidades de hacer que la red del metro pueda unirse a la del tren que funciona en las afueras, al invertir el sentido de circulación de las ramas entre el sistema ferroviario (circulación por la derecha) y el sistema del metro (circulación por la izquierda). La invención de la banlieue y de su representación ideológica se enraíza por tanto en esa voluntad de excluir del centro de la ciudad y por ende, simbólicamente, de la vida política, a las clases que hacen peligrar el funcionamiento burgués de la democracia.

Una vez planteada esta construcción ideológica del espacio urbano, la presidencia del general De Gaulle procede a la creación de la llamada banlieue en la década de los 60. Tras el desastre de la segunda guerra mundial, la economía de la mayoría de los países europeos conoce un auge importante, especialmente en los sectores industriales y de servicios, lo que provoca un enorme éxodo rural y el aumento radical de la población urbana a partir de finales de los 50. La población de trabajadores se hacina entonces en las ciudades periféricas que gravitan alrededor de las ciudades francesas.

Rápidamente se forman barrios enteros de chabolas donde se instala, en las puertas de la ciudad, la mano de obra que sustenta la expansión económica. Estos barrios se multiplican con la primera ola de inmigración formada por trabajadores originarios de Europa del sur y del Maghreb. Empiezan a llegar para suplir las carencias de la mano de obra francesa, trabajadores italianos, españoles, portugueses y luego argelinos, marroquíes o tunecinos. La deportación económica de estos brazos destinados a alimentar el crecimiento económico se organiza desde las más altas esferas del estado con la propuesta de contratos de trabajo y papeles legales, en los propios países que disponen de candidatos a la emigración. Los problemas de alojamiento y las condiciones de vida en los barrios de chabolas alcanzan rápidamente un nivel humanamente intolerable.

La presidencia de De Gaulle lanza entonces un ambicioso proyecto de construcción destinado a proponer un alojamiento digno a toda esa nueva población de trabajadores donde predominan las clases obreras de origen francés o emigrante. Empiezan a surgir sobre los restos de las chabolas, moles de hormigón y colmenas destinadas a acoger el excedente de población que rebosa de las capitales francesas. Se privilegian las soluciones urbanísticas concentracionarias, con un hábitat esencialmente vertical (multiplicación de torres y edificios de colmenas) destinados a rentabilizar al máximo el espacio y a concentrar a las masas trabajadoras dentro de espacios delimitados: son auténticas ciudades dormitorio alejadas de los puntos de trabajo. En algunos casos, se construyen los edificios justo al lado de las fábricas donde van a trabajar los obreros, en unos espacios que nada tienen que ver con el funcionamiento habitual de una ciudad.

Si el proyecto se vende, de cara a la realidad "chabolera" inicial como un proyecto humanista, movido por un afán racionalista y progresista destinado a mejorar las condiciones de vida de las clases laboriosas, la voluntad política de marginar fuera del espacio de la ciudad a las clases populares, alcanza en realidad con esta invención gaullista de la banlieue, su expresión más evidente. La fractura urbana y la demarcación creada desde la Comuna, se acentúan con la creación de estas ciudades satélites que se construyen a toda velocidad, en menos de una década, con materiales baratos y de mala calidad. La posibilidad de ver mejoradas y por un precio asequible, las condiciones difíciles de alojamiento que existen dentro de la capital para las familias numerosas y desfavorecidas, crea también un movimiento de migración urbana centrífugo, protagonizado por los últimos representantes de las clases populares.

París se purga de sus pobres, se vacía de su población más humilde, ésta se instala con ilusión en la banlieue, pensando allí poder alcanzar la vivienda de sus sueños. Se refuerza sin embargo, la oposición dialéctica entre el centro de la ciudad y los arrabales donde la población obrera se ha instalado ya masivamente, constituyendo un peligro potencial para los detentores del capital, atrincherados detrás de las fronteras del periférico. Hasta el principio de los años ochenta, época en que se crean las líneas de trenes interurbanos que hoy atraviesan París y que unen las distintas zonas periféricas entre sí, el habitante de la banlieue vive en un aislamiento relativo, alejado de la capital que visita poco, si no es para trabajar, encerrado en su barrio dormitorio donde crecen sus hijos en la ignorancia de la vida en la capital. Se prohíbe por ley, la posibilidad de abrir bares dentro de los barrios de colmenas para oficialmente luchar contra el alcoholismo. En realidad se trata sobre todo de limitar al máximo los lugares donde los obreros puedan reunirse después del trabajo. El tejido comercial es casi inexistente y se limita a unas pocas tiendas diseminadas por la amplia geografía de las ciudades periféricas, que en ningún momento consiguen crear una verdadera vida de barrio. Se facilita en cambio la instalación de grandes superficies y centros comerciales que aseguran el abastecimiento de masas.

