Cultura
Arte
Patricia Piccinini: Fabulaciones Especulativas para las Generaciones de la Tecnocultura. | Patricia Piccinini: Fabulaciones Especulativas para las Generaciones de la Tecnocultura. |
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| Escrito por Donna Haraway | |
| jueves, 06 de diciembre de 2007 | |
“La empatía está en el centro de mi práctica. No creo que realmente se pueda- o que incluso se deba- intentar entender la ética de algo prescindiendo de las emociones.” Planteamientos como éste o interrogantes como: ¿Puede el ser humano llegar a controlar todas sus creaciones?, ¿Qué ocurre con los errores de la ciencia ? o ¿Qué es mas natural hoy en día para nosotros, un coche que utilizamos todos los días o un caballo que raras veces vemos a nuestro alrededor? son los que la artista Patricia Piccinini nos plantea en la exposición “(tiernas) criaturas” instalada en el Artium (Vitoria) hasta el día 27 de Enero. Sus obras parecen sacadas directamente de un mundo imaginario de laboratorio y probeta, hasta que nos damos cuenta del alcance del mensaje que nos lanzan, y es entonces cuando todo se nos hace cotidiano y cercano. Temas tan polémicos actualmente como son la manipulación genética, la clonación, o la reproducción asistida están presentes en esta exposición y por eso su visita no deja indiferente a nadie. Con motivo de esta exposición presentamos el artículo de Donna Haraway titulado “Fabulaciones Especulativas para las Generaciones de la Tecnocultura: Cómo cuidar un territorio inesperado.”. donde la autora analiza la obra de Piccinini y su relación con problemáticas actuales derivadas del desarrollo de la biotecnología.
“Empatia nire lanaren muina da. Uste dut ezinezkoa dela emozioak alde bat utzita ezeren etika ulertzen saiatzea, are gehiago, nire ustez ez litzateke egin behar”. Hau bezalako planteamenduak edo hauek bezalako galderak, ¿Gizakiak ba al du bere sorkuntza guztiak kontrolatu ahal izateko gaitasunik?, ¿Zer gertatzen da zientziaren akatsekin? edo ¿ Zer da guretzat gaur egun naturalagoa, egunero erabiltzen dugun kotxe bat edo oso gutxitan ikusten dugun zaldi bat?, badira Patricia Piccinini artistak Artium museoan eta Urtarrilaren 27ra arte “izaki (samurrak)” erakusketan aurkezten dizkigunak. Bere arte lanak laborategi eta probetazko irudimenezko mundu batetik sortuak dirudite, beraien mezuen jabetzen garen arte, orduan dena oso hurbila eta egunerokoa ikusten baitugu. Erakusketak manipulazio genetikoa, klonazioa edo laguntza bidezko ugalketa bezain polemikoak diren gaiak jorratuz ez du inor berdin utziko. Erakusketa hau dela eta Donna Haraway ren “Teknokulturaren belaunaldientzat fabulazio espekulatiboak: Ustekabeko Lurraldea zainduz” izeneko artikulua aurkeztu nahi dugu, non egileak Piccininiren sormen lanak bioteknologiazko garapenatik sortzen diren egungo arazoekin dituen harremanak ikertzen dituen.
Donna Haraway
Cuando vi por primera vez la obra de Patricia Piccinini
hace unos cuantos años, reconocí en ella a una hermana en la tecnocultura, una
compañera de trabajo comprometida con la idea de tratar en serio las culturas
de la naturaleza, sin las soporíferas seducciones de un regreso al Edén o el
palpitante escalofrío de una jeremiaca advertencia de un Apocalipsis
tecnológico venidero.1 La
sentí como una convincente contadora de historias en la radical línea
experimental de la ciencia-ficción feminista. En un sentido de ciencia ficción,
los objetos de Piccinini están repletos de fabulación narrativa especulativa.
Su arte visual y escultural trata del mundo; es decir, de mundos «técniconaturales»
en jaque, de mundos necesitados de cuidados y respuestas, de mundos llenos de criaturas
perturbadoras pero extrañamente familiares, que resultan ser colonizadoras muy
cercanas a la vez que extravagantes. Los mundos de Piccinini requieren
curiosidad, compromiso emocional e investigación, y no generan juicios o
resultados claros, especialmente acerca de lo que está vivo o no está vivo, es
orgánico o tecnológico, prometedor o amenazante. Lindsay Kelley, estudiante
universitaria de bioarte y teoría crítica que tuvo una intervención brillante
en mi seminario de 2004 con Still Life
with Stem Cells y Young Family,
despertó mi pasión por la práctica corpórea de fabulación inquisitiva desde el
punto de vista ético de Piccinini en el heterogéneo medio de sus hábitos de
trabajo en colaboración. Así que me dediqué a investigar a qué podrían
parecerse estos mundos y cómo generan el riesgo de una respuesta, de
convertirse en alguien que no se había sido antes de encontrarse con sus
criaturas humanas y no humanas.
