Control Social
SOBRE LA SOCIEDAD DEL ESPECTACULO (MADE IN MÉXICO) | SOBRE LA SOCIEDAD DEL ESPECTACULO (MADE IN MÉXICO) |
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| Escrito por Ricardo García López | |
| jueves, 20 de marzo de 2008 | |
![]() Desde hace algunos años, los medios animan y recrean apoteósicamente no sólo la sensiblería moral de los mexicanos, sino también esa mixtura grotesca de espectáculo y caridad, de exhibicionismo e intenciones solidarias que define la reacción común ante el sufrimiento de los otros. El Teletón refleja tanto el inmenso poderío que la sociedad ha otorgado a los medios de comunicación y la abyecta idolatría que le profesa a sus protagonistas –periodistas, estrellas del entretenimiento–, como la propia inconsistencia moral de las mayorías. Los donantes, en una especie de liturgia narcisista, se ven a sí mismos generosos y divertidos, amén de actores de un milagro de amor.
“Las mayorías no razonan, son incapaces de formular un juicio propio. Carentes de originalidad y de valor moral, las mayorías siempre han depuesto en manos ajenas sus particulares destinos, incapaces de cargar con la menor responsabilidad, siguen a sus pastores hasta cuando las conducen a la destrucción, a su aniquilamiento. Sin ambición, ni iniciativa, esas masas compactas nada odian más que el espíritu de innovación. Siempre se oponen, condenan y persiguen al innovador...” EMMA GOLDMAN, La hipocresía del puritanismo
Año de 1967: en Grecia, durante el mes de abril, una junta milita encabezada por Papadoupulus instaura el llamado “régimen de los coroneles”; en junio, se desata La Guerra de los Seis Días, conflicto bélico que involucra y confronta a Israel con una coalición formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria; en octubre, después de aproximadamente 11 meses de guerrilla en la sierra boliviana, es capturado por el ejército de ese país Ernesto Che Guevara, para después ser asesinado; en noviembre, el filósofo, cineasta y escritor Guy Debord publica en Francia La sociedad del espectáculo, libro que se convertirá de forma inmediata en la obra más significativa del Situacionismo. En ella Debord dibujará de una manera peculiar el vertiginoso, delirante y absurdo sendero por el que atraviesan los individuos en las (pos) modernas sociedades.
Gestado en la década de los cincuenta por creadores que provenían de corrientes como la Internacional Letrista, el grupo CoBra y la Bau Haus; e influido por movimientos artístico-intelectuales y sociopolíticos como el existencialismo, el dadaísmo, el surrealismo y el anarquismo, así como la Revolución Húngara del 56, el Situacionismo conseguirá colocarse en la historia como un referente “contestatario” imprescindible para el análisis de las sociedades capitalistas posindutriales. Más aún, cuando se trata de un texto que a la distancia, y más allá de todas las críticas que sobre él puedan verterse y advertirse, sigue propiciando profusa polémica. Y no podría ser de otra manera, ya que en las sociedades contemporáneas —independiente de su condición (sub) desarrollada—, el espectáculo ha cobrado una dimensión de praxis, ésta ya no es más parte de la sociedad sino la sociedad misma, y un “[...] instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada”[i]. En todos sus aspectos, el espectáculo se erige y potencia a través de imágenes; de allí que de los mass media la TV sea el más condescendiente e idóneo instrumento de su proyección. Su demoledora sombra lo mismo puede sobredimensionar que anular la existencia de situaciones en condiciones reales, pero sobre todo a quienes en ella (des)aparecen; los programas televisivos han logrado insertarse fehacientemente en lo cotidiano, constituyéndose en un fuerte referente de identidad para la persona-masa. El cual suele sentirse retribuido ya sea al mirarse representado en algún tragicómico personaje[ii] o, incluso, permitiéndosele ser parte directa del espectáculo. Pero la TV no sólo es un gran escaparate nacional e internacional, sino que también, argumentarán los apologistas de la Telebasura, cumple una “noble” función cultural: la de dar cabida a nuestro mexicanísima-riqueza-cultural. La Televisión, innegablemente y como anteriormente se mencionó, no sólo es la más efectiva vitrina del espectáculo, sino además representa un fuerte símbolo de la modernidad, mas para países como el nuestro —que cuenta con una de las empresas de televisión más importantes e influyentes a nivel mundial: Televisa— la TV como referente de modernidad resulta toda una paradoja, ya que “...la desproporción del espacio social que el medio ocupa —al menos en términos de la importancia que adquiere lo que él aparece— es sin embargo proporcional a la ausencia de espacios políticos de expresión y negociación de los conflictos y a la no representación de los mundos de vida y los modos de sentir de su gente. Son la debilidad de nuestras sociedades civiles, los largos empantanamientos políticos y una profunda esquizofrenia cultural en las elites los que recargan cotidianamente la desmesurada capacidad de representación que ha adquirido la televisión. Se trata de una capacidad de interpelación que no puede ser confundida con los ratings de audiencia. No porque la cantidad de tiempo dedicado a la televisión no cuente sino porque el peso político o cultural de la televisión no es medible en el contacto directo e inmediato, pudiendo ser evaluado solamente en términos de la medición social que logran las imágenes”.