El Festival de Cine Pobre, fundado en 2002 en Gibara a 800 km de La Habana, y presidido por el
director cubano Humberto Solás, tiene como fin dar promoción al cine
independiente y a las producciones realizadas con escasos recursos. Se trata de una réplica al
Dogma danés de Lars Von Trier, más iconoclasta y más política. La
idea anhela 'una verdadera democratización del cine', y pretende constituirse
en un proyecto que se implante 'no sólo en los países subdesarrollados, sino
también dentro del cine alternativo que se elabora en los grandes centros de
producción audiovisual'. A lo largo de toda esta semana, tendremos la oportunidad de descubrir parte de la selección del festival en su VI edición 2008, con la Muestra organizada de modo simultáneo por Mugarik Gabe en Bilbo, Donostia, Gazteiz e Irún. A continuación publicamos el manifiesto del cine pobre elaborado por Humberto Solás, la programación de la Muestra, así como un texto de Laura Rodríguez, miembro del colectivo argentino La Tribu, cuya intervención ayer en Gazteiz, en los cines Guridis, versó sobre el papel de las radios comunitarias y libres en la democratización de la comunicación.
Aclaremos los malentendidos.
Cine Pobre no quiere decir cine carente de ideas o de calidad
artística, sino que se refiere a un cine de restringida economía que se
ejecuta, tanto en los países de menos desarrollo o periféricos, como en el seno
de las sociedades rectoras a nivel económico-cultural, ya sea dentro de
programas de producción oficiales, ya sea a través del cine independiente o alternativo.
MANIFIESTO DEL CINE POBRE
1- El intento de globalización acentúa el abismo entre el Cine
Pobre y un cine rico. Ello comporta, definitivamente, el peligro de la
implantación de un modelo único de pensamiento, sacrificando a su paso la
diversidad y la legitimidad del resto de las identidades nacionales y
culturales.
2- Hoy día, es la revolución tecnológica en el cine, la portadora
de eficaces medios de resistencia a este proyecto
despersonalizador, al consolidarse progresivamente nuevas posibilidades
técnicas, que como en el caso del video digital y su ulterior ampliación a 35
mm reducen notablemente los procesos económicos de la producción
cinematográfica.
3- Ello repercute en una gradual democratización de la profesión,
al desequilibrar el carácter elitista que ha caracterizado a este arte,
vinculado inexorablemente a la industria.
4- Aprovechar y estimular esta reducción de costos de producción,
significará, en un futuro inmediato, la inserción en la cinematografía de
grupos sociales y de comunidades que nunca antes habían tenido acceso al ejercicio
de la producción del cine, a la vez que dará perdurabilidad a las incipientes
cinematografías nacionales.
5- Ello será el baluarte fundamental para escapar de un sentimiento
de indefensión ante el vandalismo globalizador,
y permitirá legitimar, de una vez y por todas, la polivalencia de estilos,
legados y propósitos de un arte, que no será patrimonio de un solo país ni de
una sola e impositiva concepción del mundo.
6- Para que esto ocurra eficazmente, habrá que derribar el muro del
control de la distribución cinematográfica por un sólo grupo de mayores o
transnacionales, que genera la alienación del público, al no tener acceso a la
obra de sus autores nacionales.(…)
8- Una gradual desalienación del público solo será fecunda, si los
diferentes gobiernos implantan acciones legales que apoyen la producción y la
distribución de sus obras cinematográficas autóctonas.
HUMBERTO SOLÁS
Director del Festival Internacional de Cine Pobre de Cuba,
Director de Cine
DESEOS MÁS FUERTES QUE LAS COSTUMBRES
La
comunicación es un campo de batalla. Es la dimensión de la cultura donde se
producen y disputan los sentidos y se ponen en juego relaciones de poder. La comunicación
interviene en la configuración de las sociedades, en los modos en que se
relacionan las personas y en la definición de las maneras posibles de vivir el
mundo.
La
comunicación es, al mismo tiempo, un derecho humano universal e inalienable.
Ejercer este derecho no
se reduce a la posibilidad de recibir información. Implica además la capacidad
que tienen las personas de expresar –por cualquier medio- sus opiniones e ideas,
de ser productoras y no meras receptoras de sentidos.
La
comunicación puede, también, posibilitar la construcción de alternativas al
modelo hegemónico. En este sentido, los recorridos transitados por los movimientos
sociales y contraculturales de Latinoamérica desembocaron
en la discusión sobre la comunicación y la preocupación por intervenir en este
campo.