Desde el principio, supe que Piccinini ha vivido y trabajado en Australia; al igual que yo, es la descendencia de generaciones de colonizadores blancos, sus prácticas de frontera, sus continuadas inmigraciones y sus malos recuerdos y discursos encontrados sobre los indígenas, la pertenencia, la apropiación, las tierras baldías, el progreso y la exclusión. La tecnociencia y la tecnocultura del siglo veintiuno no son más que prácticas de frontera, siempre anunciando nuevos mundos, que proponen lo nuevo como solución a lo antiguo, que se figuran la creación como la invención y la sustitución radical, precipitándose hacia un futuro que se tambalea entre la salvación final y la destrucción pero que tiene un pequeño camión con densos pasados o presentes.2 Pero en sus historias sensuales, esculturales y gráficas de criaturas terrícolas que no estuvieron en la tierra hasta ahora y cuyos hábitats evolutivos y ecológicos son la instalación, el centro comercial, el sitio web y el laboratorio, Piccinini me parece que no está proponiendo otra frontera, sino algo más parecido a una ética de descolonización que se debe a las prácticas aborígenes australianas de cuidar del territorio y que justifican generaciones de entes humanos y no humanos entremezclados.
En este pequeño ensayo, quiero pensar en el arte de
Piccinini en diálogo con los Reports from a Wild Country de la
antropóloga Deborah Bird Rose.3
Rose es una euro-americana que llegó a Australia como etnógrafa a
comienzos de la década de 1980 para estudiar con los aborígenes en el
Territorio Norte en torno al Distrito del Río Victoria. Desde ese momento ha
trabajado en reclamaciones de tierras, documentación sobre sitios sagrados, y
en volver a definir y a promulgar la justicia social y ecológica en lugares
deteriorados pero aún vitales a lo largo y ancho de Australia que de algún modo
deben volver a acoger a todos sus habitantes pasados y contemporáneos —los
humanos y Para mí, y creo que también para Piccinini, esa cuestión es especialmente acuciante en un territorio que denomino «tecnocultura», en el que todas las criaturas de la artista engendran y se multiplican. Creo que Piccinini cultiva una práctica de atención reactiva de descolonización. ¿Podrían los mundos de la tecnocultura llegar alguna vez a ser territorios tranquilos? Depende, según sugieren las criaturas de Piccinini, teniendo cuidado de las generaciones y haciéndolo en todos los territorios demasiado salvajes como el centro comercial, la autopista, el laboratorio y la instalación. ¿Cómo podría un objeto de arte de ciencia ficción, fabuladamente especulativo ayudar a dar forma a lugares inexistentes erosionados y desposeídos para que se tornen lugares florecientes y cuidados?
La orientación con respecto al tiempo debe ser la primera
consideración. Rose enfatiza que, moldeadas por la temporalidad cristiana, las
sociedades europeas «afrontan» el futuro, mientras que el pasado está atrás y
se tiene que superar, hacer algo que lo suceda o sobrepase. En esa orientación
teológica, enfocada hacia las metas, el presente no es nada salvo un punto de
transición pasajero hacia lo que está por venir, pudiéndose tratar de
destrucción o de redención. Por el contrario, el tiempo fundamentalmente no
teológico del país aborigen es completamente opuesto; las personas «afrontan»
el pasado y mantienen hacia él la
responsabilidad de un cuidado continuado en un presente denso y consecuente,
que también es una responsabilidad para aquellos que vienen detrás, es decir,
las siguientes generaciones. Haciendo hincapié en ese tipo de tiempo, el
territorio es una matriz multidimensional de las relaciones: «está compuesto
por personas, animales, plantas, sueños, subsuelo, la tierra, terrenos,
minerales, aguas, agua superficial y aire... Se supone que todas las cosas con
vida tienen interés en la vida No hay nada que pudiera parecer menos moderno que la ciencia «occidental» y su descendencia global biotecnológica y ciborgiana enamorada del futuro, que son aparentemente inocentes —y tan radicalmente destructores— del entorno. Pero Piccinini sugiere que en la tecnocultura es posible, por no decir necesaria, alguna otra cosa, y yo estoy de acuerdo con ella. Crecer en la presencia de la plétora de jóvenes adultos de ciencia ficción inventados por Piccinini es afrontar el pasado y cuidar de las generaciones con entusiasmo e imaginación ética. Para demostrar por qué pienso eso, necesito empezar de nuevo con Still Life with Stem Cells y Young Family, dedicar un momento a las delicias anatómicas de Leather Landscape incluso aunque sus entes estén ausentes de la exposición de ARTIUM, y luego aceptar a mis inseguros progenitores y descendientes entre las criaturas de la serie de Piccinini denominada Nature’s Little Helpers (pequeños ayudantes de la Naturaleza). Como decía la exposición de la artista en la Bienal de Venecia de 2003, «Somos familia». Afortunadamente, no se trata de la mundialmente conocida familia nuclear heterosexual de las imaginaciones de los colonos cristianos, y de todas las políticas nacionales actuales. La mayoría de las obras de Piccinini están basadas en prácticas biocientíficas de manipulación y alteración de seres vivos, de la creación de «nuevos mundos» aunque «solamente» en el arte. La investigación de células germinales, la ingeniería genética, la clonación, la bioelectrónica, y la restauración