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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
domingo
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MEMORIAS DE UN PARAMILITAR COLOMBIANO PDF Imprimir E-Mail
Escrito por José Antonio Morán Varela/Semana   
martes, 24 de abril de 2007

“Odolez idatziriko egunkaria duzue hau. Kasu gutxi batzuetan baino ez dago irakurle bezala gudaren lehendabiziko lerroan jartzeko abagunea. Ikaratu egiten gaitu izuaren geografiaren nahiz Kolonbia lau hamarkadatik gora itolarrian daukan gerra ia ahaztuaren beldurraren espazioen berri izateak. Txunditurik gelditzen gara, bereziki, Estatuaren ustelkeria eta gizakiaren makurbidea noraino hel daitezkeen horren argi eta garbi agertuta”. Horrela ekin dio Jose Antonio Moran Varelak Kolonbiatik igorri digun testuari. Paramilitar baten oroitzapenak profitatu ditu herriaren egoera zein den beste era batera ezagutarazteko asmoz. Texto en castellano.

Hace algo más de un año, el autor de este diario, un comandante paramilitar, se desplazaba en su potente todoterreno junto a su mujer, sus hijos, y varios escoltas. Iba prevenido para lo peor ya que antiguos compañeros de armas querían acabar con él. Su olfato de guerrero le hizo intuir una emboscada y huir entre la maleza, abandonando el coche y las anotaciones que sobre su vida iba tomando y que a continuación se reproducen.

 

      Hoy el autor ha tenido que dejar su “lugar de trabajo” al ser ocupado por ex-compañeros con insaciable voracidad de poder, y opera en un contingente que está reestructurándose en Urabá. La operatividad en ambos sectores indica que a pesar de la blanda Ley de Justicia y Paz propuesta por el gobierno a los paramilitares, muchos de estos siguen activos. Mientras, el presidente Uribe, ignorando las evidencias, proclama la desaparición del paramilitarismo, y en su lugar habla de “bandas delincuenciales  emergentes” para definir la violencia que continúa existiendo. Sabido es que  ocultar un problema es una forma de perpetuarlo…A finales de febrero pasado se encontró una fosa común con 21 cuerpos en La Cooperativa (lugar mencionado en los textos), que sin lugar a dudas forman parte de las masacres descritas en el diario.

 

      La trascripción que sigue está tomada literalmente del texto publicado por la revista “Semana” de Colombia el 19-03-07. Únicamente se añaden entre paréntesis breves aclaraciones para facilitar la lectura.

 

      “Cuando ingresé en las autodefensas, caminamos por espacio de dos días hasta un campamento en el Nudo de Paramillo, lo que más tarde sería la escuela La 35, un centro de entrenamiento para los mandos de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Al día siguiente nos levantaron temprano para ir a formar. En total éramos 20 hombres sin armamento, sin en qué dormir. A mí me dieron una escopeta calibre 16 con 10 cartuchos. Después nos dijeron que nos iba a hablar el jefe, un hombre de 35 a 40 años, 1,70 de estatura: era Fidel Castaño. (Jefe supremo en aquel entonces de los paramilitares, y hoy asesinado). Más adelante él mismo me enseñó a disparar los fusiles M14, M1, y un G-3 que le habíamos quitado a la guerrilla en una casa de campesinos.

 

