| Planet Terror de Robert Rodríguez. La vitalidad del Zine de ultratumba. |
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| Escrito por Henri Belin | |
| miércoles, 22 de agosto de 2007 | |
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En este proceso de remodelación, han desaparecido por desgracia los trailers ficticios – con títulos tan sugerentes como Mujeres SS y los hombres lobos- que precedían las dos cintas, imitando las secuencias de autopromoción cinematográfica que se proyectaban en las salas Grindhouse. Sólo uno de ellos, el descabellado avance de una película de venganza titulada Machete que Robert Rodríguez no descarta dirigir en un futuro próximo, se ha conservado en Planet Terror. La presentación en competición oficial durante el festival de Cannes de Death Proof, el volumen dirigido por Tarantino que se estrenará en España el 31 de Agosto, acabó de desligar este proyecto bicéfalo al ser descartada la cinta de Rodríguez por los directivos del festival que vieron en ella un producto demasiado arraigado en la cultura basura y los subgéneros como para ser exhibido en el pulcro y serio Cannes.
Aún así, las dos películas que se basan en el mismo tipo de cine Z mantienen entre ellas - más allá de las evidentes conexiones tanto estéticas como de cutrefactura que reivindican - una interacción subterránea donde aparecen guiños narrativos en los que se hace referencia a personajes o situaciones comunes a las dos historias.
Rodríguez ¿el regreso?
Sin entrar ahora a comparar el trabajo realizado en ambas películas por cada uno de los directores (volveremos sobre la propuesta de Tarantino en el momento de su estreno), unidos por una amistad y una complicidad forjada entre otras cosas en una admiración compartida por toda la cultura pulp y el cine de serie B, no se puede dejar de subrayar la calidad de la película de Rodríguez que, después de varios años de rodar productos anodinos, ultra calibrados para el mercado comercial, vuelve con Planet Terror a acercarse a la creatividad que demostró en su primer trabajo El Mariachi rodado en 1993. Una película, que por las condiciones en que fue rodada, a saber con el escaso dinero (7.000 dólares) que recaudó el propio Rodríguez participando como sujeto de experimentación clínica en una investigación sobre prototipos de medicamentos, denotaba una personalidad capaz de arriesgar tanto en el aspecto económico como estético, para hacerse un hueco dentro de la selva de la producción cinematográfica norteamericana.
No parecía ser otro desde este punto de vista, el sentido del desenlace final de la trama de El Mariachi donde el personaje del cantante y guitarrista mexicano acababa trocando la guitarra con la que acompañaba sus tonadas románticas por una metralleta, en una especie de manifiesto del artista en joven mariachi que escenificaba - mediante su pérdida de inocencia - la conciencia combativa con la que Rodríguez abordaba no sólo la representación del mundo sino el propio mundillo del empresariado artístico y del espectáculo en el que se disponía a entrar.
Por desgracia, el anuncio de esa lucha por mantener una independencia artística basada en la exigencia y la creatividad cinematográfica se esfumó con el éxito que, sorprendentemente, cosechó aquella ópera prima rodada con cuatro duros pero con audacia y espíritu subversivo. Quizá la crítica se apresurara demasiado rápido a considerar al joven director como una de las mejores promesas del cine norteamericano de los 90.
El caso es que la firma de los contratos que siguieron la exitosa carrera de El Mariachi pareció acabar con las veleidades creativas de Rodríguez que, bien por cinismo, pereza o simplemente conformismo (ahí queda la
Planet Terror, quizá no suponga un vuelco fundamental o una reorientación decisiva en la carrera desigual de un Robert Rodríguez que asume plenamente su estatuto de director comercial prolífico. Como cineasta capaz de proponer productos de bajo presupuesto y rápidamente rodados a una industria cinematográfica más preocupada por la cantidad de estrenos que por su calidad, Rodríguez ocupa un lugar destacado en la evolución exponencial que, de un tiempo a esta parte, viene caracterizando la política de sobreproducción y de estrenos destinados a inundar un parque de pantallas cada vez más reducido – por no hablar de las dificultades con las que el escaso circuito de distribución “independiente”se mantiene.