[iii] Por otro lado, aunque ciertamente muchas de las imágenes producidas por la TV son consumadas y consumidas de manera vorazmente estúpida, también la percepción que muchos “críticos” han llegado a tener sobre la TV no es más inteligente, ya que varias de estas concepciones suelen tener una fuerte carga animista: como si el aparato televisor por sí mismo tuviera capacidad alguna de persuasión. Descrédito que está ligado históricamente a otros medios masivos, como sucedió con el cine en sus tiempos de auge y sigue sucediendo con otros medios. “A pesar de que los tenemos siempre cerca (a los mass media) los desvalorizamos todo el tiempo, aun cuando los encontramos triviales, les atribuimos poderes misteriosos, extraordinarios, muchas veces maléficos. Desde su aparición, su vulgaridad y su nocividad se consideran como algo normal a través de una especie de ecuación entre participación de la mayoría y disminución del nivel individual”[iv]; imaginarios estructurados que sólo han servido para tender una cortina de humo que impide ver la otra parte responsable: la de las masas ávidas no sólo de ver más espectáculo, sino sobre todo de verse en él. Y es que “las masas siempre han estado condicionadas a ser manipuladas, es por ello que en la actualidad han encontrado en la TV a su mejor mentor; son éstas las que sugieren ser dirigidas, o más bien teledirigidas. Y para ello se han proveído de ‘líderes de opinión’ (cantantes, conductores, comentaristas, actores, actrices, etc.) que, respaldados por el ridículo poder que les proporciona la TV, se dedican a despotricar, acusar, señalar, anatomizar y externar opiniones deliberadas y sin un ápice de argumentación y responsabilidad; opiniones que inmediatamente son, sin el menor proceso de análisis, prohijadas y repetidas por sus rebaños”[v]. ![]() Y otro gran mito es asegurar que “la televisión constituye hoy a la vez el más sofisticado dispositivo de moldeamiento y deformación de la cotidianidad y los gustos de los sectores populares, y una de las mediaciones históricas más expresivas de matrices narrativas, gesticulares y escenográficas [...]”[vi]. No son únicamente los sectores populares los que se regocijan con la ínfima calidad de los programas televisivos, y no sólo como espectadores, sino también como entusiastas participes de éstos. Ya sea respondiendo a sus encuestas o formando parte de algún reality show, la mayoría de la sociedad, independientemente de su educación y/o clase social, ha contribuido a que dicha hidra mediática adquiera cada vez más poder. Pero por desgracia ésta es la realidad de la sociedad mexicana, todo se conduce bajo una lógica de protagonismo, mercantilismo y falsa solidaridad. “El sentido de responsabilidad hacia los demás sólo se expresa en situaciones límite o movido por la estridencia mediática. Desde hace algunos años, los medios animan y recrean apoteósicamente no sólo la sensiblería moral de los mexicanos, sino también esa mixtura grotesca de espectáculo y caridad, de exhibicionismo e intenciones solidarias que define la reacción común ante el sufrimiento de los otros. El Teletónethos reside menos en el ambiente festivo que brinda alivio a la conciencia culpable que en la naturaleza sentimental e intermitente de ese darse con un mínimo de sacrificio [...]”[vii]. refleja tanto el inmenso poderío que la sociedad ha otorgado a los medios de comunicación y la abyecta idolatría que le profesa a sus protagonistas –periodistas, estrellas del entretenimiento–, como la propia inconsistencia moral de las mayorías. Los donantes, en una especie de liturgia narcisista, se ven a sí mismos generosos y divertidos, amén de actores de un milagro de amor. La debilidad del El individuo como tal se diluye y diluye su responsabilidad en el espectáculo de las masas silenciosas, su participación únicamente se hace presente si ésta cobra dimensione de espectáculo. “Por todas partes se busca hacer hablar a las masas, se las urge a existir socialmente, electoralmente, sindicalmente, sexualmente, en la participación, en la fiesta, en la expresión libre, etcétera. Hay que conjurar el espectro, y que diga su nombre. Nada muestra con más esplendor que el único