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Novedad editorial:Ciudades muertas. Ecología, Catástrofe y revuelta de Mike Davis. | Novedad editorial:Ciudades muertas. Ecología, Catástrofe y revuelta de Mike Davis. |
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| Escrito por Mike Davis/Editorial Traficantes de Sueño | |
| miércoles, 14 de febrero de 2007 | |
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«Sólo una fina y transparente hoja de frágil cristal separa la civilización de su recaída catastrófica en el abismo de la historia». Ésta parece ser la afirmación central de la colección de historias que salpican la obra de Mike Davis. Apostada entre los grandes incendios de las últimas décadas (las llamas de las ciudades alemanas y japonesas en la II Guerra Mundial, las pruebas nucleares de las décadas de 1950 y 1960, Los Ángeles en 1992 y Nueva York en 2001), su mirada se aproxima a la de un forense criminal ante su próxima autopsia: ¿cuál ha sido la suerte de los grandes centros urbanos de Occidente? La respuesta obedece a la minuciosidad médica con la que se descubren aquellos fragmentos olvidados de realidad que deducen los terroríficos paisajes que caracterizan algunas urbes contermporáneas. Ciudades muertas es el resultado de este diagnóstico, una suerte de arqueología de la posible catastrofe urbana, un inventario de las innumerables huellas que amenazan con una enorme devastación social: las políticas de liquidación de los centros urbanos estadounidenses, los estallidos raciales frente a la lógica de la segregación, la aceleración de las desigualdades sociales de las ciudades globales, la contaminación nuclear de amplias zonas del planeta, la historia que llevo a los primeros ensayos de bombardeo masivo sobre poblaciones civiles y un larguísimo etcétera.
"Ciudades muertas.Ecología, catástrofe y revuelta" EXTRACTO: Revisando los sesenta (Págs.139-141)
En el sur de California, los veranos salvajes de 1960 y 1961 fueron un preludio de una serie de famosas insurrecciones juveniles: los disturbios de Watts de 1965, los llamados «disturbios-hippies» sobre la avenida de Sunset entre 1966 y 1970 y los blow-out de la escuela secundaria Eastside de 1968-1969. Aunque la manía de las carreras callejeras (drag-racings) se había desplomado considerablemente después de 1964, los desafíos al control policial por parte de los adolescentes, en la noche y en la calle, fueron institucionalizados, de forma sofisticada, en las conocidas subculturas cruising del Van Nuys Boulevard (de los chicos blancos del valle), la avenida de Sunset («hippies»), el Whittier Boulevard (de los chicanos del lado este) y mucho después, el Crenshaw Boulevard (los chicos negros). Sin embargo, ¿en qué sentido la insubordinación de los adolescentes en los años sesenta había consolidado y condicionado directamente los estallidos politizados de después de 1964? ¿Y, hasta dónde comparten algunos de los ethos o existe una sensibilidad común en estas rebeliones juveniles racialmente segmentadas?
La genealogía más dramática es la progresión en espiral de las protestas y la toma de conciencia que une los disturbios del Memorial Day de 1961 en el Griffith Park con los disturbios de Los Ángeles («Watts») de agosto de 1965. Una extraordinaria historia permanece todavía sin ser narrada. Frustrados en sus habilidades para integrar o tener acceso a la gran ciudad, la juventud negra de Los Ángeles y de otras partes de la ciudad comenzó a pelear espontáneamente por el control sustancial del espacio comunitario —una confianza que más tarde se convirtió en el programa amparado por el Black Panther Party para su «autodeterminación». Aunque, los historiadores finalmente están arreglando las cuentas con los héroes comunes y con los activistas de base del movimiento por los derechos civiles del Sur, todavía no conocemos la revolución cultural generacional de las comunidades negras del Norte, o de los otros patrones de desafío que unen la era que da comienzo a finales de los años cincuenta y a principios de los sesenta con el reciente resurgimiento revolucionario de finales de los años sesenta.
El motor real de los sesenta, tanto político como cultural, no fue el campus universitario sino el gueto urbano. Y la transformación de los jóvenes sureños al New Breed fue el evento decisivo. Por otra parte, 1961 parece un año fundamental en este proceso de autodefinición generacional. El homónimo de las protestas extremadamente organizadas del Sur fue la repentina ola de resistencia a la violencia del racismo policial en el Norte. Siguiendo los disturbios del Parque Griffith, hubo importantes enfrentamientos en Harlem (el 31 de mayo y de nuevo el 29 de julio), en Chicago (el 14 de julio después del intento de la juventud negra de entrar en una playa «sólo para blancos»), en Newark (el 27 de septiembre). En octubre, la revista derechista U.S. News & World Report afirmó que personas fueron asesinadas y 9.261 heridas en docenas de brotes en los guetos. De hecho, la revista señaló que una «epidemia » de «peleas policiales» estaba «engullendo» las grandes ciudades de la nación. Claramente, aquí hay un poderoso antecedente de la militancia negra.