¿Por qué hablar entonces de esta película? Pues porque más allá de los prejuicios comerciales, ésta sí que es una buena película - quizá una de las mejores dirigidas por su director hasta el momento – que además navega totalmente a contracorriente de la estética cinematográfica dominante donde abundan los productos esclerosados, lisos, y por retomar la nota dominante de la película de Rodríguez, ¡SIN SANGRE!. Porque como agente del desorden infiltrado en el sistema hollywoodiense, Rodríguez aprovecha su postura para hacer estallar desde dentro, una bomba estética que revienta con fruición los esquemas tan manidos y aseptizados de gran parte de la producción americana cuando no europea. Porque Rodríguez forma parte de esa extensa dinastía de hacedores chapuceros perdidos en la maquinaria industrial hollywoodiense, capaces de vez en cuando de recobrar todo su arte y de acceder a un verdadero estatuto de autor.
En busca de la llama perdida...
Volviendo la mirada hacia el cine que inspiró su vocación, Rodríguez recupera en efecto el
A través de un guión abierto a los vientos de la imaginación más descabellada, el espectador asiste clavado en su butaca a un festejo visual explosivo donde la progresión in crescendo de las escenas cada cual más surrealista, le devuelve al placer primario de la emoción catártica. Al igual que el personaje del experto en asados que en Planet Terror encuentra en su propia sangre el ingrediente mágico de su salsa barbacoa, Rodríguez, que no en vano acostumbra a comparar su oficio de director con el de un buen cocinero, revitaliza su cine buscando en sus raíces, reexplorando ese terreno de libertad y utopía creativa que antaño sobrevivía en las películas a menudo inverosímiles del Grindhouse. Y el que revive, no sólo es el director sino el propio espectador, sometido a un tsunami de emociones que le dejan sin aliento pero, eso sí, con el cuerpo y la imaginación en plena ebullición, sustraídos durante el tiempo que dura la proyección trepidante de Planet Terror, al tedio y a la anestesia en la que habitualmente le mantiene no sólo el control social imperante sino el conformismo cultural en el que se mueve demasiado nuestra sociedad.
El desparpajo con el que Rodríguez como Tarantino elogian por otro lado la imperfección de aquellas cintas de ultratumba llenas de errores técnicos, de cortes de planos, se plasma en una película fundamentalmente matérica, en las antípodas de la pulcritud digital desencarnada del cine de hoy, consolidando en la forma misma de su propuesta, el proyecto de revitalización al que aspiran los dos directores. Deliberadamente sucio y espeso, el celuloide desfila ante nuestros ojos al ritmo de los cambios de colores procedentes del deterioro de la película, del salto de las imágenes y de algún que otro corte de escena, como un producto perecedero y efímero que llega incluso a desaparecer por completo derritiéndose en la pantalla bajo el fuego de la irreverencia incandescente que recorre la película. Una irreverencia que mira hacia el pasado y los subgéneros de la cultura supuestamente basura para proponer de modo paradójico una alternativa eminentemente moderna al conservadurismo cinematográfico imperante.
Rodríguez -como Tarantino en Death Proof - consiguen para nuestro mayor regocijo rescatar algo de la llama del deseo y de la emoción que animaba este cine de serie B, haciendo realidad su proyecto subversivo de incendiar el celuloide mediante un cóctel donde se mezclan en dosis explosivas, el sexo, la sensualidad, el miedo, el deseo, la muerte, la acción, la imaginación más desenfrenada que sobrepasa todos los tabúes, en suma todas aquellas cosas que hacen que no nos convirtamos en zombies pasivos definitivamente alienados. Del mismo modo que los zombies vuelven a levantarse saliendo de las catacumbas del olvido en el
Eso sí, Rodríguez que reivindica sus señas de identidad de chapucero como la cutrefactura de los productos a los que se refiere, se las arregla para recordarnos a través de un final tan kitch como nefasto pero que cuadra perfectamente con la tonalidad del cine de serie B, que estamos viendo un subproducto. El trasfondo político de las cintas de Romero o de Carpenter, no parece tampoco haber retenido la atención de los dos compadres, mucho más interesados en recuperar la emoción, que no es poco y reanimar nuestras vidas aburridas de modo festivo, que por rescatar este aspecto subversivo de no pocas películas de serie B.
Por mucho que los trabajos de Romero se basen en críticas apenas veladas de la putrefacción de la sociedad norteamericana perdida en la deshumanización del consumo, le será difícil aquí al espectador ver algo semejante aunque la sección de soldados de vuelta de Afganistán contaminados por un gas utilizado durante el conflicto que les transforma en zombies pueda perfectamente aludir a las transformaciones de la sociedad norteamericana después del 11-S. En todo caso, aunque se toque de refilón este tema en la cinta, ahí no está lo importante sino en la revitalización del espectador y en la búsqueda de la emoción máxima. Cosa que logra bastante bien el trabajo del director tejano, y eso ya es mucho.
Henri Belin
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