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PLASTI-AUTONOMÍAS PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Ibarrondo Portilla   
miércoles, 12 de julio de 2006

El proceso histórico llamado globalización ha puesto en primer plano del debate intelectual la interrelación de la tríada: Nación, Estado, Autonomía.

En América Latina el debate está al orden del día y no solamente en el plano académico sino también en el de la actualidad política.

 

La necesidad de construir otra forma de Estado, de modificar el contrato social moderno para conseguir un Estado que de cabida a las autonomías de los pueblos originarios, y a su incipiente aspiración a constituirse en naciones, es ya una tarea que se inicia en la práctica autónoma de las propias comunidades indígenas y en algunos Estados como Bolivia, México o Ecuador.

 

El debate está abierto y, seguramente, será a partir del desarrollo de las luchas de estos pueblos como verán la luz nuevas formas de relación social más o menos diferentes del Estado moderno.

El proceso, en todo caso, se ve envuelto en numerosas contradicciones: algunas son inherentes a cualquier cambio y producto de las características propias de concepción de la política de los pueblos indios, con prácticas económicas en muchos casos no capitalistas y una cosmovisión diferente a la que da lugar al Estado Nación (aunque, por supuesto, también el capitalismo y la idea de Estado Nación influye en los indígenas) otras, sin embargo, son falsas contradicciones, o mejor dicho contradicciones inducidas para evitar el proceso liberador de los primeros americanos. En ese apartado incluyo lo que yo denomino plasti-autonomías. Autonomías de plástico, falsificaciones interesadas. Las aspiraciones autonomistas de algunas regiones bolivianas, por ejemplo, no provienen de la necesidad de dar articulación política a identidades pre-existentes sino del interés de ciertas elites por apropiarse de los recursos naturales y de organizar un sistema de dominación capitalista eficaz ante la descomposición del Estado boliviano (o más bien en este caso de su embrionaria reconstitución en términos distintos) que no les permite, o les dificulta, la consecución de tantos beneficios como ellos quisieran. El correlato europeo más parecido sería el de la Padania en Italia, impulsada por la Liga Norte, que ciertamente se inventa una nación con tal de no ver lastrado su desarrollo económico (la consecución de beneficios de sus elites) por la unidad con las menos “desarrolladas” regiones del sur italiano (por supuesto la mano de obra barata, sustento y condición de su desarrollo, viene del sur).

Desde un marxismo ortodoxo la pregunta que enseguida se plantea es: ¿pero acaso no todos los Estados Nación se constituyen de esa forma? Desde mi punto de vista, esa tesis es una simplificación economicista y eurocéntrica que excluye factores culturales, linguísticos e históricos a la hora de entender la creación de las naciones. Ciertamente sí, en la historia europea reciente son las burguesías nacionales las que forman el Estado Nación y, además, excluyendo a muchos pueblos que ven perder su identidad por una homogeneización cultural forzada por la necesidad de formar Estados Nación viables desde una perspectiva capitalista. Pero ese planteamiento supone no ir al fondo del asunto. ¿Podemos establecer un universal a partir de ese argumento? ¿Toda forma de articulación social que respete la identidad cultural de un pueblo tiene que pasar por ese aro? ¿No son posibles nuevas formas de autonomía no capitalistas?

Yo vengo insistiendo en que, vistas desde una perspectiva ecológica, las cosas se ven de otra manera. La autonomía, la identidad cultural, viene dada por la pertenencia a un nicho ecológico dado. Tanto la lengua, como el resto de manifestaciones culturales de una bio-región, son producto de su relación con el medio natural y la manera de interactuar con él propia de ese espacio cultural, y también me pregunto: ¿no es la política en ese sentido una forma cultural más?

Pienso que la concepción indígena de la política, de la economía, de la cultura… tiene más que ver (aunque sin generalizar) con esa visión que con la estructura clásica del Estado de raíz europea.

