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jueves
28. ago 2008
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OFENSIVA LIBERAL EN FRANCIA Guerra relámpago del General Villepin/Bonaparte contra el código laboral PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Susana y Enrique   
miércoles, 15 de marzo de 2006

El bulldózer ultraliberal lanzado a tumba abierta desde la Imagereelección del presidente Chirac en 2002 contra el debilitado modelo social a la francesa ha encontrado su nuevo piloto pirómano en la persona de Dominique de Villepin, el actual primer ministro francés.

1. LA MISIÓN

 

Para sustituir a un maltrecho e impopularísimo Raffarin, responsable de la derrota electoral sufrida por la derecha en los comicios europeos y regionales de 2004[1], y tras el rotundo bofetón del NO a la constitución europea, Chirac nombra el 29 de mayo de 2005 a Villepin con la misión de preparar el terreno a las elecciones presidenciales de 2007, queriendo así dar un tinte algo más socializante a la segunda parte de su legislatura.

Dado el nivel de descontento al que se había llegado durante el período Raffarin, la tarea que Chirac le encomienda a Villepin, para detener la pérdida desbocada de votos a la derecha, no se presenta bajo los mejores auspicios. Para empezar, el nuevo Primer Ministro tiene que reconquistar a amplios sectores de la población decepcionados por su predecesor, modificando la imagen de un poder ejecutivo impulsor de una política ultraliberal y ajena al diálogo social que desembocó con Raffarin, entre otras cosas, en la adopción por la fuerza en 2003, de la reforma de las jubilaciones[2]. 2005 coincidió también con otro episodio poco glorioso para el gobierno que adoptó sin ningún tipo de negociación ni diálogo y pese a las numerosas protestas, la reforma de la educación de François Fillon. En esta nueva batalla, toda una generación de jóvenes que hasta aquel entonces no se había interesado mucho por la política, entraba en una nueva dinámica y protagonizaba manifestaciones,

ocupaciones de institutos y desalojos que llegaron con la represión policial hasta la criminalización de sus líderes.

                     

Por otro lado, la tarea de Villepin se ve también dificultada no tanto por la oposición de un partido socialista, aletargado y carente de propuestas realmente alternativas al modelo liberal de la derecha, sino por la oposición interna y mucho más peligrosa que desarrolla en el seno de su propio gobierno el Ministro del Interior Nicolás Sarkozy, su rival más directo en la carrera presidencial, quien no ha dejado pasar ni una sola vez la ocasión para señalar su diferencia en cuanto al tratamiento que hace el gobierno de los distintos problemas que azotan al país.

                

2. EL DISCURSO/ESPECTÁCULO

                  

La vía con la que Villepin parece querer conciliar, en un primer tiempo, las dos vertientes de su misión es la de una política que, por lo menos en apariencia, tenga un rostro más humano y más social que la desarrollada brutalmente y sin ningún tipo de miramientos por Raffarin. En eso también el Primer Ministro se distingue del discurso de un Nicolás Sarkozy, siempre insatisfecho de las semi-medidas del gobierno y que a menudo suele presentarlas como un sinfín de reformitas desprovistas del carácter de ruptura radical que según él necesita Francia (entiéndase una aplicación todavía más ortodoxa y salvaje de los preceptos del liberalismo económico a la anglosajona).

                

El barniz social que Villepin le quiere dar a su discurso (congelar la aplicación de la Ley de Educación, escuchar las reivindicaciones del movimiento social…) se acompaña de un cuidado aspecto de play-boy gracias al cual parece querer conquistar el corazón de los franceses, en una especie de operación de seducción de verano. Sin embargo la máscara dialogante y seductora no tarda en resquebrajarse.

