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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
sábado
30. ago 2008
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Elecciones en Francia: La victoria de Sarkozy o el triunfo del miedo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Henri Belin   
lunes, 14 de mayo de 2007
Tras la derrota de la candidata socialista Ségolene Royal (47 %) en la segunda ronda de unas elecciones presidenciales marcadas por una masiva participación (85,48%), el representante de la derecha populista Nicolas Sarkozy (53%) prometió ser “el presidente de todos los franceses”. Un mensaje clásico aunque poco creíble de cara al tren de medidas ultraliberales y retrógradas que pretende imponer el nuevo presidente en los primeros cien días de la nueva legislatura para beneficio único del patronato y de las clases pudientes. Con todo, y sin temer incurrir en la contradicción, el Presidente Sarkozy se presentó como un hombre capaz de reunir a toda la población francesa, más allá de sus fracturas ideológicas, para llevar a cabo la necesaria “reforma” del país galo en torno a los valores de autoridad y trabajo. Esta supuesta necesidad de “reforma” no corresponde en realidad más que al proceso de normalización liberal de uno de los últimos países europeos reacios a esa vía y que piden a gritos el resto de los “socios” europeos de Francia (basta ver en qué términos de alabanza Zapatero, Prodi o Blair se apresusaron a felicitar a Sarkozy por su victoria, halagando su modernidad y su espíritu de apertura…..) -.

            

El discurso inaugural de victoria apuntaba por tanto a restaurar una imagen presidencial ecuménica, considerablemente dañada por una campaña agresiva en la que Sarkozy desarrolló sin complejos las temáticas más reaccionarias del pensamiento derechista, destinadas antes que a reunir a los franceses, a dividir la población en dos bandos opuestos. La puesta en órbita mediática de múltiples figuras fantasmadas de todo tipo de aprovechadores del sistema deja en efecto al país claramente divido y con antagonismos radicalizados (asistidos de todo pelo como inmigrantes o parados, aprovechadores de ayudas sociales y de impuestos versus la gente trabajadora y sufrida que se levanta pronto por la mañana; las actuaciones impunes de la “chusma gamberril”, o de los viajeros de transportes sin ticket versus la gente honesta que paga lo que debe y que son víctimas de la violencia, etc.). En este artículo, volvemos sobre las grandes características de la victoria de Sarkozy y de la derrota de la izquierda francesa, deshaciendo alguna que otra cortina de humo levantada en torno a este escrutinio presidencial.

                 

         

El FN abducido por Sarkozy.

   

Las dos semanas que separaron la primera de la segunda ronda no vieron ningún cambio estratégico en la dinámica de conquista del poder del candidato populista: Sarkozy mantuvo el rumbo de su eficaz y descarada táctica de captación del voto de extrema derecha que tan buenos resultados le había brindado en la primera ronda. Sin cambiar un ápice de su retórica agresiva y revanchista, siguió asumiendo plenamente un discurso desacomplejado de estigmatización de los inmigrantes, reiterando una y otra vez - sin temor a ser tachado de racista - su voluntad de controlar drásticamente los flujos migratorios, instaurando – entre otras medidas-cupos anuales de emigrantes, expulsando a todos los clandestinos o limitando al máximo las posibilidades de la reagrupación familiar. Siguió también sin descanso achacando la responsabilidad de la pretendida decadencia de la sociedad francesa y de los desórdenes que la recorren, a la crisis de valores originada según él con el triunfo de la ideología hedonista, preventiva y anti-represiva del mayo del 68 - en particular en los temas de trabajo, educación y delincuencia, liberación sexual o protección social.