Pero, y volviendo a las autonomías de plástico, cuando la burguesía blanca de Santa Cruz, en Bolivia, reivindica su derecho a la secesión aparecen los Guaraníes (un pueblo dividido en varios estados, Bolovia, Paraguay, Argentina y Brasil) que dicen: ¿porqué nosotros no tenemos entonces el derecho a formar una nación, o incluso un Estado? La respuesta es obvia: porque no tienen el poder para conseguirlo. Aquí encontramos otra diferencia entre el Estado Nación moderno y las aspiraciones indígenas. El Estado Nación está indisolublemente unido al poder, poder frente al vecino, poder militar… la bandera, los himnos… todo eso tiene que ver con una lógica militar que es inherente a nuestra concepción del Estado. Hoy más que nunca cuando los estados se limitan cada vez más a su función represiva. La pregunta es en este caso ¿no es posible una forma de articulación política identitaria que no se base en lo militar, en el poder frente al Otro?

Para responder esa pregunta tenemos que adentrarnos en el terreno resbaladizo de la Filosofía. Cuando utilizamos el término identidad nacional se produce una reacción fóbica por parte de muchos intelectuales.

Desde cierto psicoanálisis ramplón se considera que la identidad nacional es una forma de autoafirmación a costa del vecino, es la creación de un fantasma matando al Otro. La pulsión de muerte que nos lleva a crear un universo simbólico, una ideología o una patria, para superar el sentimiento de pérdida, el miedo primordial a sabernos irremediablemente solos en el mundo.

Otra vez respondo con una pregunta: ¿Siempre los pueblos actúan de esa forma? ¿La creación de la patria militar es la única forma de romper con el miedo primordial y autoafirmarse como pueblo? Acercándome a Bataille me interrogo: ¿No es la orgía otra forma de vencer ese miedo, una formula que han utilizado los pueblos desde siempre? O en términos de Johan Huizinga ¿el juego, la fiesta, no ha sido la forma de autoafirmación tradicional de innumerables culturas?

La fiesta es en las comunidades indígenas la manera de estructurar la comunidad, la fiesta entendida como redistribución del poder y de búsqueda del equilibrio; en cierta forma es su instrumento social para vencer el miedo primigéneo del que habla el psicoanálisis. No es la guerra, sino la fiesta. Incluso, como apunta el autor de Homo Ludens, en las sociedades “modernas” la guerra, la justicia, la política… se ven teñidas de elementos lúdicos: las guerras floridas, pero también las justas medievales.

En cuando a la pulsión de muerte, en el sentido que le da el último Freud. ¿No puede ser conjurada de otra forma que no sea la guerra contra el vecino? Acaso no es un objetivo del psicoanálisis la superación, dentro de límites socialmente aceptables, de las características destructivas (para el propio individuo o para la comunidad) inherentes a la condición humana. La sublimación puede tener muchas manifestaciones, se puede desarrollar en positivo. Los indígenas conjuran a los fantasmas, a la muerte, de forma diferente a los europeos actuales; tienen una relación más cercana con ella. En las fiestas de los muertos muchos indígenas nos informan de que morirse es una fiesta, que en determinadas fechas la relación entre vivos y muertos se torna cotidiana. Sin caer en un multiculturalismo radical… hemos de reconocer que las diferentes culturas adoptan estrategias distintas para afrontar el sentimiento de pérdida.

Para concluir creo que es necesaria una reflexión profunda sobre ese nuevo Estado o no Estado futuro, y pienso también que no será una reflexión que ataña solamente a los pueblos indígenas sino a toda la humanidad. Frente a reivindicaciones tramposas como las de las plasti-autonomías, frente a una concepción racista y guerrera de la identidad nacional, pensemos en claves nuevas las relaciones sociales, también las que se dan entre las personas al interior de las comunidades. También considero que los indígenas y los sectores anticapitalistas de las sociedades urbanas debemos de tejer alianzas porque el enemigo es el mismo, porque, como decía el compañero oaxaqueño Carlos Manzo: “el capitalismo es incompatible con la identidad indígena”.

Juan Ibarrondo
México DF
Julio de 2006
 

Arqueología Social

 
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