ecológica y la formación de parentescos tecnológicamente asistidas surgen como algo grande. Mediante la reorientación de la flecha del tiempo, tanto Still Life como Young Family plantean la cuestión ontoética del cuidado para las generaciones intra e interactuantes que no se plantea con la frecuencia suficiente en la tecnocultura, especialmente respecto a sus propios progenitores y descendientes. La cuestión importante no se encuentra en la falsa oposición de la Naturaleza y la tecnología. Lo verdaderamente importante es, más bien, ¿quién y qué vive y muere, dónde, cuándo y cómo? ¿Qué es salvaje, y qué es tranquilo? ¿Cuál es la herencia de la que los seres tecnoculturales son responsables y a la vez deudores ante ella? ¿Cómo deben contemplarse las prácticas de amor en este territorio enmarañado de lo salvaje y lo tranquilo? El ensayo de Piccinini «In Another Life» (en otra vida), plantea la cuestión del cuidado en los siguientes términos: «Estoy especialmente fascinada por las consecuencias imprevistas, el material que no queremos pero al que, de algún modo, debemos acostumbrarnos. No hay ninguna pregunta sobre si habrá o no resultados no deseados; a mí me interesa saber si seremos capaces de amarlos o no».4 En respuesta a un interpelante en su conferencia de 2003 en la Universidad de Bellas Artes de Tokio, Piccinini expuso su amplia, extraña y no hetero-normativa visión de nuestra familia tecnocultural: «En mi obra, tal vez estoy diciendo que tanto si te gustan como si no te gustan, realmente tenemos la obligación de cuidarlos. Los creamos y, por lo tanto, tenemos que cuidar de ellos». Cuidar de seres mortales imperfectos, desordenados, que existen realmente es una tarea mucho más exigente —por no decir que festiva, intelectualmente interesante y emocionalmente satisfactoria— que vivir la pesadilla futurista de la tecno-inmortalidad. Piccinini insiste de palabra y obra en que las personas de la tecnocultura tienen un deber familiar y generacional para con sus fracasos, así como para con sus logros. Naturales o no, buenas o no, seguras o no, las criaturas de la tecnocultura hacen una reclamación cambiante en cuerpo y alma a sus «creadores» que está arraigada en la obligación de y la capacidad para una atención reactiva generacional. Cuidar es saber cómo sacar adelante un territorio tranquilo a lo largo de generaciones frecuentemente imprevistas, no dirigirse hacia futuras utopías o distopías. Cuidar es sensible, emocional, desordenado, y exige el mejor pensamiento que uno haya tenido jamás.5 Ésta es una de las razones por las que necesitamos la fabulación especulativa.
La niña humana que juega con células grumosas en el
jardín de infancia de la obra Still Life
with Stem Cells no es ni utópica ni distópica; es muy juguetona y muy
curiosa, inquisitiva y arriesgada. Cuando se encuentran con esta niña retozando
o con la Young Family de transgénicos porcinos con orejas lánguidas
(¿realmente existen para proveer a los humanos enfermos y ricos de órganos y
tejidos?) tanto la artista como el visitante de la exposición corren claramente
el riesgo de llegar a interesarse, incluso a sentir afecto, por los grumos
fabulados y la quimérica camada sin atractivo con una mamá demasiado humanoide,
de piel arrugada, amplia rabadilla y gruesos párpados. Refiriéndose a esos
organismos sintéticos desgarbados con gran cabeza denominados topos sirena,
como el que está
Esto me lleva a mis criaturas de Piccinini favoritas: las Nature’s Little Helpers (los pequeños ayudantes de la Naturaleza). Alertando a los espectadores tanto del peligro como de la posibilidad, estos dibujos, instalaciones y esculturas manifiestan claramente que la artista se ha enamorado de su descendencia especulativamente fabulada; a mí me hizo sentir lo mismo. Para llegar a los pequeños ayudantes de la Naturaleza, donde me encontraré con intrigantes bolsas dorsales en una especie protectora fabulada para gestar a los jóvenes de una especie de wombats en peligro, paso mentalmente por la colonia de seres humanoides, transgénicos, con aspecto de suricates africanos de The Leather Landscape (2003), expuestos en la exposición Somos Familia en la bienal de Venecia pero que no se muestran en la exposición de ARTIUM. Lo que me atrae de esta colonia más que natural no es el pequeño humano, rubio y vestido de rosa cara a cara con un fabulado compañero de juegos potencial que vive en suave cuero blanco en el espacio del museo. Me sorprende, más bien, la hembra de cuatro pechos sentada apaciblemente en el nivel inmediatamente superior del hábitat piramidal, con sus robustos bebés ávidos de leche acurrucados entre sus piernas, dispuestos a prenderse de su encantadora colección de mamas ventrales. Si no hubiera visto en primer lugar las criaturas de Nature’s Little Helpers za, tal vez no habría captado la característica «natural» de las mamas ventrales en la madre transgénica en Leather Landscape, ni habría caído en la cuenta de que son cuatro. Pero en primer lugar vi las bolsas dorsales, y ahora no puedo borrar la imagen de las partes delanteras y traseras de los progenitores y guardianes, todas ellas cubiertas con órganos para alimentar y cobijar a su prole aún sin clasificar. No puedo olvidar los ingeniosos inventos de Piccinini para cuidar de la inesperada, vulnerable y hambrienta prole de cualesquiera especies, naturales o no. ¡Mire lo que trajo la cigüeña!