Durante el verano de 2005, mientras los franceses contemplan las fotos del Villepin/Play-Boy corriendo en bañador por las playas de la costa atlántica donde veranea -el torso desnudo luciendo sus bronceados músculos empapados en sudor, la pelambrera canosa flotando al aire-, el Primer Ministro aprovecha el sopor estival para regresar a su despacho y lucir un traje más de su gusto y con el que su imaginario -hecho de una mitología de pacotilla- se identifica y se complace mucho más: el de un hombre político de acción, cual un Napoleón Bonaparte en campaña, con el que intenta superar su complejo de tecnócrata, crecido a la sombra de los despachos ministeriales y de las intrigas de pasillo y lejos de las famas que se fraguan en el ruido y el fragor de las batallas electorales.

                       

Las metáforas bélicas se multiplican a partir de ese momento en sus discursos políticos: Villepin declara la guerra al paro, una guerra que hay que ganar rápidamente. Villepin se presenta como un hombre de acción patriótico capaz de sacrificar su ambición personal por su patria. El referente mitológico y espectacular que transmite a través de sus palabras oscila permanentemente entre las 2 figuras tutelares de la derecha republicana francesa: la de un Bonaparte en campaña que actúa por el bien general aunque de modo antidemocrático (el famoso episodio de los 100 días en los que recupera el poder en la Francia de 1815) y la de un General de Gaulle en sus tiempos de oposición a la colaboración con los nazis. Poco le importa ser querido o no, su destino se confunde con el destino glorioso de la nación… La guerra relámpago con la que pretende acabar con los problemas del país y llevarlo por la senda de una modernización irreversible, no sólo debe enfrentarse con el problema del paro sino también con todos los conservadurismos (entiéndase las medidas de protección social, la oposición del movimiento social) que desde hace décadas debilitan el país. Villepin promete cambiar la situación de depresión económica y psicológica del país en 100 días, un plazo que según él garantiza la eficacia y los resultados de su acción política.

                

3. EL MÉTODO

                         

El General Villepin/Bonaparte libra así durante el verano su primera batalla de paladín del liberalismo, iniciando el proceso de reforma del código laboral que toda la derecha y el patronato francés piden a gritos para, según dicen, mejorar la flexibilidad laboral y la competitividad de las empresas francesas, en un mercado internacional mundializado. Esta primera batalla carece sin embargo de brillo: lejos de lanzar un debate en el parlamento acerca de la cuestión, Villepin y sus acólitos, siguiendo en este aspecto la enseñanza de Raffarin, imponen de modo autoritario y casi a escondidas, una primera reforma del código laboral recurriendo a una ordenanza que se publica en pleno mes de agosto. La mayoría de los trabajadores y de los actores del movimiento social se encuentra, en septiembre, con un nuevo tipo de contrato que debilita la posición del trabajador y en cambio aumenta la flexibilidad en la plantilla de las empresas: el CNE (Contrato Nuevo Empleo) que permite a las empresas de menos de 20 empleados proponer un contrato basura a los candidatos a un empleo. Durante un período de nada menos que dos años, el patrón puede, sin ningún motivo, despedir al trabajador sin ni siquiera ofrecerle, claro está, ningún otro tipo de contrato. Nace con el CNE el trabajador desechable cuya precariedad recuerda la situación decimonónica de los contratos por jornada.

                       

