(o sobre los modos de transitar
el impasse sin caer en falsas
dicotomías ni estériles nostalgias).
1. En las últimas
semanas, a partir del rechazo de las cuatro entidades patronales del campo a una
medida del gobierno nacional (retenciones móviles a ciertas exportaciones),
hemos asistido a una coyuntura conflictiva entre diversos actores. Como parte de
este activismo han circulado una serie de análisis y posicionamientos sobre las
coordenadas de la situación actual anunciando, en muchos casos, una "vuelta de
la política". Nosotros, en
cambio, percibimos un impasse, a partir del atascamiento de las dos
dinámicas más novedosas que pusieron en crisis la legitimidad del neoliberalismo
puro y duro. Nos referimos, por un lado, a las nuevas experiencias colectivas
surgidas en torno a los movimientos sociales (desde fines de los 90 al estallido
del 2001) y, por otro (a partir del 2003), a la tentativa del gobierno nacional
de interpretar algunos de los núcleos instalados por estos
movimientos.
Estamos entonces ante el debilitamiento de la
compleja variedad de interrogantes sociales que formularon las luchas, tanto en
su irrupción como en sus repliegues y persistencias: preguntas en torno al
trabajo asalariado, la autogestión, la recuperación de fábricas y empresas, la
representación política, las formas de deliberación y decisión, los modos de
vida en la ciudad, la comunicación, la soberanía alimentaria y la lucha contra
la impunidad y la represión. Paralelamente enfrentamos la crisis del modo en que
el gobierno reconoció estas preguntas —si bien en términos reparatorios:
es decir, bajo la forma de demandas a compensar—, al tiempo que
subsisten, en muchos aspectos, los mismos actores y dinámicas del largo período
de la introducción y difusión del neoliberalismo.
El efecto más visible de este impasse es que la
participación callejera, el recurso a la asamblea y el cuestionamiento a la
mediación política hoy no vienen de parte de quienes pugnan por crear modos de
reapropiación de los bienes comunes, sino de quienes defienden (por acción u
omisión) la captura privada de la renta global. Y que en esta coyuntura
intervienen directamente en la definición de una nueva gobernabilidad pensada
menos como la disputa del aparato del estado y más como el gobierno de los
procesos concretos (ya sea a través del control de los circuitos económicos como
de la gestión de las subjetividades).
En el fondo está en juego el modo mismo de plantear
la cuestión democrática, más allá de los términos economicistas (que
hacen del aumento del consumo el único indicador de su contenido), pero
también de su reducción institucionalista. Todas estas variantes,
igualmente interiores al paradigma liberal, excluyen la perspectiva de la
reapropiación social de lo común surgida de la agenda de los movimientos
a nivel regional.
Constatamos así la paradoja de una «vuelta de la
política» junto a una despolitización de lo social: en el mismo momento en que
se evocan referentes éticos de las luchas transformadoras como parte de un
movimiento mayor de legitimación estatal, se devalúan los diagnósticos que estas
experiencias pueden ofrecer como perspectiva de comprensión de la «situación
actual».
En lo que nos toca de manera directa, verificamos el
atascamiento de la dinámica constructiva de los espacios autónomos de
enunciación, capaces de desestabilizar y antagonizar con el neoliberalismo. Pero
tal constatación no tiene el sentido de esperar, nostálgicos, un "retorno" del
protagonismo de aquellos movimientos. Más bien busca reafirmar los puntos de
apertura y conflicto que sigue mostrando el escenario político a partir de
insistir en las prácticas que mantienen un horizonte de reapropiación de los
bienes colectivos.
Así, en estas
semanas vimos aparecer públicamente la cuestión de la soberanía alimentaria que
los movimientos campesinos vienen desarrollando desde hace años, lo que da
cuenta de la existencia de un acumulado de saberes y experiencias como
virtualidad posible de ser convocada y aprovechada. Pero, al mismo tiempo, se
advierte la dificultad de traducir estas iniciativas en políticas
concretas.
2.
El actual contexto sudamericano exige valorar sin
ambigüedades sus novedades. No hay lugar para la indiferencia cuando las
elites tradicionales amenazan los procesos de democratización social. La
situación de Bolivia es, al respecto, paradigmática.
Ya es un lugar común destacar que América del Sur
vive una suerte de anomalía en relación al contexto reaccionario de muchos de
los gobiernos de otros continentes. Pero esta singularidad suele adjudicarse más
al signo de los gobiernos que al proceso –mucho más rico, interesante y
prometedor– abierto por los nuevos sujetos sociales. De allí que toca a los
gobiernos de la región evitar toda tendencia al cierre sobre sí mismos,
olvidando las redes comunitarias que son el origen de su legitimidad, el
principal recurso de recomposición de lo social, y fuente de nuevas
posibilidades.
Si leemos el actual conflicto a partir de estas
coordenadas podemos distinguir en qué sentido las retenciones a las
exportaciones no necesariamente conllevan una distribución de la riqueza. No se
trata de confiar en la voluntad del gobierno o descreer de sus buenas
intenciones, sino de explicitar que sólo la reapropiación social de la decisión
y el control sobre lo que se produce, puede dar lugar a un cuestionamiento del
modo de acumulación neoliberal. Sin este reconocimiento, la mencionada apelación
a la soberanía alimentaria surgida de las luchas campesinas no dejará de ser una
teatralización fallida e instrumental.