Con los Nature’s
Little Helpers, Piccinini se centra en la ecología y la evolución más que
en la ingeniería genética o la clonación, pero los dominios tampoco están
claramente diferenciados. Por un lado, los ayudantes son todos humanoides de
ciencia ficción, de dudosas genealogías culturonaturales. En la inhóspita
herencia de seres humanos y no humanos destrozados y territorios malditos, el
pasado, se reconozca o no, surge en el presente y da forma a posibles futuros,
al igual que lo hace en los informes de Rose desde un territorio salvaje. La
cuestión apremiante es cómo heredar, cómo afrontar el pasado viviente y asesino. La necesidad urgente es aprender a hacer eso
a fin de poder asumir el presente con seriedad, con objeto de poder avanzar
hacia la reconciliación entre múltiples especies. Pero en las sociedades colonizadoras y sus
herederos «globales», la categoría de «especies en peligro» engulle organismos,
e incluso personas, y los somete a la ambigua gracia de la salvación para
rescatarlos, en concreto, por medio de un aparato regulador y tecnológico de
gestión ecológica y reproductiva. La
salvación se propone en el marco temporal de una ciencia «occidental» a duras
penas secularizada. Se cierne el Apocalipsis y, en esa historia, el pasado —la
Naturaleza— es el tiempo fuera del tiempo y debe restaurarse en toda su
inocencia. Ese tipo de tiempo es completamente salvaje, es decir, está fuera
del cuidado de generaciones responsables. La historia densa, contingente,
relacional, culturonatural, desaparece de nuevo en el sueño de la tierra
salvaje natural, una categoría fronteriza de primer rango en el linaje de las
sociedades colonizadoras. Instigada por Rose, experimento el arte de Piccinini
como algo que propone otro tipo de tiempo y lugar para criaturas vulnerables de
diversas especies y generaciones. El arte de Piccinini está en sintonía con la
reconciliación y con el cuidado de un lugar, siempre localizado, y sus
moradores.
Por así hacerlo, Piccinini introduce un bestiario de especies protectoras de ciencia ficción emparejadas con las especies australianas oficialmente en peligro. Los protectores especulativamente fabulados no son del todo tranquilizadores, ni tienen por qué serlo. El hábito colonizador de introducir especies que rápidamente añaden problemas a aquellos que supuestamente iban a solucionar está en la vanguardia del pensamiento de Piccinini. La artista trae a la memoria la historia culturonatural de las especies introducidas en Australia y Aotearoa (Nueva Zelanda), tanto humanas como no humanas, y ofrece ejemplos modernos como, por ejemplo, el del sapo de la caña traído del neotrópico para devorar represivamente al escarabajo de la caña ―que se come la caña de azúcar que muchas personas trabajadoras necesitan para vivir y para alimentar a sus hijos―. Recuerda las consecuencias devastadoras de la bienintencionada introducción de especies acompañantes cuando acaban de manera no prevista con especies nativas, como en este ejemplo; es decir, los anfibios nativos han sido engullidos por los voraces, prolíficos e invasivos sapos de la caña. Aparte del hecho de que no se inventaron para que cuidaran de las personas, los protectores son especies introducidas empáticamente. En caso de que los tengan, los mundos de los que proceden están en cualquier otro lugar. ¿Cómo puede uno no ver en el arte narrativo de Piccinini las no siempre bienintencionadas introducciones de los propios colonos, con resultado de exterminio? Los ayudantes podrían cuidar de las especies oficialmente en peligro, pero alguien tendrá que cuidar también de los protectores, en todos los sentidos del término «cuidar». Habrá consecuencias imprevistas. Será necesario cuidar de los territorios imprevistos, de nuevo y siempre. La reconciliación no está garantizada; está propuesta, sugerida, vacilantemente retratada. Cualquier reconciliación dependerá de que los descendientes de los colonizadores dejen a un lado la historia de la salvación y, en su lugar, aprendan a vivir en la tecnocultura, en un paisaje más parecido al de la época del país aborigen, enfrentándose a ancestros de muchos tipos y haciéndose responsables de los que vendrán después. Las personas de la época de la tecnocultura tienen que estudiar cómo vivir en el mundo actual, tienen que profundizar en el «cuidado» y arriesgarse a continuos encuentros con compañeros imprevistos. Para que el territorio florezca es necesario que estén presentes en él personas bien conectadas con la realidad; así pues, no habrá perfección, pero podrá haber un cuidado continuado y efectivo que esté atento a muchas clases de historia. Este tipo de tiempo y lugar es completamente contemporáneo, es decir, comprometido con un presente vivo y no un presente que es sólo un pivote entre el pasado y el futuro. Aprender a vivir en un presente floreciente