| SONIDOS DEL EXTRARRADIO |
|
|
|
| Escrito por Henri Belin | |
| martes, 18 de marzo de 2008 | |
Como cada año, cuando en lo más crudo del frío invierno una fina
capa de escarcha insidiosa congela ansias, deseos y facciones, en una especie
de letargia inmóvil propia de la hibernación, cuando cualquier esfuerzo por
sustraerse al calor mortecino de las sábanas parece vano, el festival de jazz Sons d’Hiver abre una ventana en las
brumas de febrero para acercarnos a otras tierras más cálidas, recorridas por
vibraciones y ritmos dionisiacos que nos invitan a mover el esqueleto anquilosado,
en unos aquelarres nocturnos que iluminan la penumbra del caos urbano y de las
zonas industriales de las afueras de París.
Creado hace 17 años bajo el impulso del departamento de Val-de-Marne situado al este de París, este festival responde a la voluntad de responsables y programadores de luchar contra la satelización acelerada del suburbio parisino, pensado únicamente como desierto humano y cultural, un espacio dormitorio reservado al parqueo nocturno de las fuerzas productivas que cada día viajan a la gran ciudad para volcar su energía en el rito sacrificial del trabajo que consume sus cuerpos. En este ambicioso proyecto de llevar la cultura más exigente hasta las poblaciones periféricas de la llamada banlieue a unos precios asequibles, el festival Sons d’Hiver, gracias a una programación arriesgada e inventiva alejada de toda veleidad de consagración del orden musical establecido, ha ido adquiriendo a lo largo de los años un lugar predominante en el ámbito musical, haciendo de este evento uno de los festivales de jazz más importantes del panorama francés y europeo. Recorrido por las tensiones y las líneas de fractura que bombean la sangre del cuerpo multipolar de la música improvisada contemporánea, estos Sonidos de Invierno constituyen -como reza el juego de palabras en el que se basa el nombre del evento- un viaje hacia los límites porosos de la jazzósfera. Abierto a los cuatro vientos de la creatividad jazzística, el festival, en efecto, tampoco repara en abrirse a todas aquellas formas musicales nacidas entre la diáspora afro-americana, esa Great Black Music en todas sus variantes, cuyas declinaciones a ambos lados del atlántico llevan al festival, año tras año, a proponer una programación ecléctica que nos acerca a algunos de los representantes más destacados de la mejor escena Jazz/Soul/Funk/Bossa Nova y … Hip Hop, cuando no del rock más aventurero. Como para recalcar esa voluntad de pasearse de modo nómada y sin rumbo fijo por el amplio espectro de las músicas afro-americanas, el festival se desarrolla en más de 14 ciudades diferentes del departamento. Sujeto a la deriva, el espectador del festival, ya puesto en esas tesituras que le llevan a surcar en un mes las tierras de nadie del cinturón urbano parisino, no puede dejar de pensar que lo que está viendo y escuchando, es sobre todo una música que se produce en un contexto socio-político cercano –salvando diferencias evidentes- al entorno en el que nació: música del extrarradio. La música en todo caso de un pueblo marginado y deportado destinada aquí a un público afincado en los estratos más marginales de la República francesa, una música por tanto in situ y sin papeles, que sacude con su insolente vitalidad y creatividad polimorfa en una auténtica celebración de la alteridad, la anestesia y el ambiente enrarecido de un país dirigido por un gobierno cuya mayor satisfacción es revelar con orgullo cada mes, las aterradoras cuotas de inmigrantes expulsados. En conexión directa con las tensiones político-raciales que caracterizan la esquizofrenia de la sociedad contemporánea, la programación de la edición 2008 se construyó -entre otros puntos de fuga- en torno a dos ejes principales: primero volviendo la mirada hacia el pasado, para restituir la memoria de la historia a menudo ignorada del pueblo afro-americano así como la banda sonora que acompañó sus luchas. Por otro lado, en torno a un eje más contemporáneo, a la escucha de las frustraciones urbanas, centrado en las relaciones incestuosas que mantienen el jazz contestatario y el Hip-Hop.
El festival ahondó en esa vena retrospectiva albergando parte del festival Vision de Nueva York, con los conciertos de la formación de Cooper Moore y del trío formado por los históricos Kidd Jordan y Milford Graves acompañados al contrabajo por William Parker; todos ellos, monstruos sagrados de la escena free jazz de los 70, que demostraron estar en plena forma pese a su avanzada edad, derrochando en el escenario una vitalidad envidiable propia de una música libertaria y sin parangón en su inquieta búsqueda de nuevos horizontes musicales. Al frente de un sexteto original, Cooper Moore, influenciado por el lirismo áspero de Ornette Coleman y Mingus, propuso una música sincrética, síntesis de la gesta freejazz y de unos ritmos blues profundamente anclados en la tradición. Dos vertientes de una música llena de humor y poesía, extraña, por su propensión a la búsqueda del desfase continuo y en cuya elaboración destacaron los saxofonistas Darius Jones al alto y el israelí Assif Tsahar al tenor, con juegos explosivos. La segunda parte del este concierto se centró en la propuesta del trío de Milford Graves, una música literalmente en fusión, volcánica y expresiva, sin principio ni fin aparente, hecha de bloques telúricos recortados en un magma caótico y convulsivo que abre las puertas a territorios vírgenes e insumisos.
