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Pero la
noticia publicada por el diario Estado de Sao Paulo va más lejos al desnudar la
forma de operar de los militares. El general que dirige la ocupación de la
favela Morro da Providéncia por 200 soldados, William Soares, comandó la 9a.
Brigada de Infantería Motorizada en Haití. Los soldados instalaron
ametralladoras en "la única plaza de la comunidad, transformada en base
militar", que fueron retiradas para facilitar el diálogo con la población. En la
reunión con la Asociación de Pobladores, el general Soares "prometió obras,
fiesta de Navidad con distribución de regalos para los niños, colonia de
vacaciones, proyección de filmes, atención médica y sanitaria".
Según informó el diario, "en contrapartida el Ejército
está recogiendo informaciones sobre la favela y sus habitantes. Los militares
filmaron y fotografiaron la reunión y todo el movimiento de las tropas".
El general Soares realizó todas esas promesas para "aplacar la revuelta
de los líderes comunitarios contra el proyecto social previsto para la
favela".
Los pobres urbanos como amenaza
El urbanista estadounidense Mike Davis analiza las periferias
urbanas desde su compromiso con el cambio social. Una sola frase sintetiza su
análisis: "Los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo
escenario geopolítico decisivo" [2]. Asegura que los estrategas del
Pentágono están dando mucha importancia al urbanismo y la arquitectura, ya
que esas periferias son "uno de los grandes retos que deparará el futuro
a las tecnologías bélicas y a los proyectos imperiales".
En efecto, un estudio de las Naciones Unidas estima que mil
millones de personas viven en las barriadas periféricas de las ciudades del
tercer mundo y que los pobres de las grandes ciudades del mundo trepan a dos
mil millones, un tercio de la humanidad. Esas cifras se duplicarán en los
próximos 15 a 20 años, ya que el crecimiento de la población mundial se
producirá íntegramente en las ciudades y un 95% se registrará en los
suburbios de las ciudades del sur [3].
La situación es más grave aún de lo que muestran los números:
la urbanización, como señala Mike Davis, se ha desconectado y autonomizado de
la industrialización y aún del crecimiento económico, lo que implica una
"desconexión estructural y permanente de muchos habitantes de la ciudad
respecto de la economía formal". Por otro lado, observa que "en la
última década los pobres—y me refiero no sólo a los de los barrios clásicos
que mostraban ya niveles altos de organización, sino también a los nuevos
pobres de las periferias—se han estado organizando a gran escala, ya sea en una
ciudad iraquí como Ciudad Sadr o en Buenos Aires".
En América Latina los principales desafíos al dominio de las
elites han surgido del corazón de las barriadas pobres: desde el Caracazo de
1989 hasta la comuna de Oaxaca en 2006. Prueba de ello son los levantamientos
populares de Asunción en marzo de 1999, Quito en febrero de 1997 y enero de
2000, Lima y Cochabamba en abril de 2000, Buenos Aires en diciembre de 2001,
Arequipa en junio de 2002, Caracas en abril de 2002, La Paz en febrero de
2003 y El Alto en octubre de 2003, por mencionar sólo los casos más
relevantes.
Más aún: las periferias urbanas se han convertido en los
espacios desde los que los grupos subalternos han lanzado los más formidables
desafíos al sistema, hasta convertirse en algo así como contrapoderes
populares. Mike Davis tiene razón: el control de los pobres urbanos es el
objetivo más importante que se han trazado tanto los gobiernos como los
organismos financieros globales y las fuerzas armadas de los países más
importantes.
Muchas grandes ciudades latinoamericanas parecen por momentos
al borde de la explosión social y varias de ellas han venido estallando en
las dos últimas décadas por los motivos más diversos. El temor de los
poderosos parece apuntar en una doble dirección: aplazar o hacer inviable el
estallido o la insurrección y, por otro lado, evitar que se consoliden esos
"agujeros negros" fuera del control estatal donde surgen los
principales desafíos a las elites.
Las nuevas estrategias militares
Las publicaciones dedicadas al pensamiento militar, así como
los análisis de los organismos financieros, dedican en los últimos años
amplios espacios a abordar los desafíos que presentan las pandillas, y a
debatir los nuevos problemas que plantea la guerra urbana. Los conceptos de
"guerra asimétrica" y de "guerra de cuarta generación"
son respuestas a problemas idénticos a los que plantean las periferias
urbanas del tercer mundo: el nacimiento de un tipo de guerra contra enemigos
no estatales, en el que la superioridad militar no juega un papel decisivo.