El éxito de la huelga del 4 de octubre de 2005 (800.000 manifestantes) contra este nuevo contrato, así como la crisis de la banlieue de noviembre de 2005, no servirán para cambiar nada. Muy al contrario, lejos de frenar al gobierno en su política de desmantelamiento del edificio social, las revueltas de noviembre van a permitir al equipo de Villepin, acelerar las reformas ultraliberales con las que sueña también el General sin preocuparse demasiado por la incoherencia de su imagen (conciliar su vertiente “social” con la liberal), como plataforma de lanzamiento hacia su brillante destino presidencial. La intención no puede ser más cínica y evidente: bajo el pretexto de mejorar la situación de los habitantes de la banlieue, el gobierno declara la guerra abierta a la clase trabajadora y a los últimos restos de protección social existentes. El Ministro de Educación hace votar una primera ley retrógrada que rebaja la edad de obligación escolar de 16 a 14 años, para de este modo sacar a los hijos de las clases desfavorecidas del sistema escolar y orientarles de modo precoz hacia el aprendizaje manual: la voluntad de selección social y de reproducción de las desigualdades desde la escuela parecen evidentes. No contento con estas medidas, el Ministro de Educación -Gilles de Robien- promulga también un nuevo decreto de educación prioritaria, un sistema de “discriminación positiva”, donde la República procura más dinero -en materiales o profesores y educadores- a los centros escolares que acogen a un público económica y socialmente desfavorecido. Este decreto en realidad, desmantela y reduce la política de ayuda a los más desfavorecidos reduciendo drásticamente el número de colegios e institutos que ya se beneficiaban de un apoyo similar. Consciente de que la multiplicación de los frentes debilita al movimiento social, que tarda en organizarse para responder a los ataques, el General Villepin vuelve a la carga para dar la puntilla al código laboral, usando y abusando de los métodos indignantes y anti-democráticos que han caracterizado toda la legislatura Chirac hasta hoy. Presenta así su proyecto de CPE, que hoy mantiene en vilo a toda Francia, el 16 de enero, sin tomar ningún tipo de contacto previo con las organizaciones patronales o sindicales: de nuevo, la intención de precarizar aún más al trabajador francés es evidente.

4. CPE ¿ERROR FATAL?

              

Esta vez, el CPE (Contrato Primer Empleo), hermano gemelo del CNE de agosto de 2005, se ataca a los jóvenes. Partiendo de la constatación de que el paro afecta a los jóvenes en un 20 %, nuestro Bonaparte de baratija decide proponer un nuevo tipo de contrato basura, esta vez destinado a las empresas de más de 20 asalariados (o sea la inmensa mayoría) y que concierne a los jóvenes de menos de 26 años. El CPE instaura el mismo nivel de precariedad que su predecesor, el CNE: autoriza el despido sin justificación del trabajador durante dos años, período al cabo del cual, el patrón puede contratarlo o no, definitivamente. Si bien la intención de luchar contra el paro juvenil es perfectamente loable, una vez más el gobierno se sirve de este argumento/coartada para empeorar la situación, ya que en el caso que nos ocupa, el CPE (como el CNE) generaliza de golpe esta precariedad a toda la juventud mucho más allá del 20 % realmente concernido: institucionaliza por ley la inestabilidad laboral y económica (el CPE como el CNE no es más ni menos que un contrato diario) y por ende dificulta la integración en la sociedad de esta categoría a la que ningún banco, dada la inseguridad laboral, concederá el menor crédito o, por poner otro ejemplo, ningún casero alquilará una casa. El CPE da la puntilla definitiva al contrato de duración indefinida e incluso al de duración determinada con el que por lo menos el trabajador sabía que iba a trabajar durante x tiempo, lo que le permitía hacer algún pequeño proyecto. Implica también una inversión radical de valores que anula en gran parte el sentido que pueden tener los diplomas, los estudios y formaciones de modo general, ya que al estudioso o al que se forme, ese diploma o esa cualificación no le servirá de nada gracias a esta precariedad generalizada. Crea también una oposición generacional ya que los mayores de 26 años se encontrarán evidentemente con mayores dificultades para encontrar trabajo dadas las facilidades de despido y las bajas remuneraciones que acarreará el CPE.

                