Todo problema recibe las soluciones que se merece en
virtud del modo como ha sido planteado. La sobreactuación de la «vuelta del
estado» como sinónimo de la vuelta de la política transformadora, conlleva una
renegación de la experiencia de los movimientos y se muestra completamente
insuficiente a la hora de comprender y enfrentar los fenómenos de degradación
actual de lo social.
La verdad de esta «vuelta» del estado ha quedado a la
vista: un gesto que se presenta como voluntad redistributiva abre un conflicto
que pone en tela de juicio la propia autoridad estatal. Una mirada del trasfondo
de la situación política actual nos permite resituar los términos de la
conflictividad entre, por un lado, los aparatos de captura y mediación del valor
social (con particular visibilidad en la acción de los medios de comunicación, a
la que ha apostado acríticamente el gobierno todos estos años) y, por otro, las
redes que —en sus ensayos de recomposición de lo social— constituyen una fuente
virtual de prácticas alternativas de elaboración de sentidos e instancias
organizativas.
Hasta ahora, el equipo de gobierno ha sabido leer los
signos de una sociedad lastimada tras décadas de neoliberalismo, terror e
impunidad. Y ha operado por la vía de una reparación simbólica y, hasta cierto
punto, económica. Esta reparación se ha efectivizado en un doble sentido.
Ha habilitado una narración «curadora»,
tras una historia de muerte e hipocresía, pero ha implicado también un
«licenciamiento» del protagonismo social que se fue instituyendo en sucesivos
ciclos de luchas, en la medida en que se pretende «gobernar» en su nombre. Las
lecturas reactivas de los sucesos del 2001 que reniegan de la capacidad material
de reinvención social son más un factor de debilidad que un gesto de fuerza
política, en la medida en que omiten una potencia decisiva —virtualidad real,
micropolítica, adyacente a toda realidad cotidiana— que no puede ser plenamente
concebida sin superar la fase «reparatoria».
3.
Las preguntas que la sociedad se autoformuló a
comienzos de la década siguen pendientes y requieren de una vuelta real,
efectiva, de lo político, que no se percibe actualmente por fuera de la escena
mediática.
El escenario, el
lenguaje y los modos expresivos involucrados en este drama significan tanto o
más que las palabras pronunciadas. Por eso resulta vital señalar la comodidad
política que supone aceptar el monopolio mediático de la producción de
enunciados, cuestionando sólo sus contenidos ideológicos. La democratización
social no puede limitarse a la dimensión del consumo, ni se construye con gestos
e intervenciones completamente afines a la racionalidad del
espectáculo.
La mediatización
es la causa y el sostén de una «vuelta de la política» que tiene como paradójico
efecto la despolitización, pues centraliza la atención social y difunde
«posibles» prefabricados. No se trata sólo de la preponderancia alcanzada por lo
medios de comunicación masiva más concentrados, sino también de la devaluación
de los lugares de producción de prácticas y pensamientos que exigían, al
discurso político, la creación de colectivos de enunciación.
El límite más evidente que constatamos en el
escenario actual es precisamente la inexistencia de un cauce para la
movilización y el pensamiento que no sea el que dispensan los grupos encuadrados
en la política de gobierno, o el que está siendo articulado por las redes de una
nueva derecha pretendidamente post-ideológica.
4.
No hay sitio para la nostalgia. Nuestra imagen de la
recomposición de lo social no puede quedar "fijada" a las formas que cobraron
visibilidad durante diciembre de 2001. Del mismo modo que los discursos y estilos de los
movimientos revolucionarios de los años setenta no deberían inhibir el
surgimiento de nuevas maneras de comprender lo político. Estas dos secuencias de
la historia reciente son un reservorio de imágenes y recursos colectivos para
las luchas por venir. Todo lo contrario sucede cuando el pasado deja de ser un
punto de partida para volverse horizonte insuperable.
Entonces: ¿cómo
atravesar un momento de impasse sin recurrir a falsas (y fáciles)
polarizaciones ni a imágenes nostálgicas? ¿Cómo discernir en este estado de
suspensión la disposición silenciosa del pensamiento y las luchas como
signos de politicidad?
El movimiento de reapropiación de lo común existe en
las prácticas colectivas de enunciación capaces de retomar, de una manera nueva,
las preguntas referidas al trabajo (y a la explotación social: precarización y
condición salarial), la gestión urbana (ghetificación y privatización) y la
representación política (en base a la gestión de los miedos y las angustias
productoras de nuevas jerarquías). Estos interrogantes se traman hoy en la
coexistencia problemática de una retórica pro-estatal y una persistente
normatividad neoliberal capaz de reglar los procesos productivos (mundo laboral,
usufructo de los recursos naturales, privatización de los espacios públicos).
En el reverso de esta trama se constituye el
territorio conflictivo de elaboración (efectiva y potencial) de nuevos sujetos
políticos.
Colectivo Situaciones
Buenos Aires, 25 de Mayo de
2008
www.situaciones.org
www.tintalimon.com.ar
|