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viernes
16. may 2008
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RELATO: EL SUICIDA PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Javier A. Alvarado.   
sábado, 12 de abril de 2008
cesta_fronton.jpgMás material creativo para alimentar este apartado de nuestra sección cultural con una nueva entrega de Javier A. Alvarado titulada: El suicida.

Paco Ruíz de Viñaspre había nacido suicida. De la misma manera que otros jóvenes de su quinta habían venido a este mundo para ejercer de labradores, curas o chupatintas, él se paseaba por la realidad como de prestado, como si viviera en una prórroga continua pero a punto de acabar.

Fue consciente de su vocación tempranamente. Cuando tenía siete años, estando jugando en el frontón del pueblo con sus amigos, encalaron la pelota en la red que coronaba la pared izquierda, en su parte más alta. Los niños juzgaron muy complicada y peligrosa la operación de trepa necesaria para recuperar la pelota, pues había que elevarse por el muro, casi sin sujeción y llegar a una altura para ellos impracticable. Cuando estaban a punto de renunciar, Paco, se adelantó al grupo y dijo que él subiría. Y así lo hizo.

Con paso firme, aprovechando los huecos que el tiempo había abierto en los sillares de la pared, se subió hasta donde estaba la pelota. Pero una vez que hubo llegado, en vez de recuperar la bola y descender, se quedó allá encaramado.

Sus amigos, desde abajo, aterrorizados, le gritaban que bajara, que estaba loco y que se iba  a partir la crisma. Él, sin embargo, ajeno al griterío que cada vez más intenso crecía bajo sus pies, se sentó y comenzó a pensar de manera similar a como lo hacía en la iglesia: es decir, en todo y en nada a la vez…Pensó en arrojarse al vacío y en volar; en su propio cuerpo aplastado y en su familia; en los amigos de la escuela y en su abuela recientemente muerta y enterrada… Finalmente, decidió descender (las gentes del pueblo, alarmadas, ya habían acercado un remolque y una gran escalera para intentar bajarlo de allí) para alivio de todos los presentes.

Al pisar tierra, Paco tenía el pulso firme y el rostro henchido de serenidad, como si regresara de una intensa y regocijante experiencia mística.

Don Lino, el cura del pueblo, que había llegado de los primeros después de que los niños dieran la voz de alarma, se acercó inmediatamente al chaval, lo agarró por el hombro y se lo llevó a casa de sus padres, ajenos a todo lo que había sucedido. El párroco, después de contar lo sucedido e intentar tranquilizarlos –el padre hacía deje de quitarse el cinturón para castigar a su vástago-, les conminó a no tratar al joven con dureza y a dejarlo en sus manos, pues, afirmó el cura, aquel niño había sido tocado con algún don.

Y no decía Don Lino aquello tan sólo por lo que aquella mañana había acontecido en aquel pequeño pueblo riojanoalavés. Llevaba tiempo fijándose el abate en aquel estirado chaval, en su manera de ayudar en misa, en su forma de rezar, en sus visitas a la iglesia mientras sus amigos jugaban entre yecos y viñas… y creía ver en él, cuando menos, a una futura vocación.

Craso error, pues en los siguientes años, fue testigo el clérigo de cómo su pupilo más adelantado se apartaba de todo lo que suponía liturgia y religiosidad. Lo que no cambió en Paco fue ese aspecto de iluminado, de vivir como si nada de lo que ocurriera a su alrededor le influyera lo más mínimo.

En casa era un desastre. Ayudaba en el campo, mal y a desgana. No frecuentaba mucho con los mozos de su quinta, salvo si era para beber o preparar alguna barrabasada. Pasaba el tiempo recorriendo los campos, furtiveando o viendo pasar la vida tirado en cualquier rincón…

Importante punto de inflexión en su existencia fue la llamada a filas. En aquellos años de la posguerra, el Servicio Militar Obligatorio era duro y largo, pero también una oportunidad –soñada o real- de salir de lo común y cotidiano, de ver mundo. Y aquel joven pusilánime e indolente tuvo, realmente, oportunidad de vivir experiencias fuertes y desconocidas.

Después de un breve periodo de instrucción en un destartalado cuartel de Vitoria fue destinado a África, a defender la patria contra el Moro recién levantado en armas en las serranías del Rif.

El optimismo de los jóvenes guerreros, si algo había todavía, enseguida se desvaneció. La propia cruel dinámica de cualquier guerra (y aquella era una modalidad tipo colonial de medio pelo) puso rápidamente a cada uno en su sitio, es decir, allá donde salvar el pellejo se pudiera.

Paco, desilusionado, atemorizado, pero todavía con ese aire místico que seguía acompañándolo, era como una alma en pena paseándose por entre trincheras, descampados, garitas y sucios barracones.

                   blokao.jpg

A los tres meses de contienda, los supervivientes, es decir veteranos, ya tenían un puesto y una reputación,  no ya en aquellas refriegas guerreras, sino también en la vida paralela que enseguida se organiza tras las trincheras: distribución de tabaco, vino, material de escritura, agujas e hilos, medicamentos, etc.