es algo que está en deuda con las prácticas e ideas aborígenes, pero no en el modo en que los pobladores coloniales o postcoloniales encontraron la salvación en lo indígena para curar las cicatrices de lo moderno y lo tecnológico. Esa manera de entender la reconciliación no comprende en absoluto otra concepción de tiempo y lugar, otra manera de «afrontar» las historias, o lo que la teórica feminista Katie King denomina «presentespasados».7 La insalvable dicotomía entre lo tradicional y lo moderno tiene tanto de mito fronterizo como el cordón sanitario entre Naturaleza y Cultura, o entre lo orgánico y lo tecnológico. Lo que sí es cierto en el mundo de Piccinini es que Naturaleza y Cultura están fuertemente trabadas en organismos, ecologías, tecnologías y tiempos. Un ejemplo de las múltiples formas que toman las relaciones de especies acompañantes a la hora de conseguir los azucarados alimentos a partir de la savia que rezuman los eucaliptos, son los pájaros Melífagos de Casco Dorado o HeHos, unas pequeñas aves de brillantes colores que viven en Victoria y que son una especie de «zarigüeya» con plumas. Su supervivencia está amenazada por los ignorantes o codiciosos humanos que invaden sus espacios y talan sus eucaliptos. Para sobrevivir, los HeHos necesitan a personas que sepan reconocer y convivir con su ecología. Se sabe que únicamente sobreviven quince parejas que puedan procrear. Piccinini inventó un protector para los HeHos denominado el Guardaespaldas. Los acorazados guardaespaldas adultos parecen temibles, con sus imponentes dientes caninos y sus posturas amenazantes. Varias fotografías de la exposición de ARTIUM muestran al Guardaespaldas y a los HeHos en sus complejas ecologías y «economías» culturonaturales con personas contemporáneas. (Arcadia, Getaway, Roadkill, Thunderdome). Mírese de cerca al guardaespaldas sentado junto a la joven Alice en el dibujo a lápiz que hay en la exposición de ARTIUM. Tanto las criaturas humanas como las no humanas están utilizando teléfonos móviles; su animada conversación especulativa es una mezcla de lo orgánico y lo tecnológico. A continuación, mírese al guardaespaldas niño sentado con el bebé Héctor en otro dibujo a lápiz; estos jóvenes no se resultan extraños mutuamente; conviven en un tiempo compartido. Están llenos de la promesa de reconciliación si sus padres pueden aprender a afrontar el pasado en el presente. Al contrario que los HeHos y el pueblo aborigen históricamente responsable de cuidar del territorio, los padres de los más jóvenes del dibujo —tanto de los guardaespaldas como de Héctor— son especies colonizadoras introducidas en Australia. Ese hecho implica una larga y acusada curva de aprendizaje para saber cómo reconocer y cuidar de un lugar y de un tiempo.
Todas las narraciones ecológicas, evolutivas y de reproducción asistida que acompañan a los Nature’s Little Helpers palpitan con vidas presentes-pasadas y con el continuado cuidado que exigen. Por definición legal, las especies en peligro señalan la amenaza de la pérdida final del «patrimonio». Pero ese tipo de patrimonio cultural o patrimonio natural del que se habla a escala mundial y perteneciente a naciones colonizadoras no es lo que preocupa a los Ayudantes de Piccinini, según yo he interpretado en estos dibujos, fotografías e instalaciones escalonados. Los Ayudantes parecen tener una tarea mucho más relacional y mundana entre manos. Sin la supuesta comodidad de atender a su propia prole «natural» («natural» en su caso significaría transgénica e incluso descendencia de ciencia ficción), el trabajo de los protectores que se nos presentan parece consistir en ser padres de sus inseguros, endémicos y demasiado poco xeno-específicos seres dependientes. El trabajo de los ayudantes es llevar a estos seres dependientes a una plena socialización culturonatural contemporánea, situarlos en un presente floreciente repleto de seres previstos, imprevistos y ontológicamente heterogéneos. Hacer de padre consiste en instruir, proteger, llevar, alimentar y, finalmente, dejar marchar. Los principales seres dependientes de los ayudantes a los que Piccinini ha presentado hasta el momento son los HeHos, las Ardillas Marsupiales, y los Wombats Septentrionales de nariz peluda, no seres humanos, un punto que la gente hará bien en recordar en presencia de estos protectores. En la exposición de ARTIUM, échese un vistazo a The Embrace (2005) para entender ciertos aspectos de esta cuestión. Como una reminiscencia de las imágenes del monstruo parasitador de la serie de películas Alien, el progenitor de la Ardilla Marsupial se adhiere por completo y de forma inquietante al rostro de una mujer humana. Tal vez ella se acercó demasiado. Tal vez no demostró respeto. Ciertamente, no estaba mirando en la dirección correcta y puede que nunca sea capaz de corregir su error.