     En ese entonces no teníamos dinero para comida, vestuario, medicamentos, y menos para municiones. Un día cualquiera pasamos por una finca y le pedimos al encargado que nos regalara un queso o algo de comer. Nos dijo que ese día no tenía nada, pero que podíamos volver al día siguiente. Así lo hicimos. Al otro día Monoleche (paramilitar hoy detenido  que en 2004 mató a Carlos Castaño) les dijo a dos patrulleros, el Indio y Germán, que bajaran a la finca con un revólver y un costal porque nos  iban a dar plátanos y yuca. Pasaron las horas y los muchachos no regresaron. Entonces Fidel dijo que bajáramos a buscarlos. Monoleche entró en la finca y vio una escena asquerosa. Al Indio lo habían picado a machete y sus partes estaban regadas por todo el patio. A Germán lo habían  amarrado al tronco de una cerca con la cabeza cortada. Monoleche le hizo una señal a Fidel para que entrara en la casa, pero apenas comenzó a andar le salieron unos 10 hombres de las FARC y empezaron a disparar. Fidel maniobró y sin que los guerrilleros se dieran cuenta les llegó por la parte de atrás y dio de baja a siete. Los tres que quedaron emprendieron a correr, pero llegaron al sitio donde yo estaba con mi grupo. Dimos de baja a dos, y el otro al verse solo decidió no oponer resistencia. Fidel dio la orden de amarrarlo para sacarle información sobre el enemigo. La orden de Fidel era matarlo, pero primero que le doliera por lo que nos había hecho. El tipo nos confesó que era el administrador de la finca y que les había informado a los guerrilleros  que nosotros íbamos a bajar a buscar comida.

 

     Mientras tanto yo le pedía a Fidel que me dejara revisar si había cosas de valor en la finca. “¡Autorizado!”, me dijo. Ese día fue definitivo, pues el ideal de no robar se acabó. Entré con mis muchachos a la casa. Nos llevamos 300.000 pesos (100 euros), unas prendas de oro,  ropa, hamacas, un revólver y cartuchos para escopeta, y toda la comida que encontramos. Volví donde Fidel y le comenté que había mucho ganado. Le propuse que nos lo lleváramos para venderlo. “Encárguese usted de todo eso”, me dijo. Sin saberlo, así estaba comenzando mi primera comisión de finanzas. Finalmente matamos al administrador y quemamos la finca.

 

     En 1994 las cosas estaban mejorando. Había armamento nuevo, radios de comunicación y más gente. Fidel se fue y nunca lo volvimos a ver. En su lugar quedó su hermano Carlos, un hombre tímido, que hablaba poco. Con él seguimos consolidando el trabajo de Urabá. Hubo un ganadero de la región que nos apoyó mucho. Con la ayuda de este señor logramos que los finqueros nos pagaran por protegerlos de la guerrilla. También nos pagaban los dueños de las plataneras, buses, camiones, incluso las empresas exportadoras de banano. Así les fuimos cogiendo confianza y ellos a nosotros. Comenzamos a traer armamento de fuera en los barcos bananeros. Un día, Elías, un traqueto que traía droga de puerto Raudal y Valdivia, dos pueblos del bajo Cauca de Antioquia nos dijo que estaba interesado en sacarla por el Golfo de Urabá. Que estaba dispuesto a pagarnos un porcentaje si llegábamos a un acuerdo. El pacto consistía en que la que nos correspondía a nosotros, él nos la daba en armamento. Nos pareció buena oferta y aceptamos. En poco tiempo podíamos decir que habíamos sacado la guerrilla y sus colaboradores de la región. El negocio con Elías iba por buen camino. Un día el Alemán, que era jefe de las autodefensas en la parte de Urabá, le propuso a Elías que se hicieran socios. Que enviaran conjuntamente la droga y se repartieran las ganancias. A los 10 días se fueron los primeros embarques de coca. Como al mes, regresó Elias y nos trajo tres millones de dólares. Esa cantidad era demasiada, increíble, no sabíamos qué hacer con tanta plata. Pero para ese momento yo tenía mis roces con el Alemán. La situación estaba tan difícil entre él y yo, que el Estado Mayor acordó mandarme para Meta. Me dijeron que eso estaba lleno de guerrilla y que allá se necesitaba un líder como yo.

 

      A comienzos del 95 me trasladé para Meta. Llegué a San Martín con dos de mis hombres de confianza: Belisario y Otoniel, ambos reinsertados del EPL (Ejército Popular de Liberación). Enseguida me puse en contacto con Jorge Pirata, que era desde hacía muchos años un jefe de las autodefensas en el Llano. Lo primero que nos advirtió es que la zona estaba muy fea y que para quedarse allí había que tener pantalones para pelearse con las FARC.