                          

El líder populista – haciendo suya una interpretación revisionista de la historia que pocos dirigentes de la derecha se habían atrevido a proponer hasta ahora, aunque lo pensaran - no vaciló tampoco en adentrarse en lo más profundo de las catacumbas del discurso lepenista, reafirmando sin complejos el legado y la pureza de los orígenes supuestamente cristianos de la nación gala frente al temor irracional de descomposición identitaria, albergado entre las capas más racistas de la población francesa. Un temor del que se pudo encontrar el máximo exponente en la postura sarkozyana de oposición radical a la entrada de Turquía en la Comunidad Europea con argumentos tan sospechosos e indignantes en boca de un representante político de este nivel, como el hecho de que Turquía estaría - según el dirigente derechista- irremediablemente vinculada al bloque “asiático-islámico” más que al bloque “europeo-cristiano”. Para más inri, la eventual entrada de Turquía en la CE acercaría peligrosamente a Francia a la zona de turbulencias Irán/Irak. El candidato Sarkozy tampoco ocultó su voluntad de asumir todo el pasado de Francia, reivindicando como herencia digna de respetar, los períodos más negros y oscuros de la historia francesa (ya lo dijo en su día, con motivo de la polémica a la que se tuvo que enfrentar el gobierno de Villepin, cuando éste hizo votar una ley donde se reconocían los efectos positivos de la colonización francesa, ¡¡¡efectos que había por lo demás que enseñar en todas las escuelas francesas !!!).

              

Esta táctica de Sarkozy, basada en el desarrollo cínico del miedo hacia el otro, lo diferente (tanto interior/el inmigrante, como exterior/Turquía, mundo árabo musulmán por ej.) ha funcionado más allá de sus esperanzas con una innegable coherencia, permitiéndole superar ese handicap endémico con el que había tenido que contar la derecha “republicana” desde la emergencia del Frente Nacional como fuerza política de peso al principio de los años 80.

                        

La derrota del Frente Nacional en la primera ronda (con más de un millón de votos aspirados por Nicolás Sarkozy) y el ulterior apoyo de los electores lepenistas a Sarkozy (pese a la consigna de abstención lanzada por Le Pen) dan la clave principal de esta elección: la integración del voto frentista al voto Sarkozy, así como la adopción y la canalización de una parte notable de sus ideales racistas y retrógrados en el programa de gobierno del vencedor.

Si bien el frente nacional ha sido derrotado en las urnas, no lo ha sido por tanto en las cabezas. Hasta la candidatura de Sarkozy, los electores anti-sistema de Le Pen solían abstenerse en la segunda ronda de las presidenciales por no reconocerse en las propuestas ni la orientación de ningún candidato. Sin embargo en estas elecciones, los dos tercios de los electores de Le Pen volcaron todas sus fuerzas en la batalla por la victoria de un candidato bastante afín a sus ideales y con más perspectiva de conseguir imponer sus ideas que su antiguo campeón Le Pen. En ese sentido, más que una OPA hóstil de Sarkozy sobre el Frente Nacional, cabría hablar de la OPA ideológica del Frente, o por lo menos de sus electores, sobre los partidos de gobierno. Le Pen ha sido por lo tanto el verdadero protagonista de la elección francesa, como era de prever después de su calificación de en el anterior escrutinio presidencial de 2002.

                

Decir entonces que estas elecciones de 2007 ostentan una derechización del electorado francés o peor, una desaparición del Frente Nacional (dos afirmaciones manifiestamente contradictorias), a la luz de los resultados arrojados por el escrutinio, no parece ser el análisis más acertado. En efecto, por un lado, la suma total de los votos de la derecha (derecha extrema + derecha “clásica”, llamada “republicana”) se mantienen en un nivel parecido al de escrutinios anteriores y luego, esta extrema derecha - lejos de desaparecer- sigue igual de fuerte, lo único que ha conseguido cobijarse dentro del principal partido de gobierno de derecha. El electorado francés sigue siendo por tanto igual de derechista que antes.

                         

De ahí también que el discurso entusiasta de Sarkozy, de cara a la alta tasa de participación - ampliamente relegado por los medios de comunicación dominantes – y vista como una “fiesta democrática” que marca después del drama de 2002, el regreso de los franceses a la política y hacia sus representantes menos extremos, pueda hacer sonreír : no estamos ni mucho menos ante un anti-21 de abril 2002, sino al contrario, frente a un nuevo simulacro/espectáculo político en el que el mensaje de la derecha de la anterior elección se ha integrado totalmente en la dinámica de los partidos institucionales (el partido socialista tampoco ha criticado mucho las posturas de Sarkozy y los dos contrincantes estuvieron de acuerdo durante el debate televisivo sobre la necesidad de expulsar a los sin papeles y de frenar la inmigración)[1].

