| SABADOS PLACENTEROS CON EUTSI: LA CHICA PORNO |
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| Escrito por Javier A. Alvarado | |
| sábado, 15 de marzo de 2008 | |
Esta es la primera entrega de una serie de relatos cortos que nos
envía Javier Alonso Alvarado, escritor y compañero de esta página; en sábados
subsiguientes iremos editando el resto de los cuentos. Con ello
pretendemos iniciar una costumbre de lectura y creación para los sabados EUTSI.
Con nuevos relatos, poemas y demás expresiones creativas. Que ustedes lo
disfruten. Por fin el vuelo con dirección a Málaga iba a partir. Tras el anuncio por megafonía una larga fila fue formándose en la zona de embarque, y en ese momento la vio. Primeramente tuvo dudas. No podía creérselo; se acercó discretamente y la miró y la remiró, por delante y por detrás… Así, al natural, parecía más pequeña, pero era ella, no cabía la menor duda. Y lo mejor, que iban a viajar durante un par de horas en el mismo avión. Él y Gina, era increíble...... La suerte no le fue esquiva a Iñaki, pues los asientos que les habían correspondido a ambos distaban una sola fila entre sí y diagonalmente podía contemplarla a la perfección. Se puso tan nervioso que se le cayó el equipaje de mano al intentar colocarlo en la parte de arriba, y ella le miró por primera vez… El viaje fue un infierno, no podía quitarle el ojo de encima, pero también temía que se le notara demasiado. No sabía si entrarle, confesarle que sabía quién era y su profunda admiración, o conformarse con la contemplación de aquella Venus viviente. La mujer le puso las cosas claras: en cuanto el avión cogió altura y velocidad, cayó en un profundo sueño, y la idea de despertarla para contarle su secreta veneración, no le pareció demasiado acertada. Y es que Gina era su favorita, era la mejor; Gina Conejito Colorao… Iñaki, soltero devocional y hombre de necesidades como cualquiera, poseía una pequeña colección de películas porno, de entre las que tenía unas cuantas cintas seleccionadas, las de más uso, siempre disponibles en un armarito al lado de la tele y el vídeo, o mejor dicho, los vídeos. Pues de sus cintas preferidas unas estaban en versión DVD y otras, las más antiguas, había que verlas en el vídeo antiguo. Sus sesiones masturbatorias eran como él: pausadas, ordenadas y previsibles. Por ello, ambientaba sus fantasías contemplando metódica y ordenadamente distintos trozos de sus pelis favoritas; escenas que repetía, saltaba o visionaba en distintas velocidades, según las necesidades de excitación de cada momento. La práctica le había hecho un experto en el para adelante, para atrás, rápido, lento, etc. de los mandos. Y no era cosa sencilla. El reproductor digital era un modelo que admitía tres CDs en su interior y que manejado con el correspondiente mando a distancia ponía-quitaba-adelante-atrás cualquiera de las escenas contenidas en los vídeos. Más complejo era maniobrar con el vídeo tradicional: mete, saca, adelante, rápido, etc. Sin embargo, Iñaki pescaba cada imagen, cada escena favorita de oído, por la duración del ruido de los rebobinadores del aparato. Por ello, aquella combinación adecuada y ritmada de las escenas y el propio tránsito sexual era para Iñaki algo más que un desahogo sexual. Iñaki creaba en cada acto: cada una de sus pajas era como representar una gran Ópera Carnal. Y organizar una buena ópera no es cosa fácil…
Pues bien, la tremenda pelirroja que dormitaba tranquila y con cara de ángel a escasos tres metros de su lado, era, sin saberlo, responsable de algunos de los mejores momentos de su vida sexual. Ella y su conejito colorado, como le gustaba decir en muchas de sus mejores escenas. Ella y su dulce acento italiano enhebrando perlas de literatura sexual; como aquella toma (que Iñaki, a veces, con su privativa habilidad hacía repetir al vídeo hasta diez veces) en la que Gina, después de follarse a un equilibrista que caía desfallecido, le decía al cámara como fuera de guión: “Cómeme mi conejito, cómeme mi conejito colorao”. Nuestro hombre, incapaz de desviar su atención de aquella heroína del sexo y de los recuerdos que su contemplación le traían, era un nudo de nervios y excitación. Después de un buen rato de dar vueltas en el asiento y crear ya cierta inquietud en la señora que viajaba justo a su lado, y que contemplaba con cierto recelo sus movimientos acomodándose como podía su desbocado miembro viril en la entrepierna, decidió tomar la iniciativa. Con semejante calentón no le quedaba más remedio que salir de la fila de asientos e ir al Servicio para poder aliviarse. Y tan prieto andaba el hombre que fue llegar, echar el pestillo, sacarse el aparato, dos sacudidas… y las fuentes de Aranjuez (que luego intentó limpiar como pudo con papel higiénico).