 

      Nos ubicamos en una vereda de San Martín llamada La Mesa. Lo primero que hicimos fue organizar la urbana, así se llamaba al grupo que estaba en los pueblos y que se dedicaba a los ajusticiamientos y a conseguir finanzas. Empezamos a cobrarle impuestos a todo lo que generara plata. Comenzamos a dar con los traquetos que llevaban los insumos para el procesamiento de la coca; les decomisamos lo que llevaran y para entregárselo les cobrábamos impuesto. Hicimos empalme con otros grupos de la zona. Pero estos grupos estaban más pelaos que nosotros. Las finanzas de estos grupos se recaudaban de la siguiente manera: en el caso urbano, las tiendas, almacenes, restaurantes, hoteles, carnicerías, billares, discotecas y joyerías debían pagar entre 50.000 y 100.000 pesos mensuales como impuestos. Estaciones de servicio y gasolineras, entre 100.000 y 200.000 pesos. Fincas ganaderas entre 50.000 y 700.000 pesos, dependiendo de la extensión de la finca, y 10.000 pesos por hectárea, durante el tiempo de cosecha. Los camiones cada vez que cruzaban debían cancelar 50.000 pesos. Los traquetos, cuando mandaban insumos, 1.000.000 de pesos, y cuando sacaban coca 5.000.000 de pesos. A los alcaldes se les decía a quién debían asignarle los contratos  y al contratista se le quitaba el 30 por ciento, el 10 para el alcalde y el 20 para las AUC, y así sucesivamente. Al comienzo todo funcionó bien.

 

      La urbana tenía tres frentes de trabajo: el primero eran los cazcones, encargados de ajusticiar a quienes creíamos enemigos. El segundo era el de inteligencia, encargado de analizar a la gente del pueblo. Como tercer frente estaban los de logística, encargados de hacer contacto con los militares y policías para saber dónde se ubicaban las tropas en el área, para evitar enfrentamientos con ellos. A cambio les dábamos plata, en promedio de diez millones mensuales a cada jefe de Batallón o Estación. Los carros se le pedían a un tipo que los compraba, los aseguraba y nos los vendía más baratos y luego los reportaba como robados y cobraba el seguro. De esta forma se llegó a comprar entre 100 y 200 camionetas.

 

      Como todo en la vida da reversa, me hice dizque amigo de un tal Miguel Arroyave, que gracias a mis gestiones se reunió en el Nudo de Paramillo con Carlos Castaño y cuando volvió ya era comandante de Meta y Guavaire. Arroyave me dijo: “yo le puedo dar ya dos millones de dólares. Si quiere seguir trabajando, bien; si quiere retirarse, no hay problema”. Con esta plata compré dos haciendas ganaderas, una en El Dorado y otra en San Martín, y en mi pueblo también invertían fincas. ¡Ya era millonario! Tenía de qué vivir el resto de mi vida. Pero pudo más la ambición. Me había acostumbrado a tener subalternos y a que me llamaran señor. La decisión fue quedarme.

 

      Después comenzaron los inconvenientes con los traquetos, pues Miguel ya no quería el pago de impuesto por la coca que sacaran, sino que pretendía ser socio en el envío de la droga a Estados Unidos y los países de Europa. Instaló sus propias ”cocinas” e hizo una alianza con las FARC. Los verdes empezaron a llegar y en gran cantidad. En una ocasión trajeron 70 millones de dólares juntos y esto hacía que la ambición de Miguel creciera más. Quería ejercer el dominio total sin que la cúpula de comandantes de Meta lo notara. Empezó una guerra por el dominio de territorios. A esa fecha Miguel tenía más de 500 carros legales con papeles al día. Infiltró, organizó y manipuló la política en el Llano: Gobernación del Meta, Alcaldía de Villavicencio, y las alcaldías de los demás municipios. Era él quien decidía cómo se invertía el presupuesto y hasta las regalías del petróleo. Pero su ambición no paraba allí.

