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03. jul 2008
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El anarquismo individualista en España: 1923-1938 PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Xavier Díez/Virus Editorial   
lunes, 08 de octubre de 2007
anarkista_indivudual.jpgEl individualismo anarquista es una corriente dentro del anarquismo que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX en Europa y EE. UU., especialmente a través de la obra de pensadores como Stirner o de Thoreau, y que vive su eclosión a finales del XIX y principios del XX con las aportaciones, entre otros, de Armand, Ryner, Warren y Tucker. Las ideas individualistas llegan a finales del XIX a España de la mano de revistas como La Revista Blanca de Federico Urales y Soledad Gustavo, y de las primeras traducciones de Nietzsche, Ibsen, Tolstoi o del propio Stirner, en un momento en que el mundo intelectual, en plena crisis por los desastres coloniales, está en un proceso de acercamiento al anarquismo, en cuyas publicaciones colaboran autores de renombre como Unamuno, Azorín o Pío Baroja. Aunque no se puede hablar de un individualismo anarquista propio en España, dada la ausencia de grandes pensadores adscritos a esta corriente de pensamiento, lo cierto es que las ideas individualistas tienen una gran presencia en el mundo libertario hispano a partir de la década de los veinte y hasta el final de la Guerra Civil. A continuación, publicamos un extracto de esta novedad de la editorial Virus.

Aun siendo siempre una corriente minoritaria, y en pleno auge del anarcosindicalismo, las temáticas propias del individualismo —el conflicto individuosociedad, la autoformación como forma de liberación, la crítica de la revolución, la crítica del industrialismo, el naturismo, el nudismo, el amor libre, la educación sexual, el antimilitarismo, el anacionalismo, etc.— llegan mucho más allá de los reducidos círculos individualistas e impregnan los debates de todo el movimiento anarquista, ya sea provocando rechazo o adhesión. El individualismo no llegará a contar en España nunca con ningún tipo de estructura organizativa propia, y se organizará a partir de grupos de afinidad reunidos en torno a entidades como el Ateneo Naturista Ecléctico y Els Amics del Sol, o infinidad de agrupaciones vinculadas a movimientos como el naturista, el antimilitarista o el esperantista, y sobre todo a partir de publicaciones propias como Ética, Iniciales, Al Margen o Nosotros, o afines como La Revista Blanca—en su segunda época— o Estudios; todas ellas con una importante labor de traducción de los pensadores europeos y norteamericanos, y de edición de libros divulgativos.

El individualismo anarquista tendrá en España una importancia cultural de primer orden, y buena parte de sus ideas y cuestionamientos siguen teniendo una gran importancia a la hora de reflexionar sobre un futuro de libertad y justicia para toda la humanidad.

         

EXTRACTO: ASPECTOS PRELIMINARES/UNA MALETA PERDIDA...

En los primeros días del gélido febrero de 1939, en plena retirada del Ejército republicano de Cataluña, entre la interminable columna de centenares de miles de civiles que trataban de atravesar la frontera francesa, un hombre afligido, de edad avanzada, a quien las fuerzas comenzaban a abandonar, decidió deshacerse de la mayor parte de un voluminoso y pesado equipaje. Miguel Giménez Igualada, que pocos meses antes había sido el director de la última revista anarquista individualista, que había editado y prologado la última edición española de la biblia del individualismo El Único y su propiedad, de Max Stirner, excavó un agujero, bajo un árbol, y enterró una maleta cargada de libros y escritos inéditos, con ideas, reflexiones y pensamientos que había acumulado en unos últimos años prolíficos e inspirados. Pocos días antes, en Barcelona, los cargó a toda prisa con la esperanza de salvarlos del fuego seguro a que los condenarían los novios de la muerte y enemigos de la inteligencia. Aquella mañana de invierno creía que cuando hubiera pasado la tormenta de la historia, cuando regresara el buen tiempo, los podría recuperar. Muchos años después, hacia la década de los setenta, murió en su exilio francés sin poderlos volver a ver. Todavía hoy, hasta la fecha presente, no consta que nadie haya encontrado ninguna maleta cargada de libros y escritos, a nuestro entender, enormemente valiosos para poder entender unas ideas y una época que trataron de ser borradas de raíz.

