En estos tiempos del “trabajar más para ganar más” (máxima de N. Sarkozy para solucionar el problema de la caída en picado del poder adquisitivo de los franceses),
el gobierno del país galo finge caer en la cuenta de que el trabajo también puede matar. Pero
si hoy se alarma, es sobre todo por las pérdidas financieras que acarrea la
sobredosis laboral, como lo analiza Guillaume Paoli en esta interesante reflexión acerca de los estrasgos causados por el afán productivista y los imperativos de rendimiento. Guillaume
Paoli es filósofo, inspirador y miembro
activo del movimiento berlinés: “Parados felices” es también el autor de
“Elogio de la desmotivación”, (Eloge de la démotivation, Nouvelle Editions
Lignes, 2008) y del Manifiesto de los Parados Felices (Editions du Chien Rouge,
2007).
Si nos atenemos al discurso de la
ministra Lagarde (nota 1), estaríamos padeciendo un
mal insidioso: ese “prejuicio aristocrático” que hace que veamos en el
trabajo una alienación en lugar de un medio de emancipación que, según dice, es
“esencial al hombre para poder llevar una vida equilibrada”. Sin
embargo, su camarada ministro Xavier Bertrand (nota 2),
acaba de matizar esta aserción: el trabajo, descubre con estupefacción, “puede
ser también motivo de sufrimiento”. Y es que le acaban de entregar un
informe abrumador sobre riesgos psico-sociales en el trabajo. Dicho informe había
sido encargado a raíz de una ola de suicidios en las empresas, y de hecho el
mismo día de su entrega, se supo que un cuarto ejecutivo de la fábrica de
Renault-Guyancourt acababa de suicidarse. Según diversas fuentes, entre uno y
tres asalariados harían lo mismo cada día en Francia.
“Perder la vida ganándosela”:
nunca mejor dicho que ahora. Sin embargo, hecho novedoso, resulta que
últimamente esos suicidios son reconocidos además como accidentes de trabajo. Lo
lógico sería por tanto cuestionar esa constante búsqueda del rendimiento y el hecho
de exprimir hasta el extremo a los asalariados en los tecno-centros, gabinetes
de análisis y prospectiva y demás agencias bancarias. Pero esto implicaría atacar
los incuestionables imperativos económicos, así que, una vez más, nos tendremos
que conformar con simples medidas cosméticas. Y los diseñadores vendrán a
adornar las oficinas con bonitos paisajes y salas con blancas nubecillas en las
que los más exhaustos podrán ir a relajarse. Conmovedora, tanta solicitud.
Sin lugar a dudas, esos suicidios
no son sino la forma más extrema de un fenómeno general de desamparo (nota 3) que
prolifera en el mundo del trabajo y en particular en los sectores más punteros
de la economía. Las enfermedades vinculadas al exceso de trabajo, los problemas
músculo-esqueléticos por ejemplo, se disparan vertiginosamente. Además si nos
atenemos a otro informe, más de la mitad de la población activa, tomando en
cuenta todos los sectores, sufren de
contaminación auditiva en su puesto de trabajo.
Las cosas han empeorado con la generalización del open space que
es a los recursos humanos lo que la estabulación libre al ganado cuadrúpedo.
Con la apertura de los espacios en oficina, uno se siente espiado en
permanencia por los otros, teniendo que aguantar sus conversaciones, sus borborigmos
y el ruido de sus teclados. El infierno,
son los colegas de trabajo.
Si ahora de repente florecen
encuestas e informes a propósito de todo este desamparo, es sólo por las pérdidas
que ocasiona en bajas de enfermedad y bajadas
de rendimiento. El problema no es tanto que la gente se consuma en el trabajo
sino que llegue a un punto en el que ya no pueda hacerlo. Mientras sigue
mostrando la capacidad de trabajar, no hace más que seguir la norma, siendo los
perturbadores, en cambio, todos aquellos que tratan de protegerse del exceso de
trabajo. Por esto mismo se desconoce el alcance de la epidemia: lo que pone
enfermo, es la normalidad misma.
¿Por qué tantos individuos queman
de ese modo su energía vital? La presión exterior no basta para explicarlo; ésta
se ve siempre acompañada por un impulso interior que consiste en soportar el
sufrimiento agravándolo, en huir de los efectos nocivos del trabajo trabajando
todavía más. Ahora bien, esta interiorización de la presión es un proceso
dinámico, una espiral del hábito en todo punto comparable a la dependencia a
las drogas. Sobrepasado un cierto umbral, aquel o aquella que se engancha con
su trabajo se vuelve insaciable y pierde la conciencia de su autodestrucción.
Hay algo peor que la muerte: el mono. Por eso hay que considerar a los camellos
del valor-trabajo como tantos otros elementos que dañan la salud pública.
Según otro estudio reciente, el
trece por ciento de los asalariados considera el sueño como “una pérdida de
tiempo” o “un motivo de angustia”. Dirigida a ellos se ha lanzado esta
campaña de prevención: “¡Dormir también es vivir!”. Pero esta vida también
se les escapa a dos tercios de los franceses
a quienes, según el mismo estudio, les cuesta dormir, recuperarse o
despertarse. Interrogados sobre las razones de la falta de sueño, responden en
su mayoría: el trabajo y el tiempo de transporte para ir a trabajar. Lo que no
impide que los expertos incriminen sin embargo a sus malos hábitos.
En lugar de ingurgitar excitantes y de pasarse las noches navegando en Internet,
¿por qué no se mecen con esas reconfortantes noticias, como por ejemplo ese histórico
umbral de los cien mil millones que
acaban de sobrepasar los beneficios de las empresas francesas? Así podrían
comprender que sus sacrificios no son vanos.
A propósito de la epidemia de
suicidios, un experto psiquiatra avisaba en Le Monde: de tanto “chupar
el capital humano” pronto no habrá nada más donde chupar y “el sistema económico ya no funcionará”.
Esto lo dice todo sobre el carácter vampírico de dicho sistema. Así pues,
parece que se han alcanzado los límites biológicos
de la flexibilidad: se han forzado tanto los recursos humanos que éstos hoy se
rompen. Frente a esta situación se impone una cura de desintoxicación del
trabajo. En este año en que Mayo del 68 es objeto de tantas liquidaciones
odiosas como elogios triviales, sería oportuno volver a dar vida a lo que fue
su verdadero espíritu, el que queda condensado en la inolvidable máxima: “Lo
paramos todo y nos ponemos a pensar”.
Guillaume Paoli
Traducción
de Henri Belin y Susana Arbizu para Eutsi.org (artículo originalmente publicado
en la revista francesa Les Inrockuptibles, número 642, Marzo 2008).
Guillame
Paoli es filósofo. Inspirador y miembro
activo del movimiento berlinés: “Parados felices” es también el autor de
“Elogio de la desmotivación”, (Eloge de la démotivation, Nouvelle Editions
Lignes, 2008) y del Manifiesto de los Parados Felices (Editions du Chien Rouge,
2007).
Nota 1: Christine Lagarde, actual
ministra francesa de Economía.
Nota 2: actual ministro francés de
Trabajo, Asuntos sociales, Familia y Solidaridad.
Nota 3: Nota de los traductores (Ndt):
Desamparo, détresse en francés (Origen de la palabra estrés).
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