La trayectoria social de los disturbios juveniles blancos y la posible contribución de éstos a la tardía emergencia de la New Left, está por supuesto lejos de ser clara. De hecho la mayoría de los historiadores de los años sesenta ignoraron la ola de malestar de los adolescentes que tanta ansiedad generaron entre los jefes de policía y los profesionales anticomunistas a comienzos de la década. Los pocos que reconocen una premonición en las revueltas se enfocan típicamente sobre los disturbios del Newport Jazz de 1959 o evocan a los «prósperos adolescentes» que «coqueteaban con la parte inofensiva de la cultura de la delincuencia».
Pero el hot-rod y los disturbios en las playas del sur de California involucraron, en su mayoría, a un estrato social de la juventud diferente al de los colegios Ivy League en Newport o de la típica multitud de las vacaciones de verano de ayer y de hoy. La publicación que señalaba los arrestos confirmó la percepción coetánea de que los adolescentes y los adultos jóvenes que pelearon con la policía en El Cajon Boulevard en 1960 o en El Valle Boulevard en 1961 eran de los barrios y periferias de la clase trabajadora. Asimismo, lo más probable es que la multitud rebelde de la Zuma Beach haya estado dominada por los jóvenes de las monótonas urbanizaciones del Valle de San Fernando y de los barrios de la llanura de Los Ángeles, no de las bonitas casas de Malibú. Mi propio recuerdo del tiempo es de una tensión casi insoportable y claustrofóbica entre la percepción de los mundos adolescentes de Cockaigne y la realidad de crecer dentro de la clase trabajadora. Mis amigos y yo estábamos fascinados con los beatniks, los surfers, los easy riders y otros espíritus libres que parecían vivir un verano interminable de aventura libidinal sin las restricciones del trabajo después de la escuela, la conscripción y el futuro preprogramado en las mismas rutinas de nuestros padres y madres.
El anticipo de la utopía en las noches de viernes de la escuela secundaria, posibilitaba que el hecho de tener que fichar el lunes por la mañana fuera aún menos soportable. Explotábamos de celos por cada uno que vivía en una playa, pasaba sus noches en un café o asistía a una universidad de la élite. Todd Gitlin afirmó correctamente que el «mercado vendió a la sociedad adolescente sus blasones», pero no todos los que fueron seducidos por la visión pudieron ser parte de ellos.Con el espejismo de la inalcanzable cornucopia a distancia, llegó a ser urgente arrebatar a la noche más libertad, emoción y kilometraje.
En otras palabras, estoy afirmando que los disturbios de los adolescentes blancos a principios de los años sesenta fueron ampliamente impulsados por las ocultas heridas de clase con una ideología de la riqueza desmesurada: una riqueza que reinterpretamos con la ayuda de los beatniks y los surfers como la posibilidad de un espacio y un tiempo libre, más allá del programa de la sociedad fordista. Esta reinterpretación fue una semilla radical, que se hizo aún más poderosa por la carrera nuclear y el apocalipsismo de la Guerra Fría. Esta reclamación de libertad, aunque mal e incoherentemente expresada, dio dignidad y un propósito histórico a nuestras pequeñas rebeliones y, en el conflicto con la policía suburbana, generó una fuerte repugnancia hacia la arbitrariedad de la autoridad. De hecho, el antiautoritarismo orientado hacia un nuevo romanticismo de rebelión y desobediencia, fue el estado cultural vital de los años sesenta.
Y fue inevitable que los antiautoritarios de más coraje e intransigencia —de la juventud negra del gueto— se convirtieran en potentes modelos para todos los demás. Al final, la creencia paranoica de Fred Schwartz y el jefe Parker de que la rebelión juvenil blanca fue de alguna manera instigada por las sentadas del Sur y las acciones antisegregacionistas demostraba ser propiamente una profecía autocumplida. Por ejemplo, en la larga lucha contra los toques de queda y el control de las multitudes en el Sunset a finales de los años sesenta (parodiado en la película de explotación adolescente Riot on the Subset Strip), los adolescentes blancos estaban cada vez más persuadidos de que su resistencia al violento departamento del sheriff era un segundo frente de la batalla que estaba emprendiendo el Black Panther Party en el centro sur de Los Ángeles. El enfrentamiento culminante entre miles de chicos blancos y los ayudantes del sheriff en 1969 fue movilizado por un psicodélico folleto que exigía: «¡Liberen el Sunset Strip! ¡Liberen a Huey!». La batalla por la noche urbana había unido sus fuerzas a la revolución. accede a la totalidad del texto en formato pdf en el link siguiente: http://www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/coleccion_mapas/ciudades_muertas _ecologia_catastrofe_y_revuelta |
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