| RELATO: LOS TRISTES |
|
|
|
| Escrito por Javier A. Alvarado | |
| sábado, 29 de marzo de 2008 | |
Siguiendo con este nuevo apartado de la sección cultural de Eutsi dedicada a la creación, publicamos hoy una entrega de Javier A. Alvarado titulada Los tristes.Como todos los años los Tristes se arremolinan, sin resuello, casi sin respiración en torno a la encina del Nacedero a la espera de noticias: el oráculo no tardará en hablar. Mientras (algunos beben coca-cola, otros se emborrachan con ese aguardiente tosco de avena) el ambiente se carga de electricidad, como las nubes, como los soldados antes de entrar en batalla. Quizás pudiera parecerlo, pero no es, desde luego, el preámbulo de un espectáculo; no al menos como nosotros conocemos tales actos. Es decir, no hay escenario, más o menos claro más o menos diáfano, donde ocurra la acción, y un patio de butacas donde el público pueda observar lo que ocurre. Aquí los actores, los pobres Tristes, escenifican su carencia, su deber amargo, al son de un presagio todos los años igual y todas las ocasiones diferente. El resto, el gentío que siembra los senderos y se extiende por el sotobosque cumple con el ritual habitual: música, la emoción, confidencias…, expectación. Por lo general el horario se cumple y cuando el sol apunta su salida, aquella liturgia ha finalizado y la gente concentrada, silenciosamente, se va retirando del lugar. Sin embargo, de vez en cuando (por ejemplo el año pasado) el relato profético se muestra radical, revolucionario. La muchedumbre, entonces, chilla eufórica como abducida por una fuerza superior e inevitable. Se renuevan en esos momentos las relaciones de los presentes: cada cual expresa sus condiciones y sus deseos y, al final del todo, pase lo que pase, en un inmenso rumor de naturaleza de difícil entendimiento, todo el mundo reunido se suma al himno que los Tristes han improvisado para la ocasión. El regreso al pueblo es rápido y vistoso. Recién amanecido, los grupos, uno tras otro, atraviesan los muros de la ciudad. Desde las almenas, los policías de guardia arrojan vino blanco sobre los caminantes, y cuando todo el mundo ha llegado y se encuentra formado en la plaza de armas, el hechicero, bendiciendo a los presentes, da por finalizada la ceremonia. Los Tristes, entonces, se retiran. Probablemente la mayoría de los ciudadanos de aquel lugar no los vuelvan a ver hasta el próximo año. O quizás sí, algún día, rondando alguna taberna lejana en pos de vino y pan. Nadie quiere ser triste, estar triste; tampoco nadie los quiere a ellos, pero todo el mundo los sabe imprescindibles: ¿quién si no daría sentido a la existencia de los otros, los felices organizados en la ficción de la Atlántida? Son los emigrantes del alma, se parecen demasiado a lo que nosotros no queremos ser, por eso los tememos, por eso los aguantamos: son la garantía de la reproducción del sistema. Javier A. Alvarado, Nov. 07
|
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
Recibirás un Boletín con nuestras recomendaciones.