El autor de esta investigación escuchó esta anécdota, una tarde, también fría, de diciembre, pocos días antes de una nevada que cubrió de blanco, efímeramente, los tejados de Barcelona y media Cataluña. Era un miércoles y nos disponíamos a grabar un programa radiofónico más de la tertulia histórica La Memoria Silenciada en unos precarios estudios ubicados en la Plaza Real. El tema sobre el cual debíamos hablar era sobre el papel de los Ateneos en la difusión de la cultura en la Cataluña de las décadas de los treinta. Cuando ya se había iniciado la grabación, con las intervenciones del historiador Francisco Madrid y el crítico teatral Francesc Foguet, acompañado de Manel Aisa, presidente del Centre de Documentació Històrico-Social de Barcelona, apareció un tercer invitado de quien había oído hablar. Con la respiración entrecortada por los interminables peldaños de una escalera que conducía a la emisora y la niebla producida por el espeso humo de tabaco negro, y excusándose por el retraso, se presentó Federico Arcos.

El programa de aquel día, el único que hasta aquel momento no habíamos realizado en directo, decidimos interrumpirlo por unos minutos. Federico Arcos, que fue un militante de las Juventudes Libertarias, un veterano del movimiento que vivió con intensidad la década de los treinta, y que en la actualidad reside en Canadá, desde donde trabaja activamente en la preservación del patrimonio documental del anarquismo, hacía pocos días que había aterrizado en el aeropuerto del Prat para pasar unas semanas en la que, muchos años atrás, había sido su ciudad. Fuera de micrófono empezamos a hablar un poco de todo. Tenía muchas ganas de relatar recuerdos, vivencias y sensaciones que, en su casa, en el frío país del norte, debía administrar en dosis homeopáticas por ausencia de interlocutores interesados en sus palabras. El programa prosiguió sin más problemas que el de la prohibición tácita de fumar, en deferencia a los problemas respiratorios de nuestro invitado más veterano, testimonio vivo de lo que debían ser aquellas experiencias culturales en las instituciones ateneísticas de hacía cerca de setenta años.

Como suele suceder en estas ocasiones, lo más interesante del programa es todo lo que se dice cuando se ha acabado, cuando ya no hay cerca ningún micrófono. Ya afuera, en plena Plaza Real, me apuntó la historia que encabeza esta introducción. Algunos días después, en una conversación telefónica, me dio algunos detalles más. Él la oyó directamente de boca de su protagonista. Giménez Igualada y Arcos se conocieron en el campo de concentración de Argelès, en el invierno de 1939. En las precarias condiciones de reclusión involuntaria, con otros militantes jóvenes como Raúl Carballeira, se habían creado núcleos informales de discusión y aprendizaje en el cual el individualista iba adquiriendo una cierta aureola de maestro sabio. Debía ser en uno de aquellos atardeceres, frente al mar, cuando Arcos pudo escuchar la confidencia que, sesenta y dos años después, me trasladó en aquella noche de diciembre de 2001.


La situación actual de la historiografía sobre el anarquismo puede recordar la maleta enterrada bajo un pino de Las Alberas. No parece existir un gran interés en recuperar el patrimonio documental e histórico de un movimiento que en nuestro país resultó fuerte y potente, cargado quizá de incoherencias, complejidades y una gran multiplicidad de tensiones, y a pesar de todo, hoy olvidado... ¡o casi! No tratamos aquí de reivindicar nada perteneciente a la esfera de la política, para ello ya existen otros instrumentos. Sin embargo, en el campo estricto de la historiografía parece inexplicable e ilógico que un mundo tan extraordinario —desde una acepción despojada de valoraciones— permanezca en los limbos de la memoria colectiva, desdibujada en la proyección del pasado construida expresamente para justificar el presente. A veces, cuando se exploran las novedades bibliográficas, los textos escolares, las representaciones mediáticas del pasado o las conmemoraciones auspiciadas por las instituciones oficiales bajo el patrocinio de destacadas entidades financieras, podría parecer que el anarquismo permanece en el terreno onírico de los sueños de una noche de verano, y que los anarquistas del pasado se hayan transformado en irreales personajes, como los fantasmas indeterminados de Los Otros, la película escrita y dirigida por Alejandro Amenábar.
Una buena muestra de este menosprecio por un tema que, tácitamente, es visto como menor es la gran indiferencia oficial respecto del patrimonio documental y archivístico del anarquismo histórico, la mayor parte del cual, especialmente el que hacer referencia al siglo XIX, se ha dispersado por el extranjero, de manera mayoritaria en el IISG de Ámsterdam o en el CIRA de Lausana, o en archivos particulares como los de Federico Arcos, en Canadá, sin que hasta ahora haya constancia de un interés inequívoco por parte de las autoridades culturales y académicas de nuestro país para reclamarlo o, como mínimo, digitalizarlo de manera sistemática.