Consciente de todos los aspectos retrógrados de la medida y de la oposición que podría generar, -pero también de las debilidades de un movimiento social alicaído por las derrotas sucesivas de los últimos años-, el General Villepin/Bonaparte vuelve a poner en marcha su plan de guerra relámpago. Siguiendo por un lado la vía autoritaria del debate en urgencia en la asamblea nacional -que permite proceder a una sola lectura del texto y así ganar tiempo-, y aprovechándose por otro lado de las vacaciones escolares y universitarias de invierno -que por su duración (15 días) y su carácter escalonado por regiones y zonas le otorgan 6 semanas de relativa paz para llevar a cabo su guerra relámpago-, Villepin consigue hacer votar y adoptar el 7 de marzo su ley en el parlamento, un mes y medio después de la presentación de su proyecto y el mismo día en que por fin se pudo construir una jornada de movilización convergente de sindicatos de trabajadores y estudiantes a la vuelta de las vacaciones. Hasta esa fecha fatídica del 7 de marzo, Villepin puede estar satisfecho de su táctica agresiva: parece estar en posición de ganar el pulso del CPE. El movimiento social no ha sido capaz de reaccionar con la debida virulencia durante el período vacacional: el número de las universidades en huelga se mantiene escaso a nivel nacional por la rotación de las zonas vacacionales; la jornada de movilización y de huelga contra el CPE organizada el 2 de febrero, durante las vacaciones, tampoco ha alcanzado los niveles esperados con “sólo” 400.000 personas en las calles. De modo que nadie se atrevería a pronosticar lo que va a ser la jornada del 7 de marzo. ¿Cuál es el estado de la movilización después de dos semanas de vacaciones? ¿Cuál va a ser el grado de participación a esta huelga de los asalariados de más de 26 años? La prensa y los medios de comunicación se hacen eco de esta incertidumbre y dan a Villepin vencedor de este pulso social. El propio líder de la CGT, el sindicato más importante de Francia (de sensibilidad comunista) no se atreve a predecir más de 500.000 manifestantes en las calles, o sea poco más que en los últimos desfiles contra el gobierno, lo cual sería un relativo fracaso.

                    

- El movimiento social francés: eterno Fénix que renace de sus cenizas.

                            

Contra todo pronóstico, la jornada acaba siendo un auténtico éxito. Las diferentes manifestaciones organizadas por todo el territorio reúnen a más de un millón de personas. La realidad del descontento supera con creces las más altas predicciones formuladas por los dirigentes sindicales. La presencia de los estudiantes y de los alumnos de institutos es masiva. Abren con entusiasmo la mayoría de los desfiles, seguidos de cerca por nutridos batallones de trabajadores que saben que detrás del CNE y del CPE se esconde todo un proyecto de desmantelamiento del código laboral, con la generalización de este tipo de contratos a todos los trabajadores de cualquier empresa. Manifiestan también su responsabilidad y su solidaridad frente a estos jóvenes entre los cuales no pocos reconocen seguramente a sus propios hijos. La simple visión de esa marea humana trangeneracional que desborda las calles de París o de Marsella, evidencia con claridad el atolladero en el que se ha metido el General Villepin: no le va a ser tan fácil al gobierno hacer que la gente trague con este nuevo ataque a la condición laboral sin decir nada. El movimiento social considerado hasta hace poco como moribundo, después de tantas derrotas consecutivas sufridas contra el mismo gobierno, inflexible en la batalla de las jubilaciones de 2003 o en la del proyecto de reforma educativa en 2005, mantiene viva la esperanza de poder influir en la política retrógrada y demoledora del gobierno, a pesar de todos los esfuerzos que éste ha desarrollado para justamente doblegar psicológica y económicamente, mediante la represión policial o judicial, la criminalización y las penalizaciones salariales por las huelgas, a la clase trabajadora.

                     

 