 

      Arroyave les hizo saber a los Buitrago que debían unificarse y que él estaba dispuesto a permitirles seguir mandando en su zona, pero que todo debía ser manejado con su autorización. En pocas palabras, se autoproclamó como el jefe único, con lo que ni Héctor Buitrago ni sus hijos Caballo y Martín Llanos estaban de acuerdo. No aceptaron esta orden y decidieron que si tenían que morir para no permitir que esto pasara, estaban dispuestos a entregar sus vidas. El disgusto de Miguel Arroyave no se hizo esperar. En San Pedro de Armería reunió a todos sus aliados. Del Casanare llegaron 500 hombres bajo mi mando; Macao, el comandante del Bloque Central Bolivar, le mandó 1500 hombres; Guillermo Torres puso unos 200 carraceros, más otros 200 de Meta, y por el lado de Guavaire, cerraba Cuchillo  con 500 hombres.

 

      Empezó la guerra con los Buitrago. Los combates cada día se agudizaban más y más. En todos los frentes las bajas eran de lado y lado. Eran tantos los muertos en un solo día que era imposible contarlos. En el corregimiento de La Jungla, en una pista aérea de Los Buitrago, les quitamos dos toneladas de coca lista para ser enviada al exterior, y 300.000 dólares que fueron repartidos por Miguel entre los comandantes que estaban en la operación. La droga la cogió para él. Después de recoger esto, se llamó a la ley para organizar una operación desastrillo cuyo fin era acorralar  en los alrededores del caserío de La Cooperativa a los Buitrago y así acabar con ellos. Iniciamos lo que llamamos Operación Punto Final.

 

      Empezamos a planear el combate. Yo les advertí que si nos metíamos de frente, los Buitrago nos iban a dar muy duro. A Belisario se le ocurrió una idea con la que según  él podíamos entrar en  La Cooperativa sin correr el menor riesgo. Nos dijo que en San Martín había una bruja muy buena, que debíamos mandar a traerla para que rezara a los hombres que irían a combatir, para que el plomo no les entrara en el cuerpo. Sabíamos de casos donde esto había servido bastante, y se organizó la traída de la bruja. Formamos la gente, los organizamos y la bruja empezó su ritual rezándolos y rociándoles un agua que había traído preparada con hierbas y aromas. Según ella, esta agua era la que tenía el poder de hacerlos inmunes a las municiones. Luego dijo que cada uno debía coger un poco de tierra de cementerio de la que ella había traído y meterla en una bolsa plástica negra y después guardarla en los bolsillos del pantalón. Según ella, con esto ya quedaban protegidos y no había bala o munición en la tierra que entrara en el cuerpo. Belisario se sentía muy seguro de la bruja y volvió a sugerir que entráramos de frente peleando de pié y echando pa’lante.

 

       Al otro día, como a las seis de la mañana, a unos 600 metros de la entrada a La Cooperativa, se inició el combate. El comandante Pólvora le dio la orden a Voluntario, el segundo al mando, de que los hombres entraran disparando de pie, en la modalidad que nosotros llamábamos encortinados. Voluntario cumplió la orden, pero en cuestión de minutos, nuestros centros de enfermería, que habíamos adecuado dentro de las matas de monte, estaban llenos de heridos y muertos. Para las 10 de la mañana ya teníamos en nuestras filas 65 muertos y más de 48 heridos. Teníamos un médico que llamábamos “Cabeza de marrano” y había sido contratado por la organización por su excelente trabajo y su destreza para hacer cirugías, muchas veces sin contar con todos los elementos necesarios. Además de él había dos enfermeros y una enfermera jefe llamada Jenny. Me acerqué y les pregunté qué estaba pasando. “Están llegando muchos heridos, la mayoría ya muertos, hay más de 100 bajas. Mi comando, si esto sigue así no vamos a poder continuar, las bajas son de todos los bloques, del Meta, del Central Bolívar, Carranceros…y muy pocos del otro lado, de los Buitragos” me dijo el médico.

