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viernes
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La verdadera historia de la Catedral de Vitoria Gasteiz PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Ibarrondo Portilla   
lunes, 17 de abril de 2006

La catedral de Vitoria Gasteiz, actualmente en fase de restauracion, es uno de los reclamos turísticos más importantes de la Comunidad Autónoma Vasca. Citada incluso por el inefable Pablo Cohelo en su ultima novela.

Descubre en es este texto la verdadera historia de su rehabilitación y la importancia de su propuesta para el desarrollo del capitalismo mundial.

LA CIUDAD INACABADA Y EL MOVIMIENTO PERPETUO

Una vez que el capitalismo convirtió en cemento la riqueza nacional, cemento y turismo se convirtieron en los dos pilares básicos de la economía española.

La mayor parte de los grandes capitales, capitales medianos y capitalitos se petrificaron: se convirtieron en piso urbano, adosado, carretera, autopista, espigón… La movilidad humana sin objeto preciso, es decir el turismo, concitó una buena parte de ese capital pétreo y así se iniciaron grandes obras de rehabilitación monumental para atraer ese flujo móvil, nacional e internacional.

Pero llegó un momento en que la superficie peninsular resultó insuficiente para tanto cemento y por tanto peligraba la consecución de rentabilidad, de beneficios. Para mantenerlos era necesario un crecimiento sostenido de la petrificación masiva.

En una pequeña ciudad del sur de Europa surgió la solución. Todo sucedió, como tantas veces surgen las grandes ideas, un poco de casualidad. Los prebostes ciudadanos encaraban por aquel entonces la rehabilitación del casco histórico y en pleno centro de aquella amalgama de calles estrechas se elevaba la catedral. Era una magnifica catedral, gótica en su mayor parte, pero con elementos más antiguos y también posteriores. No tenía la coherencia estructural de otras catedrales europeas pero sí un cierto interés histórico y una belleza un tanto inarmónica, como a trozos. Un bello pórtico con un conjunto escultórico notable estaba enmarcado por ejemplo por robustos y toscos muros defensivos. En fin que no era la catedral más bonita de Europa, pero al fin y al cabo era la única que tenían y restaurarla parecía inevitable.

Por tanto se contrataron arquitectos de probada experiencia para que evaluasen la futura rehabilitación y decidieran la mejor manera de efectuarla. Estos técnicos, sin embargo, llegaron a una conclusión desoladora. La catedral era sencillamente imposible de arreglar. Los daños en su estructura eran demasiado grandes como para poder solucionarlos. El edificio estaba inevitablemente destinado a derrumbarse. Lo único que quizá se podía hacer era tratar de alargar la agonía de sus pilares enfermos y aún eso resultaría extremadamente caro.

La contrariedad de los funcionarios e inversores fue inmensa. Para todos resultaba evidente que sin la catedral la rehabilitación del centro histórico quedaba coja. Había muchos millones en juego y todo podía irse al traste. Llamaron a los técnicos que habían hecho el informe y les dijeron: Nos da igual lo que digáis, la catedral tiene que ser rehabilitada. Los arquitectos y demás artífices se reunieron entonces en cónclave y, tras varios días de encierro, salieron con una idea. Se trataba de una idea que no sólo iba a salvar la situación sino que con el tiempo supondría una solución a la crisis global del capitalismo.

