



José era carpintero, judío y gay. Haciendo uso de sus conocimientos, se había fabricado un gran armario en Belén, en el que vivía con su amiga María, al abrigo de la persecución homófoba que había desatado el imperio romano contra los homosexuales y los judíos de Jerusalén. María no había conocido varón, era lesbiana, y había decidido tener un hijo por inseminación artificial con el esperma de su mejor amigo, José. Ahora se encontraba a punto de dar a luz en el armario de Belén. La noticia corrió por el ambiente y llegó hasta los rincones más alejados de Oriente. En el Kurdistán vivía el antiguo rey Melchor, que había sido destronado por los turcos cuando invadieron el país. Melchor tenía 50 años, llevaba una larga barba blanca que cubría un torso ancho lleno de vello que hacía las delicias de los pastorcillos kurdos. Había conocido a José en el cuarto oscuro de un bar de Ereván, la capital de Armenia, y sabía que él y su amiga María esperaban un niño, así que decidió ir a verles para celebrar con ellos el alumbramiento. Un cuento de Javier Sáez

- La retirada del TIG de los manuales internacionales de diagnóstico.
- La retirada de la mención de sexo de los documentos oficiales
- La abolición de los tratamientos de normalización binaria a personas intersex
- El libre acceso a los tratamientos hormonales y a las cirugías (sin la tutela psiquiátrica)
- La prevención de la transfobia: el trabajo para la formación educativa y la inserción laboral de las persones trans.
A continuación, publicamos el manifiesto completo elaborado en torno a esta cuestión.




En Vitoria-Gasteiz, ciudad que parece no querer olvidarse de su lastre curil y militar un grupo de gente maribollotrans ha decidido crear EHgam Araba. Van a decir muchas cosas. Van a decir que no es necesario ni útil un grupo GLBT en Araba. Dirán que ya está todo conseguido con el derecho al matrimonio (todavía pendiente del recurso que puso el PP en el tribunal constitucional). Dirán que nuestros cuerpos no son más ajenos que otros y que lo nuestro no es más que un exhibicionismo estrafalario. Dirán que lo único que nos mueve son las ganas de incordiar. Dirán que somos los de siempre, con las intenciones de siempre. Pero creemos, y no ingenuamente, que nuestros cuerpos cuestionados, nuestros placeres restringidos, nuestros deseos denostados merecen un lugar y una voz. Merecen un discurso propio, en primera persona que sirva, en alguna medida para paliar los mensajes de odio y muerte que impunemente recorren, sin ningún pudor, nuestras vidas.