Otra referencia fuerte del festival a esa banda sonora que acompañó la afirmación radical de la identidad negra frente al opresivo contexto WASP estadounidense, fue el homenaje rendido a la figura de James Brown, a través del concierto que clausuró el festival con los ritmos de Mr. Dynamite, recreados aquí por The Black Rock Coalition, una formación de geometría variable integrada por un amplio abanico de músicos procedentes tanto del jazz como del rock o del soul y cuyo objetivo es reintegrar el rock en la historia de la música afro-americana. Después de los homenajes a Jimmi Hendrix, Sly Stone o Stevie Wonder, le tocaba lógicamente al recientemente desaparecido GodFather of Soul, ser objeto de esta relectura. Aunque el concierto tuvo algo de artificial por momentos, al ser tan inimitable el explosivo y sexual estilo de James Brown, la escucha de esas canciones-manifiestos, auténticos himnos de orgullo negro, fue uno de los momentos más álgidos del festival. Rap y Jazz: la urgencia del tiempo presente
El primero tuvo como protagonista al activista del verso Brother Ali, uno de los valores en alza de la escena del hip hop underground contemporáneo US que, como buen alquimista del sonido, desplegó una música esculpida entre los samples y beats sacados del mejor funk y jazz soul de los 70. Un telón de fondo sonoro sobre el que destacó la calidad poética y la urgencia de unos textos ultrarrealistas, auténticas crónicas cotidianas de corte corrosivo acerca de la cuestión racial y la pobreza hoy en día en EE.UU. El plato fuerte de ese apartado rapero del festival fue sin lugar a dudas el concierto que reunió a dos de las figuras más emblemáticas y radicales de la reivindicación negra en el ámbito musical. Por un lado, el saxofonista Archie Shepp, miembro destacado de la vanguardia revolucionaria del free-jazz de los 60-70 y militante incansable de la causa negra, y por otro Chuck D, co-fundador del mítico grupo de rap Public Enemy que, con sus beats sin concesiones y sus textos insurreccionales, marcó con sello de fuego la música del final de los 80. Como todo encuentro de estas características, el público albergaba sentimientos contradictorios, entre la excitación suscitada y el temor a que todas esas promesas de un concierto lleno de ruido y furor se disolvieran en un simple y cortés mano a mano. Pero aquellos miedos se disiparon con las primeras notas del auténtico free-jazz-funk band que tomó cuerpo aquella noche en el escenario. La compenetración entre el soplo del saxofonista y las acérrimas diatribas verbales de Chuck D funcionó a pleno pulmón, permitiendo al cantante de Public Enemy revisitar sus clásicos más duros y vitales -Fight The Power, Black Steel In A Hour Of Chaos-. La música en el escenario se hizo realmente híbrida con la fusión de los universos de estos dos artistas habituados a navegar en las mismas turbias aguas de la contestación social y de la urgencia revolucionaria: las letanías incendiarias del rapero encontraron en el saxofón de Shepp y la rítmica infalible del grupo, unos aliados de peso que transformaban cada uno de los temas en auténticos directos al estómago.
La tensión y el terremoto rítmico de este concierto decayó sensiblemente con la propuesta del tercer encuentro a cargo de Steve Coleman, en su confrontación con el colectivo de raperos Opus Akoben, originario de Washington. Tratando de recuperar sin éxito esa fructífera fuente de inspiración que hiciera de este saxofonista, uno de los artistas más interesantes de su generación a finales de los 90, Coleman trató de acercarse de nuevo al calor y a la urgencia del rap a través de la música conectada a los ruidos y disturbios de la calle de Opus Akoben. Si los raperos de Washington cumplieron con su papel, más allá de las expectativas, gracias a la fuerza de sus textos y de sus beats, no fue así en el caso de la formación de Steve Coleman, empeñada en temperar a contrapunto la energía de los raperos con complicadas armonías geométricas, hasta caer en la trampa de una abstracción fría, intelectualizada y desencarnada
Otra de las escasas decepciones de este festival
vino de la prestación de la guitarrista Tamar
Kali, presentada Henri Belin
|
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
Recibirás un Boletín con nuestras recomendaciones.