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miércoles
20. ago 2008
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La religión es un asunto exclusivo del individuo. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Javier A. Alvarado   
martes, 17 de julio de 2007

Esto es un enunciado sencillo, fácil de entender y propio para que cualquier persona pueda hacerlo suyo. Meapilas, liberales de distinto pelo, libertarios, agnósticos, ateos y demás destartaladas cuadrillas lo aceptarían, casi sin remilgos, como propio. Fuera, contemplando el espectáculo intelectual, afilando las armas de dios, quedarían los otros meapilas, los del Antiguo Régimen del siglo XXI. De estos últimos no hablaremos hoy, pues esto es divertimento de hombres y mujeres libres, no de esclavos de pensamiento único. Semejante frase soluciona, de entrada, un esencial problema, para el coloquio y para la humanidad. Lo individual suprime, por definición, lo sectario (no el encuentro religioso, místico, etc. de individuos) eliminando toda tentación organizativa de cualquier imperio del “Bien”. Ningún acto de éxtasis, de iluminación, de profunda impronta fruto de ese ejercicio religioso podría convocarse como origen o materialización de cualquier ideario proselitista.

             

Es la versión espiritualista del dicho castizo: vive y deja vivir; es decir, reza y deja que no lo hagan.

              

Queda establecida, pues, una premisa fundamental de no agresión en el campo del pensamiento (otra cosa es la vida diaria rodeados como estamos de activos carlistas del misal, la espada y el derecho constitucional) y se abre, como decíamos, para las personas libres, para los individuos, un inacabado –e inacabable?- debate en torno a lo trascendente.

                

El franquismo (el tardofranquismo) Estado religioso por excelencia, generó en muchos de sus padecientes cierto anticlericalismo funcional. Donde la decepción de la vivencia del hecho religioso, si la hubo, quedó eclipsada, por el mundo religioso en sí, responsable intelectual de un sinfín de infamias y castraciones vitales que vivimos en primera persona.

            

En aquellos tiempos, calados hasta los huesos de prejuicios, nadábamos desesperadamente hasta lejanos islotes que algunos entre nosotros ya habían visitado y que estaban organizados como ciudades-estado presididas por principios antiguos pero que contemplábamos con el asombro de las primeras veces: la verdad no existe, menos las trascendentes; y si quieres hablar de ello no valdrán los lloriqueos histéricos de los hijos desamparados de Adán y Eva. Es decir, la vida puede entenderse de otra manera. Neófitos en el negociado de los hombres que creían o querían ser libres, escuchábamos a los iniciados, algunos de los cuales tenían claro el recorrido a realizar: sólo matando a Dios podrán nacer hombres y mujeres libres capaces de crear un nuevo mundo más justo, más libre y epistemológicamente más real.

                   

El viaje intelectual era, pues, complejo y difícil pues no se trataba simplemente de poner en solfa el sistema medieval teológico-político que nos tocó vivir y que pretendía colarse por todos los resquicios de la realidad. Se trataba de viajar a la raíz del asunto, de volverse también hacia las propias vísceras entrenadas desde la infancia en los juegos de dios.

            

Las circunstancias ayudaron lo suyo. El bando de Dios arreciaba con fuerza cortando, atando y disolviendo conciencias. Resistirse a esa organización de lo real era resistirse al propio todopoderoso; y el debate, el trabajo formidable de plantarse a la idea del dios de dioses para acabar con él en su refugio más íntimo –en nuestro entendimiento- se disolvía entre los esfuerzos por combatir a sus esbirros en el mundo. Uno dijo: la religión es el opio del pueblo, y todos los demás dijeron amén… y se dedicaron a otras cosas. Creo que los sanitarios llaman a esto cerrar en falso una herida…

                  

Pues nuestro ateísmo funcional nos permitía llevar una vida intelectual ajena a todo ese mundo que ignorábamos o directamente despreciábamos (alguna vez giramos ligeramente la cabeza para escuchar a algunos santones revolucionarios que habían instalado sus talleres de liberación en Latinoamérica) pero que volvió a convertirse en objeto de estudio y de cierto interés tiempos después bajo análisis o perspectivas no teológicas sino sociológicas y sobre todo (ya nos había dado tiempo a viajar sin prejuicios por el mundo y por nuestro interior) antropológicas.

              

Algunos de nosotros, incluso, se convirtieron en profesionales del asunto, toda vez que íban dejando hueco en las barricadas para ocupar plazas de docentes en escuelas, institutos y universidades.

                  

Dejamos, pues, de hablar de Dios y de sus diversas Conferencias episcopales para reflexionar sobre dioses y demonios, sobre el propio hecho religioso, y todo ello escrupulosamente redactado en letras minúsculas.

                   

Fue entonces, desde esta nueva actitud intelectual y vital más cosmopolita y menos sectaria, cuando estos asuntos tomaron un nuevo aire. No se trataba de acicalarse con los perfumes del arrepentimiento, sino simplemente de constatar, por ejemplo, la potencialidad de la práctica del hecho religioso como fuente de analgesia y consuelo entre sus practicantes convencidos o funcionales.

                  

Esta nueva visión de etnógrafos aficionados resultaba ser ciertamente liberadora pues nos permitía volver los ojos (sin sentirnos ridículos o traidores) a nuestros inicios cognitivos: una especie de revuelto de capacidades para la razón y argumentos legendarios para el sentido de la existencia.

                 

Algunos fueron más allá. Desde varios rincones del planeta sostenían con firmeza que cualquier cambio revolucionario debía alimentar el cambio de las condiciones materiales, pero no sólo; un hombre verdaderamente libre no es sólo aquel capaz de desarrollar sus potenciales aptitudes sino aquel que, además, cree ver el sentido de su existencia –su lucha, sus realizaciones- en el mundo. Una especia de Teología política organizada horizontalmente donde los dioses y sus intermediarios almuerzan en el mismo comedor y en las mismas sillas que sus correligionarios.

                   

Claro que estas particulares visiones político-religiosas poco tienen que ver con el rebrote entusiasta de todo tipo de sectarios de raíz sincrética, fácilmente identificables por su organización (autoritaria, piramidal y dogmática), su proselitismo y, en muchos casos, sus espúreos intereses (económicos, políticos, etc.)

                

En fin, el mundo, inconmensurable incluso hasta para los más preparados, sigue impresionándonos, y sigue solicitándonos respuestas que mitiguen nuestra fragilidad cognitiva y sentimental. La Ciencia y todo tipo de ejercicios de misticismo (o antimisticismo) nos dan algunas claves para hacer ideológicamente conmensurable el hecho biológico, por definición, abierto, infinito e inexplicable en su totalidad.

               

Y aquí es cuando regresamos al principio. Pues después de todo lo dicho, de reconocer la existencia, incluso la importancia (real o potencial) del hecho religioso, es cuando el hombre libre, después de reflexionar, después de observar el corazón y el entendimiento, quizás lleno de jirones, afirma tajantemente ante el mundo: la religión es un asunto exclusivo del individuo.

               

Javier A. Alvarado. VI-07.

               

 
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