Pero en esta exposición también vemos el otro lado de los
protectores: el inexplicable interés y la aparente confianza que muestran ante los
descendientes de los colonizadores, quienes, por su parte, impusieron una
ecología culturonatural «de frontera» y conocimientos «de frontera», incluyendo
en gran medida la tecnociencia. La prole de especies en peligro, los que existirán
en generaciones pasadas [sic], presentes y futuras gracias a los eficaces
cuidados de sus protectores de ciencia ficción, encontrarán jóvenes humanos
descendientes de las salvajes especies colonizadoras que estén dispuestos a
aprender lo que podría ser un tranquilo territorio contemporáneo, incluyendo
una tecnociencia comprometida con florecientes presentes-pasados. Criados por
sus profesores, foráneos y aborígenes, estos jóvenes todavía podrían trazar un
camino hacia la reconciliación a partir de sus informes desde un territorio
salvaje. Mírese con atención la cama con sábanas azules y figuras de tamaño
natural hechas de silicona, pelo y resina acrílica en Undivided (2004). Un niño
Los dos dibujos de niños humanos y sustitutos en la
exposición de ARTIUM, Laura y Leo, también parecen retratar a acompañantes
benignos. Aun así, yo sé que los bebés humanos a menudo hieren a otras
criaturas con las que juegan. Probé con mis perros y con niños que me facilitaron
mis alumnos de postgrado, y descubrí que los cánidos podían tolerar los excesos
exploratorios de homínidos mal coordinados ―no conscientes de sus actos e
imprudentemente dotados en una etapa demasiado temprana de su desarrollo de
manos con las que agarrar―. ¿Están los sustitutos tan bien instruidos? ¿Por qué
deberían estarlo? Los sustitutos adultos y los niños están terriblemente cerca,
tal vez demasiado cerca para un niño humano y una especie extraña de
guardianes. El atractivo Sustituto que está de frente y a todo color en la
portada del catálogo de la exposición de Wellington, In Another World, no calma
mi ansiedad ni la de Piccinini. La superficie ventral de la criatura sí que muestra
un ombligo adecuado, que indica cierto tipo de parentesco con los mamíferos, aunque
reconfigurado en tecnoquimeras de ciencia ficción de acuerdo con las
necesidades gestacionales extrauterinas de los wombats marsupiales. El
Sustituto no se fabuló para ser un protector para el Homo sapiens, después de
todo, sino para el Lasiorhinus krefftii, cuyos hábitats y compañeros fueron
aniquilados por las mismas especies introducidas por los parientes ancestrales
de Leo y Laura, si no directamente por los más cercanos. No estoy segura cómo denominan o han denominado los pobladores indígenas de Queensland a los Wombats Septentrionales de nariz peluda, aunque «Yaminon» es un término aborigen (¿de quiénes?) para estos animales, que se utiliza en los sitios web de Internet dedicados a la conservación, sin explicar las culturas naturales históricas, humanas y no humanas, que han dado lugar a ese nombre. Tengo incluso menos claro cuáles son los diversos nombres que los aborígenes han podido a los sustitutos de coraza dorsal. ¡El joven verdaderamente viene detrás! El término «wombat» en sí viene de la comunidad aborigen Eora que vivió en torno a la zona del moderno Sydney.8 Pero dejando a un lado los nombres propios, el Sustituto podría decidir razonablemente que Laura, Leo y la niña de Undivided no están dentro de su jurisdicción si los jóvenes homínidos se indisciplinan con los wombats, sea o no deliberadamente. Pensemos por un momento en una Wombat Septentrional de nariz peluda adulta y contemporánea, en ocasiones denominada «el bulldozer del monte», por su afanosa manera de excavar en el seco y boscoso suelo del Parque Nacional de Ebbing Forest en Queensland central, Australia. Manteniendo la suciedad fuera, la bolsa orientada hacia el dorso de la hembra cobija a un joven agarrado a una mama que la hembra tiene en su vientre. Tal vez con tan solo 25 hembras amamantadoras a principios del siglo veintiuno, con adultos que pesan entre 25 y 45 kilos, estos pícaros pero vulnerables marsupiales están entre los grandes mamíferos más raros del mundo.9 Podría parecer trágicamente fácil contar a estos wombats, si estas criaturas nocturnas y crepusculares ―por lo general solitarias y reservadas―, se presentaran ante los encargados del censo. Después de trabajar con el wombat de Queensland durante más de 10 años, la Dra. Andrea Taylor de la Universidad Monash de Melbourne «ha desarrollado una técnica genética de baja perturbación para censar a la población de wombats. El pelo de los wombats se recoge en una cinta adhesiva que se pasa por sus madrigueras y el ADN del folículo piloso se utiliza para identificar al “propietario” del pelo y su sexo».10 Considero que Taylor, con su técnica no invasiva e inteligente, está practicando el cuidado. Vivir en peligro significa vivir en la tecnocultura; ahora es una condición de florecimiento —o no— en la tierra para la mayoría de las criaturas. Vivir bien en la tecnocultura es parte de la obligación de cuidar de los territorios imprevistos.