 

      Les llamé la atención a Belisario y al comando Pólvora: “¿cómo es posible que siendo ustedes tan experimentados en esta vaina de la guerra permitan que pase esto? ¿Cómo se explican ustedes lo que están haciendo por estar creyendo en brujas? ¡Miren la cantidad de bajas que tenemos en tan poco tiempo! Si Miguel se llega a enterar de esto, los manda a matar de inmediato. Vean a ver cómo remedian ese error. ¡Y a lo que vinimos, porque no vinimos hasta acá para perder!”.  Después hice el reconocimiento de los muertos para saber a qué grupo pertenecía cada uno. Me comuniqué por radio con Miguel y le informé de las bajas sin comentarle que había sido culpa de nosotros mismos por ponernos a creer en brujas. Miguel me dijo que enterrara lo que no fuera de Meta, que si era necesario picarlos para que cupieran en una fosa, que lo hiciera.

 

       Cuando salía a encontrarme con Miguel llegó Belisario en una camioneta Hilux. Traía a la bruja. Entre rabia y burla le pregunté si iba a pagarle otra vez para que rezara a la gente. Me respondió: “No, mi comando, esta hija de puta la traje para que mire lo que pasó por su culpa. Usted me autoriza y yo mato a esta maldita para que aprenda que con nosotros no se juega”. Tomé mi escolta y me fui sin saber qué hizo Belisario. Cuando me encontré con Miguel en la finca, le expliqué lo de las bajas, teniendo mucho cuidado de no embarrarla comentando lo que no debía. Me dijo: “No se preocupe. Pida las coordenadas de dónde están atrincherados esos perros. Ya un político amigo me hizo el favor de coordinar con la Fuerza Aérea para que hagan un bombardeo”. Le pasé las coordenadas a Miguel y me dijo: “Espere y verá. Estos hijos de puta están muy bravos y no saben lo que se les viene encima”. Como a los 40 minutos después de que Miguel llamó, llegaron dos aviones Tumaco y cuatro helicópteros Arpía. Empezaron a bombardear casi toda La Cooperativa. Se veían caer municiones de ametralladora, bombas de 500 libras y cohetes. A eso de las cuatro de la tarde me llamó Belisario muy contento con los resultados: “Comandante, lo logramos. Ahí no quedó nada en pie. Todos están muertos”. La alegría también invadió a Miguel: “Les ganamos a esos hijos de puta. Ese general que me apoyó es la gente que necesitamos a nuestro lado”.

 

      No había terminado Miguel de hablar cuando uno de mis escoltas me pasó el radio y por otra frecuencia escuché al comando Pólvora que decía: “Esos hijos de puta de la Fuerza Aérea se nos torcieron, nos están dando a nosotros. Ya nos tiraron una zumba como del grande de una vaca y eso hizo volar mierda  p’al zarzo. Yo voy embalao por la maraña con los pelaos que me quedan, a ver cómo nos podemos salvar”.

 

      De inmediato Miguel llamó por teléfono satelital a alguien que llamaba “Mi general” y al momento pararon el bombardeo. Reiniciamos la comunicación con el comando Pólvora pidiéndole que nos reportara sus novedades. Nos reportó 20 muertos de los nuestros a causa de ese bombardeo. De todas formas, las bajas de los Buitrago pasaban de los 300 hombres. Belisario también me llamó para darme el parte de guerra: “Comandante, esos Buitrago ya están reventados, no creo que se paren más. Ahora sí les dimos por donde era”. Me preguntó: “Jefe ¿y qué hago con los muertos?” Yo le contesté: “Toca sacar una lista con los nombres y direcciones de los hombres nuestros para entregársela a Jorge Pirata”. A él se le asignó la tarea de entregarlos a sus dolientes y darle a cada uno de los familiares seis millones de pesos  (2000 euros) como especie de seguro, más los gastos funerarios, que también corren por cuenta de la empresa. Con los muertos de los Buitrago encargué a la gente del bloque Central Bolívar que hagan huecos y los entierren. Indispensable que sea el Central Bolívar quienes hagan esto, ya que ellos no conocen la zona y no van a saber dónde quedan las fosas, así nos curamos en salud que de pronto vayan con la Fiscalía y nos avienten y después el problema se nos viene encima.