Campesino/as,
indígenas, estudiantes, trabajadores/as, desocupados/as, diversos grupos históricamente
marginados de ese derecho, generaron proyectos de comunicación alternativa. Experiencias
de intercambio horizontal, espacios para la difusión de voces, ideas, opiniones
e informaciones distintas a las emitidas desde los medios tradicionales.
Las
radios comunitarias y alternativas forman parte de este proceso. Con sesenta
años de historia en América Latina, comparten un recorrido común marcado por
las luchas y las reivindicaciones; por la realidad de cada contexto y por la
voluntad de construir otro destino para la región. Las radios comunitarias son,
además de medios de comunicación, proyectos políticos de transformación social.
Son
actores sociales, organizaciones de la sociedad civil que se proponen desarrollar
procesos y acciones de cambio en algún plano de la vida social. “La defensa de
los derechos humanos, la promoción de un desarrollo humano sostenible, la
equidad de género, el respeto a las identidades étnicas, la preservación del
medio ambiente, el protagonismo de los jóvenes y sus propuestas, la protección
a la niñez y de las personas adultas mayores, la educación y la salud, la
integración nacional y regional, constituyen los ejes fundamentales que
determinan el perfil de las radios comunitarias. Por otra parte, la necesaria diversidad
informativa en torno a las problemáticas de la comunidad es, también,
característica indispensable que nos permite identificar a las radios comunitarias”.
(Calleja, Aleida Calleja y Solís, Beatriz,
“Con permiso. La radio comunitaria en México” México,
Fundación Friedricht Ebert, 2005)
Las
radios son proyectos donde, colectivamente, hombres y mujeres se proponen
construir un modo distinto de entender y habitar el mundo. Contra un sistema
que se instala a sí mismo como “natural”, frente a desigualdades étnicas, de
género, de clase, educativas, políticas, culturales, estas emisoras son nexos
articuladores de la comunidad con el objetivo de potenciar vínculos y capacidades
de acción, en pos de la consolidación de la ciudadanía y de la construcción de
sociedades democráticas e igualitarias.
Una
radio comunitaria es una propuesta político-comunicacional con un fuerte
anclaje y legitimidad en el tejido social. En un mundo donde el poder organiza la
comunicación y los medios son cómplices de los abusos
y el silencio, las emisoras comunitarias son espacios de reflexión y de
expresión, de encuentro y de
diálogo, de movilización y de participación. Sectores que perdieron su palabra,
sus derechos y su historia tienen la capacidad de recuperar el relato sobre
ellos mismos y generar otros sentidos.
El
movimiento de mujeres es uno de los protagonistas de este proceso que se
propone democratizar las comunicaciones
para democratizar la política. Históricamente, el movimiento feminista criticó
la manera en
la que los medios objetivan y mercantilizan sus cuerpos y luchó para reflejar
la diversidad y los intereses de las mujeres. Frente a la exclusión mediática,
las mujeres se han propuesto la tarea de autogestionar medios comunitarios o de
articular su trabajo con los ya existentes. Los medios alternativos se proponen
construir nuevas imágenes de hombres y mujeres y derribar obstáculos para la
participación activa de las mujeres en todas las esferas de la vida pública y privada.
Las
mujeres ocupan un rol cada vez más protagónico en la gestión y sostenibilidad
de las radios comunitarias. Sus iniciativas motorizan los proyectos; las
mujeres son productoras de sentidos y fuentes de información.
Pese
a esto, las radios comunitarias no están libres de contradicciones. Construir
una emisora con perspectiva de género sigue siendo un desafío cotidiano. No
alcanza sólo con hablar sobre “temas de la mujer”. Se trata de lograr que esta
mirada atraviese transversalmente las programaciones y que la organización
interna de las radios (y de las redes) no reproduzca la asignación de roles
femeninos y masculinos establecidos culturalmente en el seno de una sociedad
patriarcal.
Programas,
campañas, festivales, edición de libros, coberturas de foros y encuentros,
producciones especiales en red son algunas de las estrategias que desarrollan las
emisoras para visibilizar y defender los derechos de las mujeres y ampliar sus
horizontes comunicacionales.
Tal
vez la violencia contra las mujeres no deje de existir por una campaña radial.
Sin embargo, la producción de una mirada crítica y propositiva que cuestione
las relaciones de poder y la articulación con los diversos frentes de lucha de
la sociedad pueden generar una transformación real.
La
radio está en medio de la batalla. La radio es resistencia. Es imaginación. Es
placer. La radio es el deseo
de transformar las costumbres y construir nuevas formas de vivir el mundo.
LAURA RODRÍGUEZ – COLECTIVO LA TRIBU  
Radio Comunitaria y alternativa de Buenos Aires Argentina
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