verdadero problema hoy en día es el silencio de la masas, el silencio de la mayoría silenciosa”[viii]. Silencio que únicamente ha conseguido solapar tanto a la corrupción, como al cinismo, la hipocresía, el arrivismo, la mentira, la traición, el protagonismo y la falsa solidaridad. El espectáculo se escurre hacia lo cotidiano y es en lo cotidiano donde se transforma en discurso. El espectáculo es el espectro al que nada escapa y ésta en todo porque lo es todo. “Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, y el más mistificable, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual. Pero el espectáculo no se identifica con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es lo que escapa a la actividad de los hombres, a la reconsideración y la corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye”.[ix] El arte, por ejemplo, ante los reflectores del gran espectáculo y de las ineludibles fuerzas de la producción de bienes culturales y de formas simbólicas, se contempla y se percata de la distorsión de su propia esencia; sobre todo porque el “artista” está cada vez más abocado a la producción que a la creación misma. Pero las obras como tales “no desaparecen por evaporación o por volatilización sino, al contrario, por exceso y hasta por plétora, por sobreproducción: al multiplicarse, al estandarizarse, al volverse accesibles al consumo bajo formas a penas diferentes en los múltiples santuarios del arte transformados en medios de comunicación de masas (los museos son mass media). Hay tanta profusión y abundancia de obras, tanta superabundancia de riquezas que ya carecen de intensidad: abunda la escasez y lo fetiche se multiplica en los departamentos de supermercado cultural. Casi al mismo tiempo, en el campo de la relación con las experiencias y del culto del arte, se ve la racionalización, la estandarización y la transformación de la experiencia estética en producto cultural accesible y calibrado. Ésta es la verdad en la época, primero del tiempo libre, del turismo y de los progresos de la democratización cultural y, segundo, de la mediación cultural. Lo que se traduce y manifiesta a la luz del día en el desarrollo y posteriormente la inflación del número de museos y su transformación en templos comerciales del arte (malls del arte). En esto se consume, en todos los sentidos del término ‘consumir’, una producción industrial de las obras y de las experiencias que desemboca, también, en la desaparición de la obra”.[x] Y la relación que el espectáculo tiene con otros ámbitos no es menos grotesca que con el arte: en la religión todo sentido ético, paradójicamente, también se diluye y mágicamente el espectáculo se flexibiliza para transformarse en la religión misma[xi]; en la política, como la de la ciudad de México por ejemplo, la solución de los problemas sociales simplemente es traducida a penosas y ridículas albercas veraniegas o a colosales y absurdas pistas de hielo[xii]; etc. Así pues, el hombre-masa en el sometimiento a las fuerzas despiadadas del número, del espectáculo multitudinario, es donde pierde toda esencia de individualidad, de ente. Ente que, como bien aseguraba Kierkegaard, “es para el hombre la determinación del espíritu, del ser hombre”; a diferencia de de la turba, del número, que “es la determinación de la animalidad”. [i] Guy Debord, La sociedad del espectáculo, en www.sindominio.net/ash/espect1.htm [ii] Varios programas televisivos se han ocupado de abordar a ciertos gremios intentando recrear las formas en cómo la gente se relaciona dentro de éstos, por ejemplo: médicos, (Grey’s Anatomy, Dr. House, Scrubs, Hospital Central), abogados (Ally Mc Beall, Shark), cocineros (Kitchen confidential), periodistas (Periodistas), etc. [iii] J. Martín Barbero y Germán Rey, Los ejercicios del ver. Hegemonía audiovisual y ficción televisiva, Gedisa, Barcelona, 1999, p. 28. [iv] Eric Maigret, Sociología de la comunicación y de los medios, FCE, México, 2005, p. 35. [v] Ricardo García López, “El rictus de la televisión”, en Autonomía, no. 25, México, septiembre de 2005. [vi] J. Martín Barbero y Germán Rey, Op. Cit., p. 18. [vii] Augusto Isla, “El estado de las cosas. Un cuerpo social desobligado”, en La Jornada Semanal, México, 5 de Noviembre de 2000. [viii] Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 2002, p. 131. [ix] Guy Debord, Op. Cit. [x] Yves Michaud, El arte en estado gaseoso, FCE, México, 2005, pp. 12 y 13 [xi] Simplemente hay que observar la forma en cómo la TV mexicana se ha volcado a re-incentivar la imagen de la mexicanísima virgen de Guadalupe. [xii] En el 2007 el gobierno del DF instaló en esta ciudad algunas albercas artificiales (en abril) y pistas de hielo (en diciembre), temporales, las cuales obedecieron a políticas sociales claramente populistas. |
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