William Lind, director del Centro para el Conservadurismo
Cultural de la Fundación del Congreso Libre, asegura que el Estado ha perdido
el monopolio de la guerra y las elites sienten que los "peligros"
se multiplican. "En casi todos los lugares, el Estado está
perdiendo" [4]. Pese a ser partidario de abandonar Irak lo antes
posible, Lind defiende la "guerra total" que supone enfrentar a los
enemigos en todos los terrenos: económicos, culturales, sociales, políticos,
comunicacionales y también militares.
Un buen ejemplo de esta guerra de espectro total, es su
creencia de que los peligros para la hegemonía estadounidense anidan en todos
los aspectos de la vida cotidiana o, si se prefiere, en la vida a secas. A
modo de ejemplo, considera que "en la guerra de cuarta generación, la
invasión mediante la inmigración puede ser tan peligrosa como la invasión que
emplea un ejército de estado". Los nuevos problemas que nacen a raíz de
la "crisis universal de legitimidad del Estado" ponen en el centro
a los "enemigos no estatales". Esto lo lleva a concluir con una
doble advertencia a los mandos militares: ninguna fuerza armada ha logrado
éxito ante un enemigo no estatal.
Este problema está en el núcleo del nuevo pensamiento militar,
que debe ser reformulado completamente para asumir desafíos que antes
correspondían a las áreas "civiles" del aparato estatal. La
militarización de la sociedad para recuperar el control de las periferias
urbanas no es suficiente, como lo revela la experiencia militar reciente en
el tercer mundo.
Los mandos militares que se desempeñan en Irak parecen tener
clara conciencia de los problemas que deben enfrentar. El general de división
Peter W. Chiarelli, en base a su reciente experiencia en Bagdad en el
suburbio de Ciudad Sadr, sostiene que la seguridad es el objetivo a largo
plazo, pero no se consigue con acciones militares. "Las operaciones de
combate proporcionarían las victorias posibles a corto plazo (...) pero a la
larga, sería el comienzo del fin. En el mejor de los casos, causaríamos la
expansión de la insurgencia" [5].
Eso implica que las dos líneas de acción tradicionales de las
fuerzas armadas, las operaciones de combate y el adiestramiento de fuerzas de
seguridad locales, son insuficientes. Se propone por lo tanto asumir tres
líneas de acción "no tradicionales", o sea aquellas que antes
correspondían al gobierno y a la sociedad civil: dotar a la población de
servicios esenciales, construir una forma de gobierno legítimo y potenciar el
"pluralismo económico", o sea la economía de mercado.
Con las obras de infraestructura buscan mejorar la situación
de la población más pobre y a la vez crear fuentes de empleo que sirvan para
enviarles señales visibles de progreso. En segundo lugar, crear un régimen
"democrático" es considerado un punto esencial para legitimar todo
el proceso. Para los mandos de Estados Unidos en Irak, el "punto de
penetración" de sus tropas fueron las elecciones del 30 de enero de
2005. En el pensamiento estratégico la democracia queda reducida a la emisión
del voto.
Por último, mediante la expansión de la lógica del mercado,
que busca "aburguesar los centros de las ciudades y crear
concentraciones de empresas" que se conviertan en un sector dinámico que
impulse al resto de la sociedad, se intenta reducir la capacidad de
reclutamiento de los insurgentes [6]. En adelante, la población pobre de las
periferias urbanas será, en la jerga militar, "el centro de gravedad
estratégico y operacional".
Este conjunto de mecanismos es lo que hoy las fuerzas armadas
de la principal potencial global consideran como la forma de obtener
"seguridad verdadera a largo plazo". De este modo, la
"democracia", la expansión de los servicios y la economía de
mercado dejan de ser derechos ciudadanos o bien objetivos moralmente
deseables para convertirse en engranajes de una estrategia de control militar
de la población o de una región del mundo, y, por supuesto, de sus recursos.
Seguridad y cooperación: dos caras
de una estrategia
Después de los atentados terroristas del 11 de setiembre de
2001, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID)
"ha jugado un rol cada vez más prominente en la Guerra Contra el
Terrorismo" [7]. Los programas estadunidenses para el desarrollo, no se
dirigen a la población que más los necesita sino a las "poblaciones y
regiones consideradas de alto riesgo", según la estrategia del
Pentágono.
Para los estrategas militares, los programas de la USAID
juegan un papel destacado "en negar refugio y financiación a los
terroristas al disminuir las condiciones subyacentes que causan que las
poblaciones locales sean vulnerables al reclutamiento por parte de los
terroristas". Del mismo modo, "los programas de USAID destinados a
fortalecer una gobernabilidad efectiva y legítima son reconocidos como
instrumentos claves para tratar con la contrainsurgencia".