Tambaleante y sudoroso regresó a su asiento. Estaba más tranquilo, pero también más convencido que nunca de que no debía dejar pasar esa oportunidad. Debía tragarse su proverbial timidez y entrarle, decirle algo, no sé…
De repente la ninfa erótica despertó de su dulce
letargo, e Iñaki decidió tomar la iniciativa. Salió al pasillo y se puso en
cuclillas a la altura de su Gina. Ella, algo sorprendida le miró, pero sin que
le diera tiempo a decir nada, Iñaki, acercándose a su oído le dijo con
prefabricado acento italiano: “admiro tu conejito colorao”. La mujer sonrió,
giró su cuello y repitió lo escuchado a su acompañante de asiento, como
pidiéndole explicación. De repente, Gina, que no era Gina, sino Frida, alemana
y lesbiana para más señas, y que había sido ya puesta al día por su amiga del
exquisito parlamento de su admirador, sin levantarse, sacó su mano derecha del
asiento y la dirigió, como un rayo, hasta los testículos de Iñaki, mientras en
el viciado aire del avión se mezclaban un terrible alarido de origen vasco con
una no menos abominable maldición en alemán.
Más bien malamente, el entuerto vino a
solucionarse sin que hubiera más altercados, una vez que se impusiera la
cordura y la paz, y todo el mundo cayera en la cuenta –en tres idiomas- de que
todo había sido un mal entendido.
El resto del viaje fue un calvario para Iñaki, y peor el desembarque. Aunque el asunto parecía haber quedado más o menos claro (él era un cerdo machista que se había confundido) no pudo evitar que gran parte del pasaje le mirara al pasar o al recoger el equipaje con sorna, cierta ira, algo de asco y cierta dosis de desprecio. Incluso una vieja inglesa se permitió el lujo de pasar indisimuladamente su pesado maletón con ruedas por encima de su empeine. Pero lo peor estaba por llegar. Iñaki había quedado en que fuera a recogerle su hermana al aeropuerto, pero un compromiso de última hora hizo que ésta cambiara el plan y mandara a sus dos hijas a recibir a su tío. Y así fue, el grueso del pasaje que había coincidido en la zona de salida contempló atónito cómo el señor cerdo ése, era comido literalmente a besos por dos jovencísimas adolescentes en la mitad del vestíbulo. Eso era demasiado, debieron pensar algunos. Y así lo pensó al menos Gina, que no era Gina, cuando inmediatamente después de contemplar la escena se acercó donde un policía y señaló a Iñaki y las chicas. La trifulca, se lo podrán imaginar, fue colosal (y en tres idiomas) y hasta la señora inglesa del maletón tomó partido, que hubo que apartarla entre dos seguratas después de que se liara a mandobles con las sobrinas mientras les gritaba: foxi, foxi… Tres horas después, dos magulladuras y una camisa rota, cada mochuelo puso rumbo a su olivo, y por última vez se cruzaron las miradas Iñaki y Gina que, esta vez con una sonrisa, le dijo despidiéndose: que no soy Gina…
Javier A. Alvarado. Febrero 08
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