No obstante, no todo está tan bien en la diminuta porción de territorio que les queda a estos wombats. Piccinini sabe que la hierba buffel africana, plantada para el ganado europeo en la colonia de pobladores blancos, desbanca a los pastos autóctonos de los que dependen los wombats de nariz peluda, y sabe que los wombats amenazados compiten por alimento y hábitat con el ganado vacuno, las ovejas y los conejos. Estos marsupiales también tienen que soportar la predación de los dingos, mamíferos introducidos muy anteriormente y que, de manera inestable, lograron el estatus de macrofauna carismática ecológica, tras una carrera ―que lamentable no ha acabado― como alimañas para los euro-australianos, y una arraigada historia —que se ha mantenido hasta ahora con gran dificultad— como especie acompañante para los aborígenes. Aun así, los modernos dingos ―que ya no se ven como amenaza―, incluso después de que el ganado ha sido desalojado y se ha abandonado el uso de hierba buffel en la labor de recuperación ecológica, han de ser mantenidos alejados de la zona vallada de pastos y del bosque semiárido de Queensland que es el único lugar donde los Wombats Septentrionales de nariz peluda todavía pueden hacer sus madrigueras y alimentarse. Pero entonces, Piccinini lo sabe, los seres vivientes en ecologías entrelazadas y dinámicas son oportunistas, no idealistas; y a nadie debe sorprender que muchas especies nativas florecientes se encuentren tanto en lugares nuevos como en antiguos gracias a los recursos proporcionados por intrusos de otras tierras y aguas. Piénsese en los kookaburras, desplazados de antiguos terrenos, que se alimentan de las plagas de caracoles y babosas introducidos junto a los estorninos europeos. Piccinini sabe, en resumen, que introducir especies (de otras aguas, otros continentes u otra imaginación) constituye con frecuencia una injerencia que destruye el mundo pero, a veces, puede ser una ventana abierta a la curación o incluso a nuevos tipos de florecimiento.11 Las especies acompañantes inventadas por Piccinini para las especies en peligro pueden ser unos recién llegados más cómodos, entre muchos, en vez de destructivos invasores, entre muchos, o pueden ser ambas cosas, que suele ser lo mas habitual. La cuestión crucial no tiene que ser «¿son originales y puros (naturales en ese sentido)?» sino, más bien, «¿en qué contribuyen al florecimiento y salud del territorio y sus criaturas (culturonaturales en ese sentido)?» Esa cuestión no invita a una ética o política «liberal» no comprometida, sino que requiere vidas examinadas que asuman riesgos para cuidar ciertos modos de conseguir un florecimiento conjunto y no otros. Con una actitud en general positiva hacia animales que los europeos han denominado peyorativamente «asilvestrados», los pueblos aborígenes australianos han solido valorar lo que los occidentales denominan «ensamblajes de especies» en términos de lo que sostiene el mundo humano/no humano, historiado, cambiante y vivido, lo que en inglés se denomina country (país). Según la feminista erudita en estudios de ciencia Karen Barad lo expresó para mentes en sintonía con la filosofía y la ciencia occidental: «La personificación no es una cuestión de estar específicamente situado en el mundo, sino más bien de estar en el mundo en su dinámica especificidad... Por lo tanto, la ética no trata de la respuesta correcta ante otro que se exterioriza radicalmente, sino de la responsabilidad —ante uno mismo y ante los demás— de las animadas «relacionalidades» del llegar a ser del que formamos parte».12
Eso nos lleva de vuelta a los sustitutos. Obsérvese de
nuevo los tres pares de bolsas gestantes que recorren la columna El nivel intermedio de las bolsas de los sustitutos cobija a cachorros de wombat más desarrollados pero todavía sin pelo; están lejos de estar preparados para explorar el mundo exterior. Una mama, una bolsa y la columna acorazada de un sustituto vigilante es todo lo que necesitan por ahora. El tercer nivel de bolsas cobija a cachorros de wombat maduros y peludos, y en Undivided podemos ver que uno está listo para salir de la bolsa e iniciar sus arriesgados encuentros con un mundo más extenso. Durante unos cuantos meses, este cachorro puede volver a la bolsa cuando las cosas se pongan demasiado difíciles y complementar la hierba con leche; pero incluso los mejores marsupios o bolsas, extrañas o nativas, brindan protección durante un tiempo limitado. Me encantaría llamar «rarito» al Sustituto y apartarme de él con un festivo escalofrío, que nada cuesta sentir a quienes no están hechos para habitar en esa categoría, pero estoy segura de que Piccinini se estremecería si yo intentara salir del lance con eso. El Sustituto sigue siendo una criatura que nutre la indigestión; es decir, una especie de dispepsia con respecto al lugar y función adecuados, y de eso trata realmente