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viernes
08. ago 2008
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LA SOCIEDAD TERAPEUTICA PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Espai en Blanc   
miércoles, 26 de marzo de 2008
comunidad21.gifReproducimos a continuación artículos contenidos en el prólogo de la revista ‘Espai en Blanc', en sus números 3 y 4, bajo el titulo de y dedicado a ‘La Sociedad Terapeútica', publicados hace ahora un mes. También presentamos luego cuatro textos breves que los compañeros escribieron para enmarcar de algún modo los encuentros que iban realizando. ‘Espai en Blanc' www.espaienblanc.net, desde su primer número, abordó la relación que existe entre vida y política: "No se trataba tanto de defender cierto vitalismo como empezar a explorar la antedicha relación, o, dicho de otro modo, la multiplicidad de sentidos que se encierran en la cópula y que vincula los dos términos".

Se puede afirmar que la característica definitoria de la época global en la que estamos consiste en que realidad y capitalismo se han identificado. Esta identificación se produce después de una Gran Transformación de más de treinta años que ha visto desaparecer lo que antiguamente se llamaba "la cuestión social". No hace falta insistir, una vez más, que la derrota política del Movimiento Obrero está en la base de estas consideraciones. La coincidencia entre capitalismo y realidad significa antes que nada, que ya no hay afuera. Más exactamente, que ya no hay afuera del capital. Todavía dentro del marxismo clásico, si bien renovado, se ha querido aprehender esta transformación como una subsunción de la sociedad en el capital, y a la vez, como una generalización del trabajo a todos los ámbitos de la sociedad. Aquí es donde entra la vida en tanto que problemática. Subsunción implicaría que la vida (subjetividad, afectos...) es puesta directamente a trabajar para el capital. Este análisis, aunque cierto, es insuficiente porque desconoce justamente esa multiplicidad de sentidos que contiene la relación entre vida y política, por lo que nos acaba empujando hacia una posición política equivocada.

Consecuentes con este planteamiento creemos que tendríamos que pasar de un paradigma de la explotación a un paradigma de la movilización global. Evidentemente, este tránsito no implica el fin de la explotación capitalista sino justamente, al contrario, su máxima exacerbación. Desde esta nueva perspectiva, no es que la vida sea puesta a trabajar, es que la vida misma deja de ser un dato objetivo para convertirse en algo subjetivo: vivir es "trabajar" nuestra propia vida, o dicho más claramente, vivir es gestionar nuestra propia vida. Se ha dicho muchas veces que el trabajo era la mejor terapia para tener controlados a los enfermos mentales, especialmente, a los más violentos. "Coged a un furioso, introducidlo en una celda, destrozará todos los obstáculos y se abandonará a las más ciegas embestidas de furor. Ahora contempladlo acarreando tierra: empuja la carretilla con una actividad desbordante, y regresa con la misma petulancia a buscar un nuevo fardo que debe igualmente acarrear: es verdad que grita, que jura a la vez que conduce la carretilla... Pero su exaltación delirante no hace más que activar su energía muscular que se encauza en beneficio del propio trabajo." [S. Pinel: Traité complet du régime donataire des aliénés. Paris 1836].

Pues bien, hoy habría que afirmar que la vida misma es esa terapia. Una terapia de control y de dominio. Aunque pueda parecer inusitado, el efecto represivo que jugaba la obligación del trabajo se reformula como obligación de tener una vida. Ahora se entiende por qué la tesis central a la que llegamos - y se trata simplemente de un corolario de la definición que establecíamos de la época global - puede resumirse así: hoy la vida es el campo de batalla. La vida, en este sentido, no consiste más que en una actividad privada cuya finalidad es producir una vida privada. No somos más que vidas (privatizadas) movilizadas para reproducir esta realidad hecha una con el capitalismo. Esta movilización global reserva un destino diferente a cada vida. A unas las convierte en vidas hipotecadas, a otras en residuales, a otras en emprendedores de sí mismos. El resultado es, sin embargo, común por cuanto en todas ellas el estado que prima es el del "estar solo". Porque en la sociedad-red, en definitiva, estar conectado paradójicamente es estar solo. El malestar social será el nombre de este no-poder, de esa imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora frente a las nuevas condiciones de la realidad. El malestar social no es más que el bloqueo del camino hacia una subjetivización política capaz de enfrentarse al mundo.

Pero para que la movilización funcione este malestar social tiene que encauzarse, y ese encauzamiento debe comportar, en última instancia, su inutilización política. Para ello toda dimensión colectiva del malestar tiene que ser borrada: el malestar social será reconducido a una cuestión personal. Así cada vida se adapta e integra en la propia movilización. El querer vivir del hombre anónimo funciona entonces dentro de la movilización, y como su principal impulsor. De esta manera, vivir acaba siendo sinónimo de movilización. Es por eso que el poder tiene que ser fundamentalmente un poder terapéutico dirigido a mantener funcionando una sociedad enferma. El poder terapéutico no pasa tanto por el internamiento como por la intervención sobre toda la sociedad. Su intervención no perseguirá curar, sino prevenir, evaluar riesgos, chequear aptitudes, y sobre todo, tratar cada caso como particular. Este es el secreto del modo terapéutico de ejercicio del poder.

Es importante describir sociológicamente este malestar, y así dar cuenta de las múltiples enfermedades del vacío (estados de pánico, depresiones...) que, surgidas por doquier, gestiona el poder terapéutico. Pero lo verdaderamente importante, y es lo que en verdad nos interesa, es politizar ese malestar social. De aquí que la reflexión sobre la sociedad terapéutica tenga que ir acompañada de un análisis del estatuto de lo político en la actualidad. Que la vida es actualmente el campo (político) de batalla nos obliga a pensar nuevamente qué significa politizarse, ya que la politización parece ser esencialmente un proceso de autotransformación personal. Si toda politización tiene que arrancar de la propia vida, y habrá que ver lo que eso comporta, ocurre que una política que se ponga como objetivo la politización de la existencia adopta, paradójicamente, la forma de una terapia.