El anarquismo, aunque sea desde un terreno estrictamente cultural e historiográfico, es contemplado con prejuicios y suspicacias. Existe un imaginario invisible que convierte este movimiento y filosofía en una caricatura en la cual se mezcla irracionalidad, primitivismo, retraso económico, subversión y violencia, y hace de todo aquel que se aproxima, aun motivado por un interés estrictamente científico, en sospechoso.

Si esto pasa con el anarquismo en general, ¿qué podemos decir cuando se investiga una de sus corrientes minoritarias, que por otra parte levanta suspicacias entre buena parte de la militancia libertaria? Evidentemente implica, en expresión afortunada de Àngel Duarte, caer en la heterodoxia dentro de la heterodoxia2, por lo cual, si añadimos a los anarquistas la condición de perdedores de los perdedores, podría parecer que esta investigación venga motivada por un interés investigador sobre experiencias marginales.

Nada más lejos de las intenciones de quien suscribe este libro. No existe ninguna curiosidad morbosa, ni ningún interés sospechoso por los marginados de ayer y hoy. Hay más bien la vocación convencional de cualquier historiador de rescatar una historia —de interés y utilidad para el individuo y la colectividad— del olvido del pasado. En este sentido, desde que, hace seis años, inicié este trabajo, mi intención ha sido encontrar aquel pino de las Alberas, desenterrar la maleta, abrirla y devolver su contenido a su legítimo poseedor, es decir, a la comunidad cultural —desde una acepción amplia de la expresión— de la cual todos formamos parte. La metáfora de la maleta perdida del viejo individualista describe con precisión todo el proceso llevado a cabo en los últimos años. Buscando y reuniendo textos diseminados por archivos diversos, tratando de ordenarlos, organizarlos y de darles coherencia hasta poder reconstruir su discurso, y finalmente poniéndolo a disposición de un público, gran parte del cual ignora que haya existido jamás ninguna maleta, ningún individualismo anarquista, ningún Giménez Igualada, o que ni siquiera exista nadie como Federico Arcos, quien, desde el gélido Canadá, trata de preservar los documentos y la memoria de una historia enterrada.

He planteado esta investigación como una historia de las ideas, de recuperación, reconstrucción y análisis de un discurso concreto, el del individualismo generado en los medios anarquistas, en el contexto de una cultura política intensamente activa en la cronología propuesta. Pero... ¿qué son las ideas? Las ideas lo son todo, son como el agua para los peces, puesto que constantemente nos movemos entre ellas, y son ellas las que condicionan nuestras vidas y nuestras formas de pensar, de actuar y de responder ante los problemas que debemos resolver cotidianamente, a pesar de que difícilmente llegamos a ser conscientes de su presencia. Si en la actualidad no resulta difícil percibir cómo la ideología dominante condiciona, en buena parte, nuestra forma de gestionar nuestras reacciones, emociones y actitudes desde los mínimos gestos cotidianos hasta los asuntos más trascendentes, ¿cómo podemos obviar que ideas y valores condicionaban estrechamente las vidas y los comportamientos de la gente en un pasado relativamente reciente? Si hoy sabemos de la existencia de personas que plantean sus vidas de una manera muy diferente a los convencionalismos comúnmente aceptados, por su creencia en ideas y valores alternativos, resulta lógico, hace setenta años, que ideologías alternativas y heterodoxas llegaran a influir entre personas próximas a los ambientes en los cuales se generaban. O que incluso las ideas del pasado hayan permanecido en el substrato de muchas conciencias e influyesen, posteriormente, en la forma de pensar y actuar de muchas personas.

Es más, las ideas, como Marx sugería, pueden transformar la realidad. La publicidad es quizá, una de las profesiones que consiste en aplicar este principio, con la intención de condicionar nuestras decisiones cotidianas. Sin embargo, y más allá de frivolidades, cualquier persona con un mínimo de perspectiva temporal ha podido asistir a profundas transformaciones en los ámbitos más íntimos de la existencia. Por ejemplo, aunque de alguna manera relacionado con la investigación que hemos desarrollado, ha habido suficiente con una generación para asistir a la evolución revolucionaria de la concepción sobre la sexualidad, a lo largo del último tercio del siglo XX, pasando de un cierto ascetismo cínico y represivo, a una permisividad y desacralización sexual intensa. Las ideas han jugado aquí un papel más importante que los avances técnicos en la contracepción. El planteamiento de la existencia como un espacio temporal limitado desde el cual hay que disfrutar hedonísticamente, acompañado de una coyuntura política y social favorable, desplazó el planteamiento moral más estricto que el nacionalcatolicismo franquista había tratado de imponer, a veces con demasiado éxito. Un proceso inverso, en cambio, sucede en diversas sociedades como las del Magreb. La influencia de unas escuelas religiosas rigoristas, provenientes del Golfo Pérsico, acompañada de una coyuntura de crisis generalizada del modelo social y político, está permitiendo una orientación reaccionaria, según la cual la sexualidad no pertenecería a la esfera individual, sino que pasaría a ser el patrimonio exclusivo de una presunta divinidad. Los contraceptivos existen, sin embargo son las ideas y creencias las que guían la actuación humana.

