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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
jueves
04. dic 2008
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ARGENTINA: A TREINTA Y UN AÑOS DEL GOLPE PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Alvaro Hilario   
sábado, 31 de marzo de 2007

24 de marzo de 2007; se cumplen treinta y un años del último golpe de estado, ese que trajo la desaparición de treinta mil personas; el horror y la tortura generalizados; la prisión, el exilio. El miedo. Golpe de estado indispensable para implantar las viejas nuevas recetas neoliberales: sangre por dinero, sangre por agua, sangre por tierras, sangre para alimentar la especulación financiera. Son las dos de la tarde; estoy en el cruce de la Avenida de Mayo y la gigantesca avenida 9 de julio. El famoso Obelisco se encuentra a pocos metros. El sol, brillante en un cielo sin nubes, cae a plomo. La gente se refugia bajo cualquier sombra, bien sea de árboles o de las pancartas que ya aparecen colgadas de las farolas. Corren los mates, las botellas de agua. En el asfalto, los envoltorios de helado se mezclan con cientos de volantes.

                         

Con una escasa hora de diferencia hay dos marchas programadas. La primera de ellas, de tono progubernamental, está convocada por algunos organismos de derechos humanos y agrupaciones políticas afines al presidente Kirchner. Esta partirá desde este cruce de calles.

La otra desde la plaza del Congreso. Los colores celeste y blanco dominan en banderas y afiches de todos los tamaños: es el recuerdo, la identificación con ese peronismo que, incomprensiblemente (al menos para un vasco que lleva no más siete años por estos pagos), se identifica con la soberanía nacional, con el poder de la clase obrera. Si alguien pudiera leer mis aviesos pensamientos le faltaría tiempo para señalarme que, en 1954, un 50´8% del ingreso fue distribuido entre los asalariados, entre los descamisados. Quizás me recordarán la figura de la segunda esposa del general Perón y la República de los Niños (los únicos privilegiados del Régimen). "Con Franco se vivía mejor", dicen bastantes al otro lado del Atlántico. Beneficios de esos militares que murieron en la cama. Todavía hoy pervive el cerco al General, ajeno desde su nuevo mausoleo a las criminales maquinaciones de López Rega y la Triple A; a los comunistas y anarquistas perseguidos; al sindicalismo vertical; a las ilusiones que quedaron, inertes, camino de Ezeiza. Jóvenes imberbes.

                           

Cientos, miles de personas se agrupan bajo el celeste y blanco; celeste y blanco estampados con siglas de movimientos –revolucionarios o no-; estrellas con más o menos puntas; con las siglas de lo nacional y popular; no podían faltar, diferentes fechas épicas –veinticincos, veintiseises- redondeando la escenografía.

                    

Acá y allá, hombre entrados en la cincuentena, de sienes plateadas y frentes sin marchitar, dan órdenes a jóvenes de piel oscura: esa bandera acá, esa columna por allá. Lo importante es que se vea la bandera y que ésta sea lo más grande posible. No en vano se acercan elecciones –locales, nacionales, provinciales, presidenciales- y hay que decir "presente", bien fuerte, para rebañar cargos y cuotas de poder.

                          

La combinación de "M", "N", "P", de veinticincos, veintiseises o diecisietes es más numerosa que nunca; al igual que los "desafíos", "corrientes" y "comandos", esas nuevas unidades de base. Hasta la ministra de Economía, Felisa Miceli, y su marido tienen bandera. Mirá vos.

                                    

Tras las pancartas rostros cansados, rostros venidos en colectivos escolares, rostros agraciados con electrodomésticos, colchones y miserables ayudas económicas. ¡La democracia es grande! ¡Qué bueno poder elegir! Piqueteros oficialistas: bonita definición para quienes nunca cortaron una ruta pero, valiéndose de la desesperanza de la gente, lograron armar su grupo, adornado de blanco y celeste, lograron su secretaría, su subsecretaría. Días después, en la ciudad de La Plata, estos afectos a la democracia orgánica, golpearían a la militancia de HIJOS cuando pedían por la aparición de Jorge Julio López. Muchas banderas decía, pero ninguna pidiendo por ese hombre que pudo mirar a los ojos al genocida Etchecolatz; pudo mirarlo y empujarlo con su testimonio a una bien merecida prisión. Hechos, no palabras vanas.

