Se anuncian huelgas para los próximos tiempos. No es para menos teniendo en cuenta la que está cayendo. El conjunto de reformas del mercado laboral, propone una situación en la que trabajador y empresario diluciden sus problemas con una cada vez menor intervención del Estado. Es decir, se trata de convertir las relaciones laborales en un mercado lo más “libre” posible. O, en todo caso, si hay intervención estatal, ésta se destinará a reflotar empresas productivas o financieras. Es decir, lo contrario de las propuestas de la socialdemocracia clásica. Una vuelta de tuerca neoliberal que nos propone, en el colmo del cinismo, socialismo para ricos y capitalismo para pobres.
Pero las relaciones laborales no son un mercado más. Es evidente que trabajadores y empresarios no disponen de las mismas condiciones de partida en una negociación. El empresario posee el capital y los medios de producción; el trabajador en cambio sólo su fuerza de trabajo, que es sustituible o prescindible según las circunstancias. Por eso, un mercado laboral poco regulado es en realidad un trágala donde caben todo tipo de abusos empresariales.
Ante esos abusos, la huelga es un instrumento legítimo de los trabajadores, posiblemente el único del que disponen para presionar a la patronal.
Sin embargo, es también un instrumento que se está quedando obsoleto con el paso del tiempo. La generalización de los servicios mínimos, el chantaje empresarial, la asfixiante situación económica de muchos… juegan en su contra. Pero, sobre todo, deja fuera a una mayoría de la población que -a día de hoy- no se encuentra sujeta a una relación salarial más o menos estable.
Las huelgas que vienen tendrán que tener en cuenta esta nueva situación, procurando que esas mayorías -sin duda descontentas- tengan cauces propios para la protesta. Una protesta que desborda la estrategia sindical clásica, y que atañe también a los trabajadores precarios, los emigrantes, los parados… Sólo entre todos ellos será posible paralizar puntualmente los flujos económicos del país, y también articular alternativas de futuro más justas.
Paralizar los flujos de transporte: de mercancías, personas e información, es la clave para el éxito de las huelgas que vienen. El capitalismo de hoy tiene su punto débil en la fragilidad de esos flujos, y además es desde ese vacío -o parada programada- de donde puede surgir la posibilidad de concebir algo nuevo. Las huelgas que vienen no pueden quedarse en las concentraciones y piquetes (sin duda importantes) sino que deberían recuperar la calle con actividades no capitalistas, diversas y gratificantes. También sería importante marcarse objetivos comunes más allá de los intereses concretos de cada cual. Objetivos que beneficien a las mayorías, a los trabajadores en su sentido más amplio, y no en exclusiva a los trabajadores sujetos al empleo asalariado. Una tarea a largo plazo, pero cada vez más urgente.
Juan Ibarrondo
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