Estas ciudades satélites no pueden funcionar como verdaderas ciudades, el espacio público lejos de ser la plaza del agora donde se encuentran todas las capas de la sociedad se vacía de sus actores y cada uno acaba encerrándose en su piso delante del televisor. Cualquier paseo, hoy como ayer, por estas ciudades desiertas a partir de las ocho de la noche, por la falta de lugares de encuentro y de sociabilidad, evidencia el carácter de dormitorio de tales espacios encerrados en una relación paradójica con la capital: tan cerca, que toda la actividad económica, comercial y de ocio se ve absorbida por el centro de la ciudad y tan lejos, por la distancia social generada, que impide a los habitantes trasladarse y beneficiarse de ese espacio cada vez más relacionado con el mundo de los privilegiados. Con la crisis de los 70 y el auge del paro, la situación se degrada en los barrios de colmenas. La homogeneidad social de las clases más populares de las afueras no atrae a los inversores, que prefieren abrir sus comercios o sus empresas de servicios dentro de los límites de la capital. Asistimos a un nuevo desplazamiento de población dentro de la banlieue, con la migración de las primeras familias, esencialmente francesas u originarias de Europa del sur (italianos, españoles y portugueses), quienes ocuparon en sus inicios las colmenas, hacia zonas más residenciales, en busca del chalecito de banlieue, con su jardincito y su barbacoa para los largos, tristes y aburridos domingos de banlieue.

Se quedan en las colmenas, los que no parecen poder beneficiarse de las mejoras que propone el estado republicano a sus trabajadores: la inmigración maghrebí es la primera afectada por esa situación porque es la primera en sufrir las consecuencias de la crisis, evidenciando el estancamiento de una sociedad donde los orígenes raciales constituyen un freno a la promoción social. En todo caso, deja patente la guetoización de las poblaciones emigrantes del Maghreb y desde hace diez años del África subsahariana, que se quedan aprisionadas en las colmenas donde les acogió De Gaulle, sin alternativa para la mayoría de mejorar esa situación de alojamiento, en sus inicios destinada a ser temporal pero que con el tiempo se perenniza y se degrada como el propio hormigón con el que fueron construidas las viviendas. La marginación social llevada a cabo en todas las ciudades desde la Comuna toma un cariz a partir de este momento francamente racial. Los pobres de hoy en su mayoría pertenecen a las últimas olas de la emigración. Ser pobre en Francia a partir de los noventa es esencialmente ser un francés de origen emigrante no europeo.

Según el mismo principio de marginalización de la periferia pobre, desfavorecida, frente a un centro próspero y burgués, los que se encuentran fuera del espacio de la ciudad y de la vida tanto pública como política de la ciudad y por ende del país, son en su mayoría la población de emigrantes. Las vías de comunicación de alta velocidad (trenes y autopistas) que se crean para comunicar la capital con el resto del país y del mundo, no repercuten más que de modo negativo para los habitantes de las afueras: lejos de mejorar su relación con el centro, posibilitando física y simbólicamente las pasarelas de acceso, la periferia se ve desfigurada por autopistas y vías de tren de alta velocidad que surcan y delimitan un poco más todavía el espacio en el que se encierra a estas poblaciones. El precio de la vivienda así como el de los transportes en común hacen hoy todavía, más imposible esa posibilidad de mezclar el centro con su periferia. El proceso de guetoízación parece inevitable y genera una gran frustración en los hijos de los inmigrantes de la primera generación que ven cómo con el paso del tiempo, la situación de sus padres y de sus familias lejos de mejorarse va empeorando. La frontera creada por la Comuna y aumentada por De Gaulle según los mismos preceptos ideológicos, marca la oposición entre dos mundos, dos sociedades: si la tasa de paro global en Francia alcanza la media de 9%, ésta en los barrios de colmenas alcanza a veces el 50% entre los más jóvenes. La situación de revuelta por tanto, más allá de las formas que pueda tomar (y se podrían añadir muchas cosas sobre los blancos elegidos), nace de una situación de catástrofe socio-económica, con un componente racial más que notable. El mensaje es claro y evidente: frente a una sociedad que les rechaza, les separa y les segrega, los márgenes reivindican su sitio en la ciudad, su lugar en el país (los protagonistas son franceses en su inmensa mayoría), su representación y su existencia, frente al olvido y la periferia a la que se les relega.

La solución de máxima represión elegida con la instauración del estado de emergencia (inspirado de una ley de 1955 aplicada durante la guerra de Argelia!), el toque de queda, las detenciones y los juicios arbitrarios impulsados a nivel judicial para apagar cuanto antes el fuego de la rebelión, quizás desemboque a corto plazo en la pacificación de las afueras y de sus "indeseables". El tiempo lo dirá. En cambio, no cabe duda de que el contencioso de la población de la banlieue con la República francesa, seguirá aumentando.

Henri Belin
 
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