                       

El voto de esta contienda electoral donde han predominado los temas del orgullo de ser francés, la firmeza respecto a los inmigrantes y a las poblaciones periféricas de la República (la banlieue), cínicamente presentadas como chivos expiatorios de la supuesta crisis económica que atraviesa el país, sigue entonces siendo el mismo voto que el que tuvimos en 2002 con la calificación de Le Pen en la segunda ronda electoral: el de una sociedad en la que sectores importantes viven muy mal la crisis económica y su desclasificación social.

Es interesante desde este punto de vista estudiar la sociología y la geografía del voto sarkozyano que arroja no pocos elementos de comprensión: ¿Cuáles son las regiones o zonas que más han votado a Sarkozy? Las zonas rurales del este y del norte de Francia, o sea las que están más alejadas de las cuestiones de delincuencia o de inmigración, lo cual ilustra perfectamente hasta qué punto el discurso del miedo relegado por Sarkozy como por los medios de comunicación, han alimentado y sostenido -sobre la base de la ignorancia y del verdadero conocimiento de estos problemas- la ola conservadora impulsada en la campaña de 2002 por el candidato Chirac, en torno a los temas de seguridad. La candidata Segolène Royal llega en cambio muy por delante de N.Sarkozy en general en las zonas urbanas y arrabaleras. Otro detalle revelador tomado esta vez de la sociología del voto: el voto Sarkozy se ha beneficiado también de un apoyo masivo de las capas de la población mayores en edad, con un porcentaje que culmina al 75% entre las personas más de 65 años cuando las capas más jóvenes han votado a Segolène.

               

¿Por fin una contienda Derecha/Izquierda?

         

Otra de las trampas interpretativas que nos han querido vender de modo interesado durante la segunda ronda y tras la victoria de Sarkozy, ha sido la de asimilar la oposición entre Ségo y Sarko a una contienda ideológica de fondo entre la izquierda y la derecha, que iba a dejar a tod@s, muy clara la orientación política por la que pretendía tirar el país. Nada que se aleje más de la realidad.

                 

Primero, porque el escrutinio presidencial al sufragio universal es uno de los escrutinios más infantilizantes y reductores que se hayan podido inventar desde el advenimiento de los principios republicanos. El engendro inventado por el General de Gaulle y tallado a su medida para servir y alimentar su imagen de Caudillo, ya no sirve hoy para reflejar la complejidad del tablero político y de las corrientes ideológicas movedizas que recorren una sociedad francesa multipolar. Pues la inmadurez de este sistema, que no en vano trata de rehabilitar la figura monárquica y paternalista que en su día los franceses consiguieron guillotinar, privilegia una relación personalista, supuestamente directa, entre electores y caudillo que, lejos de permitir el debate de fondo y el análisis de las ideas y de los programas defendidos por los candidatos, estimula al contrario la adhesión demagógica e infantil de los electores de a pie con la figura del poder supremo presidencial.

                 

En esta relación, lo que más se ve privilegiado es la imagen, la personalidad en la que se proyectan -cuando no se identifican- los electores en aras del sufragio universal. Desde este punto de vista, la personalidad monjil y represora en el ámbito socio-educativo, así como las pésimas dotes de oradora y/o la escasa seguridad en sus discursos de S. Royal, no podían tener mucho peso frente al despliegue seductor del abogado profesional, la seguridad y la arrogancia machista de un Sarkozy mitad gamberro anti-sistema - capaz de decir todo lo que le da la gana sin molestarse por las formas, pisoteando con fruición las bases de la tolerancia o del humanismo (no en balde Sarkozy retomó en su discurso, la divisa de Le Pen: “Digo bien alto, lo que todo el mundo piensa por lo bajo”), liberando todo lo que uno esconde en las zonas más oscuras de sí mismo - mitad padre represivo, adalid del orden y de la autoridad.