Tras estrujarse mucho las meninges, un joven aparejador aficionado a la lectura, cosa extraña en su gremio, rescató de su memoria algo que había leído hace mucho sobre el movimiento perpetuo. Según creía recordar, allá por el siglo XVIII fueron muchos los investigadores e ilustrados que construyeron extraños artilugios, aparatos destinado a conseguir un movimiento constante e inacabable. A su memoria vinieron antiguos grabados que representaban curiosos aparatos de metal por donde circulaban esferas a velocidad constante, planos donde se trataba de evitar cualquier rozamiento, disminuirlo y compensarlo para conseguir un movimiento infinito. El joven sabía que conseguirlo era imposible, tarde o temprano el movimiento terminaría si no se aportaba nueva energía. Pero aquel recuerdo le llevo a pensar en que quizá era posible una rehabilitación continua, que lo importante no era el objetivo de la obra sino la obra en sí, es decir los beneficios que producía a los inversores. Sin embargo había una pega evidente, era necesario vender la operación, hacerla rentable no sólo económicamente sino también atractiva para el turismo. De otra manera sería difícil justificar la inyección de dinero público que es lo que a fin de cuentas hacía atractiva la obra de rehabilitación para los inversores. Entonces se acordó de los jubilados. ¿Quién no conoce la atracción que sienten los jubilados por las obras? ¿Quién no ha visto a un grupo de viejitos contemplando las evoluciones de las grandes máquinas que se utilizan en la construcción? Teniendo en cuenta el cada vez mayor peso específico de la tercera edad en el total de la población, tanto en términos cuantitativos como en disponibilidad de tiempo, ¿no sería factible convertir una obra pública en atractivo turístico? Al principio la idea le pareció descabellada pero, cuanto más vueltas le daba más ventajas le veía. Estaba todavía lejos de entender las implicaciones futuras de su idea; como tantos genios no era capaz de prever el uso que de su idea harían el resto de los mortales. Todos hemos oído hablar del disgusto de Einstein cuando se enteró de la primera explosión nuclear en, salvando las distancias este joven aparejador se iba a sentir de igual manera al darse cuenta del uso generalizado de su ocurrencia. Mucho antes de que eso sucediera hubo que convencer a políticos y capitostes de la bondad de la iniciativa. Al principio se mostraron recelosos pero al darse cuenta de que no tenían otra alternativa aceptaron el plan a regañadientes.

Aquello fue un éxito, los turistas acudían a contemplar la obra tanto o más que si se hubiera tratado de una catedral completamente rehabilitada. Salían encantados después de departir con los operarios y guías turísticos. Los inversores invertían, se creaban puestos de trabajo, el dinero fluía sin cesar… La idea de Obra Inacabable tenía también ventajas secundarías aunque no irrelevantes, por ejemplo era posible contratar a los obreros y técnicos con contratos de fin de obra ¿qué inspector iba a negar que aquello era una obra? Una obra interminable tal vez pero obra al fin.

El concepto de Obra Inacabable derivó en otro más amplio, la Ciudad Inacabable o la Ciudad en Obra Continua. Zanjas que se abrían, cerraban y se volvían a abrir sin descanso para introducir tubos, cables, conductos, tuberías, hilos, túneles… Paredes construidas enfermas de aluminosis que pronto había que derribar. Edificios en los que aparecían grietas con las primeras lluvias. En las zonas sísmicas se construía con cimientos endebles lo que provocaba la caída en masa de urbanizaciones que eran de nuevo construidas. Se empezó a construir de preferencia en lugares donde fuera previsible que tendrían lugar avenidas de agua catastróficas. Los incendios destruían sobre todo los grandes rascacielos sin que nadie se explicara muy bien la causa. En algunos lugares se bombardeaban ciudades enteras con el único objetivo de reconstruirlas después. Lo mismo sucedía con las carreteras que se convertían en autopistas o las líneas férreas que se trasformaban en vías de alta velocidad aunque en muchos casos no hubiera necesidad de estos cambios. O mejor dicho, con la necesidad de mantener el movimiento perpetuo de la economía lítica. También el turismo se adaptó a la nueva situación y apareció lo que se llamó turismo de aventura, o incluso turismo de guerra y de catástrofe ¿qué puede haber más emocionante que ver una ciudad en llamas, como ya sabía Nerón, o contemplar, no ya las ruinas de Pompeya, sino la destrucción en vivo y en directo de una ciudad por la colada roja de un volcán?

De la misma forma que la catedral en perpetua rehabilitación no podía ser definitivamente reconstruida, la sociedad de la edad de piedra era una enferma incurable.

Dédalo, que así se llamaba nuestro joven genio, sabía muy bien que el movimiento perpetuo es imposible porque siempre hay una pérdida de energía en un sistema móvil por inapreciable que parezca, siempre hay un rozamiento que vencer. De la misma forma él sabía que a la larga la sociedad de la edad de piedra, como la catedral, acabaría derrumbándose. Su único consuelo era pensar que gracias a su idea tal vez la caída se retrasara lo suficiente como para que no le sorprendiera debajo.

 
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