Paco se encontraba entre ellos, milagrosamente. Y decimos milagrosamente porque Paco no usaba casco, descuidaba su autodefensa, las armas y el equipo, incluso se mostraba temerario en el uso del material de artillería (le retiraron de varios puestos por no tener el necesario cuidado con la manipulación de explosivos). Pero además, no contento con hacer ostentación siempre que podía de su inexplicable temeridad, haciendo valer su condición de veterano, organizaba arriesgadísimas apuestas en las que él era el protagonista: se trataba de pasar de un puesto de vanguardia a otro corriendo y exponiéndose, claro está, al fuego enemigo. Por lo general, él proponía las apuestas que eran aceptadas por alguno o algunos; pero en otras ocasiones, era la propia soldadesca la que le planteaba algún macabro desafío. Al principio la cosa, aunque seria, no parecía demasiado complicada: atravesar corriendo de improviso el frente enemigo durante veinte metros. Pero luego, las apuestas fueron haciéndose más complejas y alocadas: pasar dos, tres y hasta cuatro veces, dando tiempo –por tanto- a los tiradores moros a ponerse en guardia…Y sobrevivió, milagrosamente como ya hemos comentado, pero sobrevivió. Incluso cuando un teniente le apostó a que no era capaz de pararse a mitad de camino entre los puestos y santiguarse antes de regresar…

jugando_a_la_ruleta_rusa.jpgEra una apuesta estúpida, y no porque las hechas hasta el momento no lo fueran; es que, además, en esta ocasión no había contraprestación alguna –no se jugaron nada- sino que todo había surgido de un calentón de borrachos, ebrios de alcohol y de inmundicia guerrera. En aquella zona llueve dos o tres veces al año, y poco; sin embargo, aquella noche había tormenta, con su buena ración de truenos y relámpagos. Paco, algo bebido pero teniéndose bien en pie y moviéndose con cierta agilidad, pidió a uno de los presentes un rosario, se lo echó al cuello y a paso de marcha, sin correr, atravesó los fatídicos veinte metros haciendo parada para santiguarse, besar el rosario y regresar. Todo ello, en mitad de una balacera terrible y un estruendo tal de luz y sonido que bien podía parecer una producción bélica cinematográfica norteamericana, en vez de un estúpido entretenimiento de locos y alucinados en mitad de aquel incontrolable infierno atmosférico.

Después de aquella noche la fama de Paco se extendió por todo el frente. Para unos, había nacido un santo imbatible por las balas infieles; para los rifeños un temible enemigo al que habían sido incapaces de abatir…

A los pocos días, intrigado con las informaciones que le había llegado, se presentó en las trincheras de vanguardia el mismísimo general en jefe del ejército colonial en África. Quería conocer en persona a aquel joven soldado, según decía ya todo el mundo tocado por la mano del mismísimo Dios. Venía el mandamás con intención de comprobar todo lo que tenía oído, pero también, si se pudiera, de aprovechar al singular personaje con fines propagandísticos: qué mejor para mejorar la baja moral de la tropa y la no menos baja popularidad de aquella guerra en la Península, que presentar ante la Patria y ante al mundo un nuevo “Santiago y cierra España” místico, poderoso e imbatible.

Así pues, rodeado de su Estado Mayor (casi no cabían en las estrechas y parcialmente derrumbadas trincheras) se llegó el general hasta el puesto de Paco, que aunque había sido avisado de la visita del mandamás, seguía presentando el mismo aspecto sucio y descuidado de costumbre.

Un poco desilusionado el general con la planta del aquel peculiar soldado, se interesó en seguida por las hazañas que había realizado y quiso ver con sus propios ojos aquel famoso y mortífero pasillo de veinte metros que Paco atravesaba entre balas enemigas sin sufrir daño alguno. Y tan de cerca quiso ver el alto militar aquel espacio que asomó ligeramente la cabeza para comprobar mejor la situación. Y de improviso, después de que en toda la mañana no se oyera una sola detonación, sonaron dos disparos. Dos  certeras balas que fueron a impactar con precisión extraordinaria en la cabeza del curioso general que perdió la vida de manera instantánea. Y es que la fama de Paco no sólo corrió por entre los Tercios hispanos, entre los moros también se comentaban sus proezas; y por ello el  estado mayor moro había mandado a aquel lugar caliente del frente a los dos mejores tiradores de su ejército.

Tras los primeros instantes de confusión, todo el mundo empezó a ponerse nervioso. Los altos oficiales se miraban los unos a los otros como queriendo dilucidar quién era el culpable de todo aquello, o mejor, visto cómo habían ocurrido las cosas, a quién podían colocarle el muerto, y nunca mejor dicho. Y la respuesta no tardó en llegar de boca del capitán responsable de aquella posición. Éste acusó directamente a Paco Ruíz de Viñaspre de urdir aquella estratagema compinchado con el moro, para finalmente poder asesinar, como así había ocurrido, a algún alto mando. Argumentaba el capitán a favor de su tesis delirante e interesada, la actitud indolente y nada patriótica del riojano, así como su desdén por el resto de la tropa.

Finalmente Paco fue detenido y juzgado en Consejo de Guerra. La sentencia confirmó la acusación de Alta Traición,  por lo que se le condenó a cuarenta años de prisión en el Penal militar de Cádiz.

Y allí permaneció recluido veinticinco años. Veinticinco años siendo fiel a sí mismo, renegando del mundo y de sus habitantes, yjulia_fullerton-batten_1_bycicle_accident_2007.jpg cómo no, cruzando las más inquietantes apuestas con los presos de su pabellón: los días de tormenta con aparto eléctrico, una vez desconectado el pararrayos del edificio y pagando triple a sencillo, se paseaba, entre blasfemias, por el tejado de su módulo carcelario desafiando a dioses, rayos y destinos…

Cumplida la condena, regresó a su pueblo. Hijo único, sus padres muertos ya y con la hacienda familiar casi perdida, decidió poner orden en su vida y volver al ya casi olvidado oficio de agricultor.

Sin embargo, el primer día que cogió el viejo tractor de la familia para comenzar a arar una de sus viñas, derrapó en un ribazo y volcó violentamente. Paco Ruíz de Viñaspre murió al instante aplastado contra el limpiaparabrisas del vehículo.

            
Javier A. Alvarado. Febrero 08.

 

 
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