La estrategia del Pentágono es buscar la seguridad para los
Estados Unidos, y para ello utiliza la "democracia" y la
"ayuda para el desarrollo" como medios complementarios de la acción
militar. El coronel Baltazar sostiene que "el desarrollo refuerza la
diplomacia y la defensa, reduciendo así las amenazas de largo plazo a nuestra
seguridad nacional al ayudar el proceso de fortalecer sociedades estables,
prósperas y pacíficas".
Parece necesario enfatizar que la cooperación internacional,
la ayuda al desarrollo y el combate a la pobreza—algunos de los eslóganes
predilectos del Banco Mundial y otras agencias financieras—son apenas
estrategias de control y subordinación de la población
"potencialmente" rebelde o resistente a los objetivos de la
multinacionales estadunidenses. El análisis del Pentágono sobre la realidad
africana, identificó según el coronel Baltazar, "las causas del
extremismo", destacando entre ellas la existencia de "grandes
poblaciones ya sea marginadas o privadas del derecho de voto y la exclusión
del proceso político como las causas claves de inestabilidad en la
región".
La democracia electoral y el desarrollo son necesarios como
forma de prevenir el terrorismo, pero no son objetivos en sí mismos. En las
circunstancias de países con estados débiles y altas concentraciones de
pobres urbanos, las fuerzas armadas son las que ocupan durante un tiempo el
lugar del soberano, reconstruyen el Estado y ponen en marcha—de modo
absolutamente vertical y autoritario—los mecanismos que aseguran la
continuidad de la dominación.
En Irak, estas políticas tienen su contracara y complemento en
la edificación de grandes muros para separar decenas de barrios de Bagdad.
Según el escritor y arabista Santiago Alba Rico, la construcción de muros en
diez barrios de la capital iraquí busca que cada vecindario se convierta en
"un armario acorazado cuyos habitantes son clasificados o abandonados en
cajones cerrados y recintos estancos" [8].
La lógica es muy simple: "Los barrios que no han podido
ser doblegados militarmente, son amurallados, precintados y abandonados a su
suerte. Zonas completas de la ciudad han sido delimitadas y segregadas con
los vecinos confinados en su interior, sometidos a controles tan férreos—de
entrada y de salida—que puede hablarse sin vacilación de una política de
ghetto".
En otras partes del mundo, no hacen falta muros de cemento
para aislar y separar los barrios periféricos. Se levantan muros simbólicos
tejidos en base a las diferencias de color, forma de vestir y modo de habitar
el espacio. Pero los resultados y los objetivos son idénticos. Los mecanismos
de control—tengan ropajes militares, sean ONGs para el desarrollo o promuevan
la economía de mercado y la democracia electoral—aparecen entrelazados y, en
casos extremos como los barrios de Bagdad, las favelas de Rio de Janeiro o
las barriadas de Puerto Príncipe en Haití, aparecen subordinados a los planes
militares.
En Brasil, por poner apenas un ejemplo, se aplican diversas
formas de control de modo simultáneo: el plan Hambre Cero es compatible con
la militarización de las favelas.
En su reflexión sobre el nazismo en su texto "Sobre el
concepto de historia", el escritor alemán Walter Benjamin asegura que
"la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en
el que vivimos es la regla". La política de Estados Unidos después de
los atentados del 11 de septiembre de 2001 se ajusta al concepto de
"estado de excepción permanente". El "estado de
excepción" -que suspende los derechos de los ciudadanos y militariza
zonas y países enteros-, se aplica de modo indistinto en situaciones y por
razones muy diversas, desde problemas políticos internos hasta amenazas
exteriores, desde una emergencia económica hasta un desastre natural.
En efecto, el estado de excepción se aplicó en situaciones
como la crisis económico-financiera argentina que eclosionó en diciembre de
2001 en un amplio movimiento social; para enfrentar los efectos del huracán
Katrina en Nueva Orleáns; para contener la rebelión de los inmigrantes pobres
de las periferias de las ciudades francesas en 2005. Lo común, más allá de
circunstancias y países, es que en todos los casos se aplica para contener a
los pobres de las ciudades.
Notas
1. Estado de Sao Paulo, "Exército admite uso de tática do
Haití em favela do Rio", 15 de diciembre der 2007.
2. Mike Davis en http://www.rebelion.org/
3. Mike Davis en http://www.sinpermiso.info/
4. William Lind, ob .cit.
5. Military Review, noviembre-diciembre de 2005, p.15.
6. Idem, p. 12.
7. Thomas Baltazar, citado en Miltary Review, ob. cit.
8.
Santiago Alba Rico, ob. cit.
El autor es analista internacional del
semanario Brecha de Montevideo, docente e investigador sobre movimientos
sociales en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor a varios
grupos sociales. Es colaborador mensual con el Programa de las Américas www.ircamericas.org
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