 

      Para celebrar, Miguel preparó una fiesta y me encargó conseguirle unas niñas a los pelaos. “A los comandos que más se hayan destacado les dan una vieja, una botella de whisky y les pagan todo lo que se les deba”, dijo. Wilson me llamó para comunicarme que no habían podido conseguir sino 50 mujeres. Le respondí: “50 viejas son muy pocas porque a cada una le tocan 20 manes más o menos. Y eso si no se nos pegan los del Central Bolívar porque ahí sí que sería como de a cuarenta cada una”. Cuando llegaron las mujeres se armó el alboroto. Nos tocó poner a un patrullero a que los controlara, y en forma de rifa se dieron los turnos para estar con las viejas.

 

      Cuando llegó la hora de pagarles a los comandantes escogimos los seis más sobresalientes para entregarles sus premios. A Voluntario se le entregó una camioneta Hilux; a Belisario, un apartamento en Bogotá, y a Pólvora, una finca en Carepa, Urabá antioqueño. A los demás también se les dieron camionetas. Terminada la fiesta, me llamó Belisario para mostrarme a 25 de los Buitrago que se habían entregado para que no los mataran. Belisario quería matarlos pero no se atrevía sin mi autorización. Me paré al frente de ellos y les dije que a quiénes les gustaría trabajar para nosotros. Como 15 dijeron de una que se quedaban con nosotros, y dos dijeron que preferían que los matáramos. Uno de ellos me llamó la atención. Estaba muy mal herido, pero lo raro era que por donde habían entrado las balas no tenía ni una gota de sangre. Yo había mandado traer un médico, pero el muchacho me dijo: “Señor, déjeme morir. Créame, señor, no piense que estoy loco o que soy un cobarde, pero le digo que me tengo que morir hoy. Le voy a explicar. Lo que pasa es que hace ya un tiempo yo hice un pacto con el más allá para obtener protección. A mí me rezaron en cruz, y según la persona que lo hizo, para que  no me entrara el plomo yo tenía que obedecer algunas cosas que las ánimas pedían que hiciera y hoy ya me dijeron que me había llegado la hora. Por favor, le pido que me mate”. Se levantó la camisa y me dijo: “Mire estas heridas, yo ya estoy todo podrido”. Le vi las heridas que eran muy profundas; algunas le atravesaban el cuerpo, y la verdad es que eran muchas como para que todavía estuviera vivo. Le comenté a Belisario y él me dijo que de verdad esas cosas sí existían y que era mejor matarlo. Le dije que se encargara de eso y mandó a dos de los combatientes más bravos que teníamos. Lo subieron al platón de una de las camionetas y se lo llevaron para matarlo. Como a la media hora llegaron los dos hombres y contaron que casi no lo pueden matar, que le dieron todo el plomo que pudieron y no se moría, y que para que se muriera lo tuvieron que coger a machete y picarlo.

 

      Unos días después salí de Casibare rumbo a San Martín y en un caserío que se llama Puerto Chisme me encontré con uno de los hombres de Jorge Pirata, quien me contó que Jorge había conseguido unos lotes ahí en Puerto Chisme, que el gobernador de Meta le había colaborado con unos subsidios para construir y repartir viviendas a los combatientes que tuvieran familia y salieran favorecidos en el sorteo que él realizaría. Ahí pensé que Jorge había organizado una estrategia muy buena para ganarse a la gente. Me despedí y me puse a atar cabos con la información que tenía y llegué a la conclusión de que efectivamente Jorge, y Cuchillo, que era comandante en el Guavaire, se iban a quedar con el poder en todos los Llanos orientales. Lo que no me alcanzaba a imaginar es que lo iban a lograr matando a Miguel Arroyave”.

 

 
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