¿Recuperar clave? ¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
  • Narrow screen resolution
  • Wide screen resolution
  • Auto width resolution
  • Increase font size
  • Decrease font size
  • Default font size
  • default color
  • red color
  • green color
Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
jueves
04. dic 2008
Inicio arrow Lucha Social arrow Argentina arrow El enemigo ya no está en la casa rosasda o el progresismo Kitchnerista
El enemigo ya no está en la casa rosasda o el progresismo Kitchnerista PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Alvaro Tutti   
lunes, 03 de abril de 2006

 

En las elecciones presidenciales de 1999, los argentinos, buscando un revulsivo que sacara al país de la parálisis y la pobreza donde lo llevaron las políticas ultraliberales de Carlos Menem, se inclinaron por el proyecto progresista de la Alianza (coalición de centro izquierda formada por la Unión Cívica Radical –UCR- y el Frepaso), dando la espalda al peronista Eduardo Duhalde – ex-vicepresidente, ex-gobernador de la provincia de Buenos Aires -, a esas alturas identificado en demasía con una forma de gobernar basada en la corrupción y la violencia.

La mitad de la población –20 millones de habitantes- se encontraban bajo los límites de la pobreza, el 40% de la población activa se hallaba desempleada y el poder adquisitivo de la cada vez más reducida clase media amenazaba a derrumbarse. Los nuevos gobernantes, empero, siguieron aplicando las nocivas políticas del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), con los catastróficos resultados ya conocidos, respondiendo al malestar social del mismo modo que los anteriores gobiernos: la represión. 35 personas murieron en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. El presidente Fernando De la Rúa escapó en helicóptero de la Casa Rosada. Habría tres efímeros presidentes más hasta que el denostado Congreso eligiera a Duhalde para arreglar el desaguisado. La Argentina unía a la ya tradicional crisis económica “un clima generalizado de desamparo colectivo”, en palabras de Pancho Ferrara[1]; según él, éste es resultado de la tensión entre dos fenómenos: “el surgimiento de nuevos interrogantes para los cuales no se observan respuestas y la caída de certezas que sostuvieron durante generaciones la cohesión de su sociedad”.

La comunión de intereses de clase media y baja, de caceroleros y piqueteros, se antojó insoportable para el estado. El 26 de junio de 2002 la feroz y planificada represión desatada contra los piqueteros que se disponían a cortar el puente Pueyrredón (Avellaneda, Buenos Aires), con dos muertos y cientos de heridos, logró romper la referida comunión, tal fue la manifiesta impunidad con la que se realizó. El repudio siguiente obligó a Duhalde a convocar elecciones presidenciales en pocos meses.

El 25 de mayo de 2003 asumió la presidencia Néstor Kirchner, peronista, ex-gobernador de la provincia de Santa Cruz en tiempos de Menem y de supuesta militancia izquierdista durante sus tiempos de estudiante de derecho en La Plata. De familia adinerada, pegada al poder, hizo fortuna rematando bienes inmuebles objetos de embargos bancarios. Sin maquinaria electoral alguna en su propio partido, desconocido para la opinión pública, fue evidente que Kirchner era el elegido de Duhalde. Asumió con un 22% de los votos al renunciar Menem (24%) a participar en la segunda vuelta: el miedo a un tercer mandato de Menem le hubiese dado una apabullante victoria que el caudillo neoliberal evitó.

Llega Kirchner con la misión de devolver al estado la legitimidad perdida, de sofocar la perenne lucha social (personalizada en casi diez años de agitación y lucha piquetera) y si bien es impensable sanear la economía argentina, dar, siquiera, esperanzas a la población.

Han sido muchas las veces en las que escuché a la gente referirse a Kirchner como un peronista. Esto es, un hábil demagogo capaz de, en base a cuidados y ambivalentes discursos y espectaculares medidas políticas, crear realidades virtuales, al mismo tiempo que maneja los fondos del estado para lograr la necesaria adhesión a esas realidades.

Me decía Raúl Zibechi, en su casa de Montevideo, refiriéndose a los gobiernos progresistas que ocupan buena parte de la escena latinoamericana, que el problema con estos sectores, una vez llegan al poder, radica en la capacidad que tienen para disputar la autonomía política y material a los movimientos sociales que, en cierta medida, les allanaron la llegada al poder. Esta también sería el caso argentino.