                              

La figura del Presidente, al corresponder a esa especie de necesidad de encontrar un buen guía (un padre, aunque sea autoritario e injusto) al que los electores puedan confíar su destino, hace pasar al segundo plano los principios ideológicos defendidos por cada candidato. De ahí que las dudas recurrentes de Segolène en los temas económicos, su modo de concebir el gobierno de manera aparentemente compartida y delegada, abierta a la “democracia participativa” (o sea a que las decisiones políticas sean el resultado de un debate y de una discusión) no hayan podido encontrar suficientemente eco en una sociedad a la que el discurso mediático educa en el miedo y que busca un discurso de claridad y de autoridad. La dimensión subjetiva inherente al sistema presidencialista ha hecho también que el voto se haya orientado en buena medida hacia la actitud más paternalista y simplista.

                 

De nuevo, también desde este punto de vista, el regocijo apenas disimulado del sistema político-mediático acerca de la alta tasa de participación interpretada erróneamente como una reconciliación de los franceses con la política, raya el contra sentido. Esta alta tasa de participación no es sinónima ni muchos menos de una renovada conciencia política de los franceses, sino todo lo contrario. Es una nueva manifestación del infantilismo político generado por el inmaduro y personalista sistema de la Quinta República.

                 

Los electores se volcaron en las urnas como si hubieran estado participando en un partido de fútbol o de boxeo, cada uno defendiendo a su campeón más allá de los ideales que representara, agitando banderitas francesas y desgañitándose cantando la Marsellesa. Esa confusión induce otra reflexión más preocupante todavía, acerca de la vacuidad política de tales elecciones, o mejor dicho de su única y exclusiva orientación derechista. Los electores de derecha liberados de los complejos extremos con los que hasta ahora vivían, celebraron su reencuentro inquietante con el lado más oscuro de su humanidad, volcándose sin freno en las urnas. En el bando de en frente, las fuerzas de izquierda muy conscientes del peligro representado por la liberación de estas fuerzas a través de la posible victoria de Sarkozy, se movilizaron también en masa para oponerse -sin mayor ambición ideológica- al triunfo de esa otra Francia. En este voto, tampoco se valoró la dimensión ideológica de Segolène. Fue un voto de “No Pasarán”. Con lo cual decir que este último escrutinio reconcilia a los franceses con la democracia parece nuevamente deshonesto, ya que al contrario demuestra que la contienda entre los dos bandos se ha radicalizado.

                          

Hay que señalar también que, los medios de comunicación, como los tenores de la UMP y algún que otro miembro del Partido socialista, nos han querido vender esta contienda como una lucha entre izquierda y derecha, para que la victoria de la derecha fuera más efectiva y sonara como un rechazo global de las ideologías de izquierda, en particular las anti-liberales.

                           

Pues bien, la verdad es que no se ve muy bien en qué el programa represivo y neo-liberal de Segolène era realmente de izquierdas. Las fronteras ideológicas entre los dos candidatos eran más que cercanas y no sólo en los ámbitos de la seguridad ciudadana o de la represión de la delincuencia, donde Segolène quiso demostrar -de cara a la captación del voto del frente nacional- que la izquierda también podía mostrarse autoritaria y por tanto “moderna” (que es últimamente como se valora a las medidas ultraliberales o represivas), desacomplejada tanto o más que la derecha en esos temas. También en los aspectos de inmigración y económicos, las coincidencias eran importantes y así dejaron constancia de ello durante el debate de la semana pasada los dos candidatos. En resumidas cuentas, no era tanto el trasfondo ideológico el que separaba a los dos candidatos sino una personalidad y una manera de gobernar distinta, evidentemente un poco más democrática desde el lado de Ségolène, lo que constituía las verdaderas “señas de identidad” de esos dos candidatos.

              

La esquizofrenia del PSF (Partido Socialista Francés) dividido entre Centro y la izquierda antiliberal: la marcha forzada hacia la social democracia y el fin de la unión de la izquierda.

         

Los resultados arrojados por las urnas en la primera ronda han acabado de desestabilizar el eje ideológico del PSF y de radicalizar el estado de esquizofrenia latente en el que hasta ahora el partido se había refugiado para no enfrentarse con el imprescindible y necesario trabajo de autocrítica que exigía la derrota jospinista del 2002.