la teoría de lo «rarito». El Sustituto no es otra cosa que la velada cuestión de la gestación fuera de lugar, un corte necesario aunque no suficiente en la función definitoria de las hembras llamada reproducción. Estar fuera de lugar es, con frecuencia, es estar en peligro y en ocasiones también estar libre, en el espacio abierto, aunque no atrapado por el valor y la decisión, sino lleno de presentes-pasados. Desde mi punto de vista, la cuestión en los Nature’s Little Helpers de Piccinini es actuar como padres, no la reproducción. Actuar como padres consiste en cuidar de las generaciones, propias o no; reproducirse es hacer más seres a partir de uno mismo para poblar el futuro, una cuestión bastante distinta. No hay un cuarto nivel de gestación protegida. Los jóvenes humanos y los jóvenes wombats se encontrarán pronto. De manera que la cuestión de en qué se puede convertir el mundo de especies acompañantes está abierta. El pasado no ha abierto demasiados caminos para el optimismo en el caso de las relaciones entre los pobladores humanos blancos y los wombats. Aun así, el pasado dista mucho de estar ausente o sin ricas ofertas para la reconciliación. Pasado, presente y futuro están muy entrelazados los unos con los otros, llenos de lo que necesitamos para el trabajo y el juego de la recuperación culturonatural, para una curiosidad menos letal, para éticas y políticas sustancialmente entrelazadas, y para el bienestar técnico y orgánico. Los escritos de Rose y las obras de arte de Piccinini, basados en la experiencia, hablan sobre la atención a seres extraños y nativos unidos en el aprendizaje de cómo cuidar del territorio imprevisto, en alianza con aquellos que llamamos propietarios tradicionales de la tierra y que ven mejor la diferencia entre lo salvaje y lo tranquilo, porque se enfrentan a aquellos que vinieron antes y cuidan también de aquellos que vendrán después, en todas sus exigentes e inacabadas formas.
NOTAS: 1 Si se desean conocer más detalles sobre las culturas naturales y la obra de Piccinini (Surrogate (for the Northern Hairy-nosed Wombat) (2004), véase Donna J. Haraway, When Species Meet, University of Minnesota Press, Minneapolis (se editará en enero de 2008). 2 Cf. Martha Kenney, «Frontier Epistemologies», GeoFeminisms II: Phylogeographies, History of Consciousness and Anthropology Departments, Universidad de California en Santa Cruz, junio de 2007. 3 Deborah Bird Rose, Reports from a Wild Country: Ethics for Decolonisation, University of New South Wales Press, Sydney 2004. 4 Patricia Piccinini, In Another Life, publicado para la exposición en la City Gallery, Wellington, 19 de febrero – 11 de junio, 2006 (Wellington, Aotearoa (Nueva Zelanda): City Gallery, 2006), p. 13. 5 Con respecto a estudios de ciencia feminista que analizan el tema de los cuidados, consúltese el documento de Maria Puig de la Bellacasa, presentando en el Centro de Estudios Culturales, Universidad de California en Santa Cruz, 30 de mayo de 2007. Además de participar en las webs de redacción y colaboración de European NextGenderation, Puig escribió su tesis doctoral en la Universidad de Bruselas con la filósofa Isabelle Stengers como tutora. 6Jacquelyn Millner, «Patricia Piccinini: Ethical Aesthetics», Artlink, 2001, http://www.patriciapiccinini.net/, enlace para «Essays». 7 Katie King, «Pastpresents: Knotted Histories under Globalization», en NatureCultures: Thinking with Donna Haraway, Sharon Ghamari-Tabrizi (ed.), M.I.T. Press, Cambridge MA (de próxima aparición). 8 http://en.wikipedia.org/wiki/Wombat. 9 Se puede hacer un seguimiento del Wombat Septentrional de nariz peluda a través del Centro de Información sobre el Wombat, www.wombania.com; BIRD, el sitio web de información sobre biodiversidad, http://bird.net.au/bird/index.php?title=Yaminon; y de la obra de Tim Flannery y Paula Kendall, Australia’s Vanishing Mammals, R.D. Press, Sydney 1990. 10 http://www.yaminon.org/gallery.html. 11 Para dar forma a las «nuevas naturalezas» compuestas de ensamblajes de especies mixtas autóctonas/ introducidas de todos los lugares de la tierra en el siglo veintiuno, véase el controvertido trabajo del australiano Tim Low, The New Nature: Winners and Losers in Wild Australia, Penguin, Sydney 2002. Si se desea conocer la integración de los enfoques de Low con estudios de ciencias, sociología, estudios culturales coloniales y postcoloniales, y las consideraciones del bienestar de los animales tanto desde la perspectiva ecológica como desde la perspectiva de los derechos de los animales, véase la obra de Adrian Franklin, Animal Nation: The True Story of Animals and Australia, University of New South Wales Press, Sidney 2006; el ejemplo del kookaburra está en la página 230. 12 Karen Barad, Meeting the Universe Halfway, Duke University Press, Durham 2007, pp. 377 y 393. |
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