Sus protagonistas recobran el orgullo en esas auténticas catársis colectivas en las que se transforman las manifestaciones contra el CPE, liberadoras de gran parte de las presiones sociales que se ejercen sobre ellos. Es más, el CPE podría transformarse, a un año de las presidenciales, en el catalizador incontrolable de todo el descontento generado por cuatro años de política ultraliberal, sorda a todas las advertencias formuladas por vía callejera o electoral. Podría ser la gota de agua que desborde el vaso. Quizás estemos presenciando dada la extensión que está tomando el movimiento, el error fatal de Villepin que por despreciar tanto el diálogo podría verse rápidamente atrapado en su propia trampa: el CPE. El ambiente de crispación social y de desesperación generado por el autismo de un gobierno, percibido como ilegítimo y carente de representación, nunca ha sido tan elevado. Esta percepción se debe al déficit democrático que caracteriza los métodos de este gobierno y a las sucesivas derrotas electorales que, entre 2002 y 2006, y pese al evidente descontento, no le han llevado a convocar elecciones generales anticipadas, como habría pasado en cualquier otro país ¿Cómo interpretar sino las escenas de enfrentamientos entre anti-disturbios y estudiantes durante el desalojo violento de la Sorbona por la policía en la madrugada del sábado, escenas que se repitieron en las inmediaciones de la misma facultad, en el barrio latino, ayer por la noche durante más de cinco horas y que se saldó con 10 policías heridos y las detenciones de 9 personas? ¿Las revueltas de la banlieue en noviembre, no evidenciaban también ese déficit de diálogo y de democracia tan recurrente en este gobierno?

                            

- Puntos fuertes y debilidades del movimiento social.

                               

Pese a la intervención pedagógica de Villepin, el domingo por la noche en el telediario del primer canal de televisión (TF1) para explicar a unos estudiantes que no habían entendido bien según él los aspectos más que positivos del CPE, la movilización estudiantil sigue aumentando: las 30 facultades bloqueadas o en huelga la semana pasada alcanzan hoy el número de 50 sobre 84 y cada día se observa como nuevas universidades van uniéndose a la contestación. Los comités de huelga estudiantiles organizan cada día distintas acciones para ocupar el terreno mediático: ocupación de rectorados, de lugares simbólicos como la Sorbona, ocupada en 1968 y 1986, bloqueos de autopistas y de estaciones de trenes. Las facultades más movilizadas desde el principio son las que giran en torno a una línea geográfica que pasa por Rennes, Poitiers y Toulouse, las más punteras en el conflicto ya que llevan más de 5 semanas en huelga. El movimiento parece dispuesto a instalarse en la duración a sabiendas de que este gobierno está acostumbrado a aguantar pase lo que pase. La primavera que tanto se está haciendo de rogar, tiene visos de transformarse en auténtica pesadilla para Villepin que cuenta sin embargo con las debilidades de la huelga estudiantil para llegar a sus fines.

                                 

Para empezar, las divisiones políticas y sindicales son importantes. Está por un lado, el bando más radical formado por la UNEF (el sindicato estudiantil más potente de obediencia comunista), SUD (alter-mundialistas y libertarios), la CNT y la Coordinación Nacional de Estudiantes, formada oficialmente por estudiantes no sindicados pero en realidad controlada por los trotskystas de las JCR (Las Juventudes de la LCR: la liga comunista revolucionaria de Krivine y Besancenot). Y frente a ellos nos encontramos con los sindicatos más moderados, como la CE (Confederación Estudiantil, emanación de la CFDT, sindicato reformista de centro-izquierda que aceptó en su día la reforma de las jubilaciones), opuestos al bloqueo de las facultades y de las clases, y el conjunto de los estudiantes que están a favor de la ley (minoritarios) o que, aunque se oponen al CPE, quieren asistir a clase, y no vacilan en participar a la criminalización del movimiento, presentando recursos ante la justicia y denuncias contra los bloqueadores (a este respecto, no se puede dejar de señalar que la primera en proceder de este modo ¡¡¡ha sido la facultad de periodismo de Tours!!!) Las divergencias no sólo se evidencian en cuanto al bloqueo o no de las facultades sino también en los llamamientos a manifestar días distintos de la semana: el martes 14 de esta semana para la Coordinación Nacional, el jueves 16 para la UNEF/SUD/ y los dos sindicatos de alumnos de institutos, la FIDL (socialista) y la UNL (comunista) y el sábado 18 para todos los demás junto a los sindicatos de trabajadores. Sin embargo, esta potencial debilidad, de momento, lejos de crear una sensación de dispersión, favorece la multiplicación de las acciones y refuerza la imagen de un movimiento determinado que no se agota.

