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Al amparo de la figura tutelar de René Char, recordada este año con motivo del centenario del nacimiento del poeta francés, esta 61 edición del festival de Aviñón supo salvar los escollos de un proceso conmemorativo que hubiera podido limitarse al homenaje consensuado y estéril. Proponiendo una vez más una programación inventiva y arriesgada, el dúo de programadores formado por Hortense Archambault y Vincent Baudriller consiguió rescatar esa figura del compromiso artístico simbolizada por uno de los pocos intelectuales y artistas franceses que se volcó de inmediato en la resistencia contra el totalitarismo nazi. Presente no tanto por la cantidad de obras representadas que como referente moral, la sombra de René Char se extendió así por una programación que, pese a la diversidad de propuestas, encontró un denominador común en su dimensión social y en su manera de plantear la cuestión del compromiso artístico con la evocación de realidades pasadas o presentes que incitan el mundo del arte y de la representación a buscar nuevas formas de representación del mundo. (Foto: Aproximación a la idea de desconfianza de Rodrigo García).
Fiel a la filosofía descentralizadora y democratizadora con la que Jean Vilar lanzó en 1947 la experiencia del festival, en una Francia de post-guerra que se reconstruía en torno a los ideales de solidaridad social y de acceso de la cultura para todos, el festival, con su voluntad de construir un teatro popular acercando la más alta exigencia artística al público más extendido – en particular al público alejado del microcosmos parisino-, consiguió una vez más en su edición 2007 conciliar el éxito público con la calidad – eso sí desigual - de unas propuestas en todo caso variadas e interesantes. Con el 93% de asistencia a los espectáculos (207 000 entradas para una treintena de espectáculos), Avíñón ofreció un contrapunto notable al contexto enrarecido de una Francia sumida en los discursos retrógrados y conservadores del triunfo sarkozysta.
Las orientaciones marcadas en particular por el artista asociado a la programación del festival de este año, el discreto Frédéric Fisbach, no hicieron más que remarcar este hilo subterráneo de la programación de Aviñón, no sólo por la elección de las obras que decidió presentar en el marco del festival sino por la lista de artistas que propuso integrar a la cartelera. El director francés decidió montar Los biombos (1961) de Jean Genet y Feuillets d’Hypnos (1946) de René Char para su paso por Aviñón. Dos obras que se refieren a dos períodos malditos de la memoria histórica gala y que pese a su carácter universal encuentran un eco importante en la situación francesa contemporánea. Primero con el texto de Genet, acérrima crítica del colonialismo francés ambientada en una guerra de Argelia censurada en su día y vilipendiada por la extrema derecha, que Fisbach, fiel a su concepción de montar sus obras recurriendo a técnicas expresivas que pertenecen a culturas alejadas de la suya (japonesa, coreana), pone en escena de modo magistral, mezclando actores de carne y hueso con los muñecos de los marionetistas japoneses de la compañía Youkiza, cuya actitud mecánica y discursos repetitivos remiten de modo distanciado (un proceso explicitado por la distribución de prismáticos a los espectadores) a la dificultad con la que Francia se enfrenta con esta parte de su pasado. El eco que toma la obra frente a las recientes polémicas que se han desarrollado tanto respecto al carácter positivo de la colonización como a la voluntad afirmada desde la presidencia francesa de desculpabilizar a Francia de estos períodos, toma más relieve aún con el montaje de Les feuillets d'Hypnos, fragmentos escritos por René Char durante los años de su resistencia a la ocupación alemana, dichos por más de un centenar de actores aficionados de la región de Aviñón en actitudes de la vida cotidiana, para reafirmar la vigencia y la actualidad de este espíritu de resistencia tanto respecto al contexto galo como en su dimensión universal.
La presencia de Fisbach permitió también al festival acercarse a un teatro africano hasta la fecha más bien olvidado de las anteriores ediciones con la invitación de dos autores/actores, Dieudonné Niangouna (República de Congo - Brazzaville) y Faustin Linyekula (República Democrática de Congo - Kinshasa), ambos enfrentados a la necesidad de contar la historia atormentada de sus países asolados durante las últimas décadas por guerras civiles sangrientas. Si Niangouna acierta con Actitud Clando – uno de los mejores espectáculos del festival sin duda – evocando la situación de los emigrantes clandestinos en la que se inspira para construir una nueva ética de resistencia, Linyekula, a pesar de disponer de un elenco de actores, cantantes y bailarines excelentes, no consigue en su espectáculo Dinozord: The Dialogue series III deshacerse de un mero didactismo histórico que, si bien permite al espectador acercarse a la situación vivida por el país, carece de las propuestas escénicas que permitirían realmente restituir la magnitud de la tragedia vivida en el Congo- Kinshasa, transfigurando la historia en arte.