                

Aquella sonada derrota del PSF que, más allá del papel que en ella tuvo el voto de la extrema derecha, resultó sobre todo de la atomización y dispersión del voto de izquierda - en particular hacia las candidaturas de izquierda antiliberal - hubiera tenido que obligar al PSF a reequilibrar su discurso como partido candidato a gobernar hacia la izquierda. Esa renovación interna no se hizo, ni se hará, porque hace tiempo que el PSF no tiene nada que ver con la izquierda.

                    

Es más, aprovechando la ocasión del escrutinio presidencial y de la bajada del voto de la izquierda anti-liberal en las urnas por la presión del voto útil, los adeptos de una reconversión social-demócrata proclamada y claramente asumida del partido tomaron más protagonismo después de la primera ronda electoral levantando una de las cortinas de humo más escandalosas de este escrutinio destinadas a acabar con las veleidades de la izquierda anti-liberal.

                            

No faltaron en efecto la misma noche de la primera ronda electoral los sesudos análisis que interpretaron el voto anti-sistémico y la aspiración a la renovación política que se concentró en la candidatura del derechista Bayrou (abusivamente presentado como una candidato del centro y cuyo único programa fue repetir a lo largo de la campaña una y otra vez que Francia debía superar esa dicotomía de enfrentamiento tradicional entre el bloque de izquierdas y el de derechas) como una clara aspiración centrista que obligaba el PSF y de modo global la izquierda, a orientarse de modo definitivo hacia la inevitable “modernización”, entendida de modo restrictivo como la social-democracia purgada de todo proyecto socio-económico realmente de izquierdas.

                                    

En todo caso, para ganar el 6 de mayo, había que conquistar la mayoría de los 18% de los votos que habían optado por la candidatura centrista. Sego hizo entonces todo lo que pudo para seducir a ese electorado, sugiriendo que podría tomar en su gobierno a representantes de esa corriente y -por qué no - designar a Bayrou como primer ministro, todo ello sin temor a agravar la confusión ideológica ya de por sí importante en torno a su candidatura. Se organizó un debate ante la prensa entre los dos líderes para demostrar los puntos de convergencia entre las dos corrientes sin que nunca se tomara en cuenta a los electores de izquierda que habían votado a la izquierda antiliberal o a la candidata socialista en la primera ronda (el 36% de los votos).

                         

La postura táctica del PSF entre las dos rondas fue tratar de acabar como fuera con sus rivales de izquierda crecidos en las luchas sociales de los últimos años y en la oposición al referéndum sobre la constitución europea (2005), aprovechándose del voto útil que había rebajado considerablemente el nivel de votos de la izquierda, para mantener no sólo su postura de inmovilismo sino acabar también definitivamente con la Unión de la izquierda (PSF + izquierda plural con los socios comunistas, los verdes etc.) que había permitido a la izquierda conquistar el poder en las últimas décadas. Asistimos entonces al patético viaje de Segolène hacia el centro, o sea hacia ninguna parte, limbo en el que se ha quedado el PSF desde el día de la derrota y que hipoteca gravemente no sólo los resultados de las futuras elecciones generales que se desarrollarán los próximos 10 y 17 de julio sino el de una victoria de la izquierda en el futuro. El mayor error de los socialistas (realizado a conciencia) fue en efecto querer hacer creer que Bayrou simbolizaba una verdadera aspiración centrista cuando en realidad la candidatura del demócrata cristiano aglutinaba sobre todo electores tradicionales del PSF hartos de ver a su partido perdido en un mar de rivalidades y luchas internas o simplemente desorientados por el discurso ambigüo y confuso de Sego. El voto Bayrou era en efecto sobre todo un voto socialista anti-Sego y de castigo al PSF, del mismo modo que gran parte del voto Sego reunió al voto de izquierda anti-liberal desde la primera ronda.

                             

Hubo un tiempo – especialmente durante el período de lucha entre Mitterand y Chirac por el poder – en que se habló de la derecha más tonta del mundo para evocar esa descomunal capacidad a perder las elecciones que demostró Chirac y la derecha a lo largo de los años 80 y parte de los noventa. El bando de la derecha perdido en aquella época en fratricidas luchas individuales y de ambiciones personales veía en efecto como, uno a uno, todos los rivales potenciales de Chirac caían eliminados bajo las fauces despiadadas del líder derechista.