La historia, en sí misma, como conocimiento erudito y aislado de la realidad presente, no nos sirve. Solamente funciona en tanto que existe la actualidad con el ahora y aquí, que se relaciona directa o indirectamente con nuestras vidas, de la misma manera que nuestras decisiones actuales condicionan el futuro individual y el colectivo. Una historia de las ideas resulta útil para comprender mejor la complejidad del pasado, y por tanto es una herramienta útil también para el presente. Nuestro planteamiento es éste: tratar de describir y analizar unas ideas, surgidas en un contexto determinado, que viven en unas condiciones difíciles y que realizan aportaciones —como veremos— nada despreciables para una mejor comprensión del presente.

Una investigación como la realizada aquí se convierte fácilmente en un especial ejercicio didáctico. Sirve de aprendizaje intenso a quien la realiza, no solamente porque permite descubrir un universo desconocido, abrir la maleta metafórica con la cual encabezábamos este capítulo y extraer enseñanzas olvidadas del pasado, sino —y sobre todo— porque, gracias al propio proceso de investigación y reflexión, se favorece la adquisición de una nueva perspectiva, con matices más contrastados, en la mirada sobre cualquier otro fenómeno, más allá de las coordenadas espacio-temporales. De la misma manera, quien suscribe este trabajo espera y aspira a que los lectores no solamente puedan obtener información sobre una realidad poco conocida, sino que adquieran elementos de reflexión que les permita una mejor resolución visual y analítica sobre el presente. Una investigación de estas características enriquece personalmente a quien la realiza. Espero y aspiro a compartir esta riqueza con los lectores.

La historia debe velar siempre por el rigor, aunque jamás pueda ser neutra. Esta última afirmación no está únicamente motivada por el hecho de que esta frase es una de las primeras que se aprendía en las asignaturas de introducción a la historiografía, sino porque ni los actores históricos ni los historiadores ni los lectores lo pueden ser nunca. Todos tenemos nuestra pequeña o gran historia personal, vivimos situaciones trascendentes o intrascendentes que acaban marcando su ubicación social y moral, y por tanto, acaban condicionando la lectura de los acontecimientos. Y ésta es una regla a la cual nadie puede sustraerse. Únicamente mediante la adquisición de una buena cultura y una actitud abierta ante la complejidad del mundo que nos rodea podemos llegar a ser más o menos empáticos, o disponer de suficiente flexibilidad para comprender puntos de vista diferentes, o apercibirnos de una realidad llena de matices. Una de las utilidades de los análisis de discurso es ésta. Tratar de recuperar, y quien dice esto, dice también dignificar una cultura y un mundo intelectual hoy tan enterrado como la maleta del viejo Giménez Igualada supone un pequeño gesto de participación en la reivindicación intelectual de una temática y unas ideas olvidadas.

El anarquismo, en nuestro país, fue muchas cosas, algunas enriquecedoras, otras no tanto. Todos los fenómenos históricos poseen luces y sombras. Lo que no puede negarse en absoluto es la importancia de la cultura, el pensamiento y la riqueza del mundo intelectual surgido en su seno. En este sentido, esta investigación se enmarca en un conjunto de trabajos, aparentemente no demasiado conectados entre sí, aunque parten de principios similares: la recuperación y relectura, sin prejuicios, de los múltiples aspectos de un anarquismo que cuestionó seriamente el orden sobre el cual se fundamentaba la sociedad, obras y libros que comentaremos en otro apartado de este mismo capítulo y que, de la misma manera que nuestras intenciones, han desenterrado unas cuantas maletas cargadas de libros, ideas y valores.

                         

Xavier Diez

El anarquismo individualista en España

(1923 – 1938)

ISBN 978-84-96044-87-6 | 392 págs. | 20 euros

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