Las columnas avanzan, maniobran en pos de un lugar óptimo para entrar, bien visibles, en la mítica Plaza de Mayo, revolucionario corsódromo. Rugen los bombos, saltan los jóvenes, se agitan las banderas e incluso los cascos de los motokeros, los mensakas, celeste y blancos. Parece que alguien está a punto de volver a la patria liberada. Liturgia, orgía peronista.

              

Una mujer se me acerca; me ofrece una publicación tamaño diario: la "Patria Grande"; en su tapa Castro, el comandante Chávez, el señorito Daniel Ortega, el ínclito Tabaré Vázquez, la señora Bachelet, Evo Morales, Ignacio Lula da Silva (el mismo que señaló no haber sido nunca de izquierdas), el presidente argentino. Hace calor, pero me entran escalofríos. No me creo el socialismo del siglo XXI. Será que vivo al margen de la evolución, como los obispos de Roma frente a Copérnico y Galileo.

                

Miles de personas, sí, pero se echan en falta las burocracias sindicales, a los muchachos peronistas, a las Madres de Hebe de Bonafini. El acto oficial tiene lugar a muchos kilómetros de distancia, en Córdoba, en el siniestro predio de La Perla. Se abrirá allá otro museo de la memoria. Kirchner ataca a los militares, a los jueces que tienen paralizadas un buen número de causas contra esos monstruos genocidas. Es éste el gobierno de los derechos humanos: ahora que los golpes de estado se dan desde los bancos, desde los ministerios de economía, sale barato despotricar contra los milicos. Y lo hace, sin pudor alguno, quien desde su cargo de gobernador de la provincia de Santa Cruz impulsara, allá por el lejano 1995, la privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), origen de inabarcable miseria, fuente no deseada de piquetes. Soberanía nacional: Repsol obtiene el 50% de sus beneficios a cuenta de la Argentina; Repsol, una de las diez grandes petroleras, obtuvo sus pozos gracias a estas privatizaciones, a las de Bolivia, a los millonarios contratos con el bolivariano Chávez (correspondidos con jugosas ventas de armamento; ¿Para defender el socialismo del siglo XXI?).

               

Horas más tarde, en torno a un buen asado, a un vaso de vino, me dirá una compañera "yo fui montonera, no peronista". Y el presidente, nuestro presidente, olvida esos cadenazos universitarios a la militancia de izquierda, a los montoneros. Olvida los cuatro millones de dólares de patrimonio que declaró a la salida de la Dictadura. Terribles minutas de abogado, al parecer.

                                   

Vienen más tarde las columnas de la izquierda clásica: todos los epígonos del desaparecido Partido Socialista de los Trabajadores (PST): PTS, MST, MAS, etcétera. En incendiarios discursos unen el genocidio, el mal estado del transporte colectivo y quien sabe cuántas causas más. Comunidades de paraguayos, mapuches, chilenos, uruguayos, víctimas de horrores similares, pasados y presentes; agrupaciones universitarias; organizaciones piqueteras de fuste. Observo silencioso. A mi lado, un hijo hace observaciones al padre al ver pasar las columnas de diversos MTD y MTR: "Pá, antes traían más gente; nosotros también íbamos con ellos"; "antes la situación, la necesidad nos obligaba a venir a todos; ahora, vienen los obligados por sus referentes; es otra cosa", contesta el padre.

 

El recuerdo de treinta mil vidas segadas por el capital me estremece. Treinta mil personas de todo tipo, no treinta mil guerrilleros. Como una vez me señalara una amiga de la agrupación HIJOS, "de haber sido así, como sugiere la teoría de lo dos demonios, las cosas hubieran sido de otro modo". Treinta mil personas desaparecidas; miles de familias, compañeros de estudio, compañeras de trabajo, condenados y condenadas a un miedo permanente, a una miseria permanente que hoy comienzan a sacudirse de encima.

                           

Alvaro Hilario

 

 
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