                            

Una de las asignaturas pendientes de esta semana será la entrada de modo masivo o no de los alumnos de instituto en el conflicto: desanimados por su derrota en las luchas del año pasado contra la reforma educativa y escaldados por la represión, de momento, tardan en implicarse de modo masivo. Los estudiantes universitarios, sin embargo, han previsto visitar el mayor número de institutos para llamarles a entrar en el movimiento.

Otro de las factores importantes va a ser también el grado de implicación en el movimiento del resto del mundo asalariado, muy presente en la jornada del 7 de marzo, pero que las grandes Confederaciones sindicales, de momento no se han atrevido a volver a convocar un día laboral. Por eso, la manifestación más importante de la semana será la del sábado, convocada un día no laboral para que los trabajadores del sector privado en particular puedan participar a la manifestación junto a los jóvenes.

                        

- La desunión de la derecha

                       

Otro parámetro interesante del conflicto va ser el grado de solidaridad de la mayoría política de derecha con su Primer Ministro. Pese a las declaraciones oficiales, el aislamiento de Villepin se hace cada día mayor entre las filas del partido mayoritario de la UMP. Los comentarios asesinos destilados en la prensa por los seguidores de Sarkozy, acerca de la falta de diálogo de Villepin o de la necesidad de retirar el proyecto, se multiplican a diario. Temerosos de verse arrastrados por un torbellino del CPE que hipotecaría gravemente las posibilidades del Ministro del Interior de ganar las elecciones presidenciales, los tenientes de Sarkozy organizan una operación preventiva de sálvese quien pueda, por si las cosas fueran a peor. El propio Chirac, políticamente muerto desde el desastre del referéndum y hazmerreír de toda la clase mediático-política, ni siquiera sale de su Eliseo bunkerizado para apoyar a su delfín. Sólo ayer, durante un viaje oficial a Alemania, manifestó patéticamente y como a regañadientes, su apoyo a Villepin a través de una respuesta confusa y poco clara a la pregunta que hacía al respecto un periodista. En este panorama desunido tampoco hay que olvidar las críticas formuladas por el MEDEF (Central patronal) y la no menos ultraliberal OCDE respecto al CPE.

                     

- La soledad del manager.

                      

Como lo vemos, los sueños de gloria del General Villepin/Bonaparte/de Gaulle, podrían sufrir un varapalo definitivo. Aunque el movimiento se agote por sí mismo o conduzca a una revuelta mucho más generalizada que podría, no sólo derrocar a este gobierno, sino incluso conducir a la organización de elecciones generales anticipadas, el futuro de Villepin se va viendo cada vez más oscuro, cuanto más se mantiene en sus trece. La verdad es que el margen de maniobra es realmente estrecho: si Villepin retira el CPE, pierde toda credibilidad frente a su propio electorado que abrazaría entonces la candidatura de Sarkozy; si no lo retira, se arriesga a tener que vivir un movimiento social duro y largo con seguramente episodios de radicalización violenta. La única salida posible sería que prosperará la demanda de anulación de la ley, formulada por el partido socialista ante el tribunal constitucional, por crear una desigualdad entre los trabajadores. Aún así, el tribunal formulará su respuesta sólo dentro de un mes, y a saber cuál será la situación para entonces. Se mire por donde se mire, no es precisamente la gloria de un general lo que espera a Villepin : una constante de todos los Primeros Ministros tras los que se escuda Chirac, y a los que después de nombrarlos como herederos, la práctica del poder acaba desgastando. Ahí están esperándole en los sótanos de la historia, los hoy olvidados Alain Juppé o Jean-Pierre Raffarin.

                     

                                  

Henri Belin y Susana Arbizu

             

 

[1] 21 de las 22 regiones francesas pasaron a ser gobernadas por la izquierda plural

[2] El período mínimo de cotización para poder jubilarse con una pensión decente, pasa, con esta reforma, de 37 años en el sector público y 40 en el sector privado a 42 años para todos.

 


 
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