Aunque la presencia en listas electorales y puestos de gobierno de hombres afectos a Duhalde era y es innegable, Kirchner jugó asimismo la baza del setentismo, situando en otros ámbitos a políticos procedentes de la izquierda peronista de aquellos años (Juventud Peronista y Montoneros, principalmente), dejando que la creencia popular (alimentada entre otros por el diario Página 12) le colocara erróneamente casi en las filas guerrilleras. Persiguiendo en las sucesivas votaciones (las últimas, que completaron senado y congreso, además de legislaturas provinciales y gobernaciones, fueron en octubre de 2005) la legitimación de su modelo y la creación de su propia maquinaria partidaria, Kirchner recurrió a la formación de un espacio político, denominado transversal, con la participación de individualidades del Partido Socialista, el radicalismo (UCR) y pequeños partidos autocalificados de nacionalistas revolucionarios, como Patria Libre (nacido en 1987). Con este primer crédito político, Kirchner impulsó la derogación de las leyes de Obediencia debida y Punto Final, posibilitando la reanudación de los juicios contra los represores de la última dictadura militar (1976-83). También dentro del ámbito de los derechos humanos (DD.HH.) se inscribe la decisión de expropiar la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA; cobijó uno de los más terribles centros clandestinos de detención y tortura) para destinarla a museo de la memoria. Ambas medidas le acercaron a la sensibilidad popular, ganándose la aprobación de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Ya dijo Hebe de Bonafini, en referencia a Kirchner, que uno de nuestros hijos a cruzado la plaza para sentarse en el sillón de presidente. Nunca antes habían apoyado las madres a gobierno alguno. Independientemente de la legitimidad de las Madres para dar su apoyo al presidente, es evidente que, como buen peronista, Kirchner adoptaba el discurso de la defensa de los derechos humanos, como más tarde adoptaría el discurso social (“La deuda no se pagará más con el hambre de los argentinos”) con la intención de asimilar, desplazar y debilitar a los movimientos sociales.

Sin embargo, Argentina paga religiosamente los plazos e intereses de su deuda. La tan anunciada cancelación de la deuda contraída con el FMI –9.810 millones de dólares- supone menos del 10% del total –124.000 millones de dólares-. A pesar de los pesares, esta nueva boutade política ha dado paso a la campaña kirchnerista en la que, dando como resueltas las cuestiones militares e internacionales más perentorias, ahora toca la redistribución de la riqueza; otro viejo mito del populismo peronista. Mas la única verdad es la realidad, que decía Perón: en Argentina un 55% de su población sigue viviendo en la pobreza; de 13.680.000 asalariados, 7 millones cobran en negro y sólo un 20% del total tiene ingresos mayores de los 850 pesos mensuales (cantidad necesaria para vivir una familia tipo; límite de la pobreza), generalizándose el fenómeno de la pobreza con empleo. Las ingentes cantidades que el estado gasta en subsidios de miseria (150 pesos por familia y mes; los perceptores, hoy en día, constan como empleados), y proyectos productivos financiados por ONGs y el perverso Banco Interamericano de Desarrollo (BID) tienen como finalidad fragmentar, coptar y corromper los movimientos sociales. Pablo, del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús, me señalaba, explicando gráficamente la situación, que “Kirchner nos ha sacado del puente haciendo política”; entendamos este puente Pueyrredón, que ya los piqueteros no alcanzan a cortar, en un sentido amplio de puente, calle y protagonismo político. Argentina lleva casi tres años creciendo a un ritmo del 9%, pero esto no se refleja en el poder adquisitivo de los argentinos: se esconde la crisis congelando precios de algunos productos básicos y de las tarifas de electricidad o teléfono; se controla la temida inflación para no disgustar al FMI, para evitar el estallido social; se recorta el gasto público en salud, educación, al gusto liberal.

A nivel internacional, Kirchner pretende la integración económica y política argentina en el bloque del Mercosur, ahora reforzado por el petróleo venezolano. Esta apuesta por el Mercosur, enfrentándose a Estados Unidos y el ALCA, es utilizada por los kirchneristas para presentarse como paladines del antimperialismo; sin embargo, en opinión de Zibechi, nuevamente, estas alianzas, gestadas en torno al sector energético, funcionan al servicio de Brasil, quien hace tiempo desplazó a Estados Unidos del papel de potencia imperialista de la zona.

A fines de enero tuvo lugar la última Marcha de la Resistencia convocada por la Asociación de Madres de Plaza de Mayo. Dijo Hebe de Bonafini que el enemigo ya no está en la Rosada, justificando el fin de esta protesta. Muchos han criticado la decisión; otros, independientemente del apoyo brindado a Kirchner, consideran normal acabar con métodos de lucha no adecuados a la realidad actual. El pulso entre el estado y los movimientos sociales continua, dominado por la parálisis económica argentina. Quizás el pretendido izquierdismo de Kirchner no sea suficiente para capear nuevos estallidos sociales.

Ferrara, Francisco: Más allá del corte.

 
< Anterior

Arqueología Social

 
Resiste 13
 

Suscríbete

Recibirás un Boletín con nuestras recomendaciones.