Dos
amiguitas de diez años se hallan frente al televisor. Llegados los anuncios,
una le dice a la otra “El otro día vi un
condón junto a los columpios” a lo que su compañera replicó “ Qué es un columpio” El chiste ilustra
la situación en la que se encuentra la infancia, transcurridos veinte años de
la “Convención de los Derechos del Niño” desatendida por unos mayores
demasiado ocupados en producir bienes de consumo y en ganar dinero, y educada
por empresas desaprensivas que les inculcan lo peor del sistema capitalista
como es el egoísmo, la competitividad, el consumo conspicuo, el despilfarro y
cuantos males aquejan la contemporaneidad. Y es que el “Juego de niños” es algo muy serio. En su excelente ensayo “Homo ludens” Huizinga pone de manifiesto
la relevancia que tienen los aspectos
lúdicos y agonales para el desarrollo armonioso de nuestra psique en cualquier
edad, pero sobre todo en la infancia.
Se sabe que “los
niños aprenden jugando” y que “si la
lección es divertida…mejor será aprendida” pero hoy se ha optado por
descafeinar tan sabia enseñanza y todo consiste en distraerles el cerebro para
mantenerles en una actitud dócil y pasiva del todo antinatural a su condición
infantil, situación en la que son mas fácilmente manipulables. Para ello, no se
escatiman medios y se pone a su entera disposición una vacua e insulsa
programación infantil repleta de publicidad explícita y subliminal que les
convierte en zombis consumistas de un mezquino e hijodeputa merchandicing
bastante caro para su poder adquisitivo y aún el de sus padres que junto a
ellos sufrirá la frustración correspondiente de no poderlo adquirir o la
decepción de ver insatisfechas sus expectativas que se esfuman en cuanto se
abre el producto… basado en personajes
de las series a los que se le ha hecho amar y desear como solo aman y desean
los niños.
Éstos, interiorizan su cruel existencia con la misma gracia del
muñeco diabólico, y dado que, no se les permite dar patadas a un balón, ni
andar en bici, ni jugar al escondite, ni a la peonza, ni al yunque, siempre
bajo la espada de Damocles que les recuerda “¡Eso no se dice! ¡Eso no se
hace! ¡Eso no se toca!” , desahogan su rabia y desesperación apretando
botones de la videoconsola. Lo que no saben los padres es que, cuando un niño
se pasa las horas matando bichos, o cuando aplaude como Terminaitor pega un
tiro en la cabeza a un Cyborg, en verdad como dicen los expertos en
psicopatologías, lo que está haciendo es asesinar simbólicamente a sus padres
sobre quienes ha acumulado un largo resentimiento por haberle abandonado al
cuidado hostil de niñeras mecánicas que le han mantenido prisionero del lado
oscuro de la tecnología, y le han originado lo que se conoce como “Síndrome de separación afectiva”.
Ya no son los juguetes los que cobran vida por las noches como en “El soldadito de Plomo” sino los propios niños que inquietos entre tantos medios electrónicos ordenadores, mandos, móviles, Mp3, cuya radiación y campos magnéticos alteran sus sueños, abren los ojos y deambulan emulando al héroe de la catana, o el cortador de cabezas, por las habitaciones sopesando a qué van a jugar mientras sus padres duermen.
Nicola Lococo
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