                                   

Hoy parece que esa tontería se haya pasado al bando de la izquierda, transformado -como otrora la derecha- en máquina de perder elecciones. ¿Cómo sino explicar tan importante derrota frente a un candidato procedente del gobierno que tantos movimientos sociales impulsó en su contra a lo largo de los últimos años? ¿ Cómo entender sino esta victoria por KO, después de la victoria aplastante de la izquierda en las elecciones regionales y europeas que tuvieron lugar a medio quinquenato en el 2004?¿ Cómo es posible que un candidato tan continuista en la política del anterior gobierno Villepinista haya podido vencer en estas elecciones?

                      

La ruptura pretendidamente encarnada por Sarkozy, evidentemente no pasa de la mera operación publicitaria, ya que el plan de reformas previsto por el nuevo presidente no hace más que prolongar la dureza del gobierno ultra-liberal de Chirac, falsamente percibido como un blando en asuntos socio-económicos. Basta escuchar los rumores que recorren la burbuja mediática acerca de la más que probable nominación de François Fillon -el impulsor de las reformas de las jubilaciones de 2003 y de la reforma educativa de 2005- al puesto de Primer Ministro, para entender que el mismo tipo de política va a seguir imponiéndose en Francia, incluso hasta con las mismas personas (se habla también por ejemplo de Raffarin para el puesto de Presidente de la UMP).

          

Esa responsabilidad en la derrota también la comparte la izquierda anti-liberal hoy reducida a un peso insignificante de cara a los resultados de la presidencial : por mucho que se alegre la LCR de Besancenot y Krivine de haber resistido al choque del voto útil con sus 4,5% de los votos -una cifra en votos más alta que la de 2002- el panorama del resto de la izquierda es desolador con una desaparición casi completa de los Verdes, del Partido Comunista y el mediocre resultado de la candidatura de José Bové.

                        

La izquierda anti-liberal paga aquí en gran parte –como el PSF- el precio de su desunión y tendrá evidentemente también que hacer su autocrítica a la hora de valorar los resultados de este escrutinio sin que cada uno se limite a echar la culpa de la derrota al otro, como hasta ahora cada corriente (¿o capilla?) lo ha hecho, más preocupada por la defensa táctica de sus posturas que por construir una verdadera estrategia de conquista del poder o por lo menos destinada a influir ideológicamente en las directivas de gobierno del país.

                

El panorama político de la izquierda es por tanto bastante desolador y las elecciones generales que decidirán de la mayoría de gobierno el próximo 17 de junio, auguran desgraciadamente de una nueva victoria aplastante de Sarkozy, a menos de un milagro poco probable como lo ha demostrado la guerra abierta que ya se libran los distintos líderes del PSF sobre los escombros de la derrota presidencial. Mientras todos estos señores se pierden en sus luchas de ambición personal, el pueblo francés se verá sometido a todo el rigor de la política sarkozyana. Ahí sigue sin embargo manifestándose a diario, en las calles, contra la victoria de este peligroso personaje.

                          

Henri Belin.



[1] La constancia de esta característica francesa donde el arraigo de la extrema derecha no se desmiente, ha tenido abundantes manifestaciones a lo largo de la historia política del país y es también la que permitió en varias ocasiones que la izquierda accediera al poder ya que, incluso en los tiempos de Miterrand, la izquierda, en muchas ocasiones, ha gobernado en minoría, o sea sin aglutinar a su alrededor una mayoría real del electorado (menos en 1981). La presencia del Frente Nacional, en particular en cuanto se trataba de elecciones generales (en 1997 por ejemplo, cuando volvió Jospin al poder después de la disolución de la Asamblea Nacional ordenada por Chirac) impedía en efecto, en caso de casi equilibrio entre las fuerzas de izquierda y de derecha, que la derecha “republicana” venciera (el escrutinio general también responde a la misma lógica mayoritaria y sólo permite a los partidos que alcanzan un 15% de los votos mantenerse en la segunda ronda, aspecto que permitió al Frente Nacional en la década de los 90 favorecer la derrota de la derecha “republicana” que se negaba a aliarse con él).

 
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