Este resultado tiene mucho de autocontradictorio y es inaceptable, por cuanto la "forma" terapia implica la existencia de un experto, y en definitiva, una relación jerárquica. Pero no es fácil salir del atolladero. Si forzosamente estamos obligados a acercar nuestra política - la política que impulsa la politización de la existencia - a una terapia, entonces hay que pensar una política-terapia que se libere de la terapia misma. No sabemos cuál es el camino, pero estamos convencidos de la necesidad de apuntar más lejos del horizonte terapéutico. El Colectivo Socialista de Pacientes (SPK) defendió valientemente que había que "hacer de la enfermedad, un arma." Este puede ser un buen lema para pensar la interrupción de la movilización global, y encarar así esa vía que desconstruye desde dentro mismo la propia terapia.

Política y terapia

Hoy la política consiste en gestionar la vida, y lo que alimenta actualmente el capital no es ya el fruto de mi trabajo, sino mi propia vida. Y es esta misma vida gestionada, puesta a trabajar, la que que se convierte en invivible. Nuestro malestar nace de la imposibilidad de ser dueños de nuestra propia vida, de la imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora contra esta permanente movilización. Por eso el poder se convierte en poder terapéutico, y la política en gestión (productiva) de ese malestar. La política, en definitiva, se aproxima a la terapia ya que su función consiste en mantenernos con el mínimo de vida, en capitalizar nuestra vulnerabilidad. ¿Estamos condenados a ser tan sólo una "vida sostenible" al borde de la crisis? ¿Se nos ha expropiado la capacidad de ser autores de nuestra propia vida? Pero, ¿en qué consiste el malestar social? ¿Qué significa hoy "curarse"? En efecto, la política se convierte en terapia; y la terapia... ¿Puede ser hoy una vía de politización? ¿Una vía de acceso a un "Nosotros"?

Cárceles Terapéuticas

La expansión de los mecanismos tradicionales del poder ha traspasado las instituciones tornándose difusa la diferencia entre el dentro y el fuera. En este contexto emerge la terapia como nuevo mecanismo de gobierno en el espacio carcelario. Se trata de reprogramar al sujeto interno mediante la anulación de su biografía, lo que conlleva, antes que nada, la aceptación de su culpabilidad. De esta manera, mediante la gestión del tiempo, la participación en los talleres, la autoimplicación en el funcionamiento del centro, se consigue reconstruir una personalidad dócil y adaptable que será fácil de reinsertar. En la cárcel terapéutica "una vida" no es sólo encerrada sino que también es colonizada por una intervención que se extiende hasta lo más íntimo. Las relaciones personales y familiares son consideradas instrumentos terapéuticos fundamentales, por lo que se ejerce sobre ellas una vigilancia especial y estricta. ¿Es esta nueva cárcel un laboratorio de los mecanismos de control y de producción de subjetividad, que luego se aplicarán a la sociedad en su conjunto? ¿Qué relación tiene la terapia carcelaria con la terapia en la vida?


(Tu) Vida Precaria


Hoy vivimos una vida precaria. Vivienda hipotecada, trabajo inseguro... La precariedad no es solamente laboral, sino que alcanza cada vez más todos los ámbitos de la existencia. Incluso nuestras relaciones con los demás se han hecho precarias: la amistad, el amor... La precariedad no es algo que nos pasa y que un buen día dejará de pasarnos, sino que define cada vez más la propia condición humana. La imposición de la precariedad por parte de esta sociedad capitalista se lleva a cabo bajo la amenaza de exclusión, de muerte social. El chantaje de la incertidumbre - ¿qué será de mi vida? ¿sabré salir adelante? - genera miedo. Y, como es conocido, el miedo y la esperanza han sido desde siempre el modo como el poder se impone y gobierna. La novedad reside en que esta interiorización del miedo socava las propias ganas de vivir ya que nos aboca a la impotencia de una vida privada. Porque esta es la cuestión fundamental: la precariedad tiene una dimensión social, y en cambio, se vive y trata de resolver individualmente. De aquí surgen todas las patologías que hoy son las nuestras: la depresión, la ansiedad, los estados de pánico... ¿Son ellas las causas del malestar social? ¿El malestar social es politizable? ¿Puede la precariedad ser hoy la palanca de nuevos procesos de liberación? ¿Cómo girar sus efectos a favor nuestro?

¿Se puede hacer de la enfermedad un arma?


La enfermedad... ¿Cómo se dice? ¿Cómo la decimos? ¿Qué relación guardan el sufrimiento y el lenguaje, el "paciente" y lo que dice? Ante la experiencia del dolor el habla se descubre incapaz. Hacer entender al Otro lo que uno sufre parece siempre una empresa desesperada. La enfermedad impone por eso la experiencia de una privacidad absoluta. Y, sin embargo, ¿no se forma alrededor de esa experiencia del dolor una extraña comunidad? ¿Puede ser la enfermedad un arma contra el poder? Pero entonces, ¿habría que reivindicar el estar enfermo? Normalización o enfermedad. ¿Es esta la dualidad a la que tenemos que hacer frente? ¿O más bien de lo que se trataría es de hacerla estallar? ¿Acaso esto no es abrir un proceso de politización que nos pone frente a nuestras condiciones de vida?

 
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