Las otras apuestas de Fisbach, en torno a la nueva generación de directores franceses, fueron en cambio menos acertadas y revelaron la desorientación de la joven escena francesa y su carencia de propuestas de fondo tanto desde el punto de vista estético como temático frente al mundo que le rodea. Christophe Fiat fue seguramente el más patético representante de este otro eje del festival con su espectáculo La jeune fille à la bombe, una mera performance estéril aderezada con una vago barniz rock’n roll, donde el autor, acompañado a ratos de su guitarra eléctrica, lee junto a otros tres actores una ficción sobre terrorismo de escaso interés, de espaldas al público, mientras una cámara va filmando el espectáculo sin que jamás se proyecte ninguna imagen de esa filmación. Otra de las grandes decepciones vividas en este festival fue seguramente el montaje propuesto por Valère Novarina, uno de los autores más interesantes de estos últimos años, cuyo trabajo sobre el lenguaje estimula una escritura obsesionada con razón por la omnipresencia de la comunicación estéril y sin fundamento que ha invadido nuestro mundo ultra-mediatizado. A menudo delirantes y rayando con lo absurdo, los trabajos y los textos de Novarina habían ido trazando un surco irreverente donde la materia del lenguaje era trabajada en todos los sentidos hasta devolverle algo de su poesía y de su sentido. Desgraciadamente, en la propuesta de El acto desconocido de Aviñón, el texto de Novarina, pese a ser interpretado por buenos actores, se encierra en una espiral lingüística exponencial que a la larga hace de la tentativa del director francés un esfuerzo vano, irritante y cansino que no salvan una escenografía y una puesta en escena escasamente inspirada.
Lo mejor y más destacable de esta edición 2007 vino del extranjero, no sólo de África con el espectáculo de Dieudonné Niangouna, sino también de los montajes de un Rodrigo García en plena forma que, por su tercera venida a Aviñón, presentaba dos espectáculos interesantísimos con por una parte el tumultuoso Cruda, vuelta y vuelta, a punto, chamuscada, inspirado en la forma carnavalesca bonaerense de la Murga, y por otro lado el intimista y silencioso Aproximación a la idea de desconfianza, un montaje concentrado de una hora escasa, basado en la experiencia de un accidente automovilístico vivido en sus propias carnes por el autor. Este último montaje calificado por Rodrigo García como “una especie de misa” en las antípodas de la violencia escénica que caracterizan sus propuestas denota una voluntad del autor de indagar en otras formas de evocar la violencia del mundo y la indiferencia con la que ésta se extiende.

El otro momento álgido del festival fue sin lugar a dudas la adaptación por el director polaco Krzysztof Warlikowski de Angels of America I,II, la obra emblemática del teatro norteamericano de los 80, escrita por Tony Kushner en torno al desarrollo de la pandemia del sida bajo la presidencia Reagan. La depurada puesta en escena se centra en la denuncia del antisemitismo, del conservadurismo religioso y de la homofobia a través de unos personajes que más allá de su flaquezas, hipocresías o traiciones se caracterizan por su profunda humanidad. Una humanidad que Warlikowski consigue plasmar en un montaje donde la emoción se mantiene siempre viva a pesar de las seis horas que dura casi el espectáculo. Los personajes caen enfermos ante nosotros, luchan y se desesperan solos ante la muerte abandonados por sus íntimos amigos, mientras éstos buscan el refugio contra el dolor en la oscuridad de algún parque, pidiendo a gritos que les contaminen a su vez. Otros salen del armario o al contrario se niegan a hacerlo, a pesar de la evidencia y el progreso de la enfermedad, como el abogado Roy Cohn. Un personaje que existió realmente: fue el brazo derecho de Mc Carthy en su cruzada anti-comunista, mandó a la silla eléctrica a la pareja de los Rosemberg por supuesta colaboración con la URSS y negó su homosexualidad hasta su muerte en 1986, víctima del sida. Aunque el director no modifique la ubicación de la obra mediante una transposición directa a la realidad polaca, la actualidad del texto de Kushner se hace evidente de cara a las horas negras por las que pasa actualmente Polonia bajo el mandato retrógrado, racista y homófobo de los hermanos Kaczinsky contra los que Warlikowski dirige un ataque al rojo vivo que confirma la validez de un teatro de combate y denuncia que no abandona ni la exigencia ni la inventividad artística.
Henri Belin/Susana Arbizu.
Todas las fotos son de Christophe Raynaud de Lage/Festival d'Avignon
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