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miércoles
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MADRID EN CÍRCULOS CONCÉNTRICOS. Juntos pero no revueltos. Organizados en el caos. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Javier Alonso Alvarado   
miércoles, 28 de febrero de 2007

Pongamos que el centro, el chisporroteo creador, está en la calle Ayala, no por nada, sino porque allí tengo amigos que me recogen y que me permiten dilucidar sobre este trascendente asunto. En ese lugar el ruido es magnífico, es decir, terrorífico pero corto. Te desayunas entre Gucci y Maximo Putti y te saludan jóvenes exquisitas. El portero es simpático y solemne, y hace gestos y parabienes cuando pasas, sales o entras de la casa. En este barrio todo es brillante, desde los señores que pasean con el periódico su única ocupación (preocuparse vagamente de cómo van sus rentas) y que aparecen como viejecitos tiernos y solidarios, cultos y dignos; hasta las señoras, casi todas profesoras retiradas y dignas esposas y viudas, que son hermosas aunque viejas, y que todavía poseen un andar elegante y distinguido. Las jóvenes comen poco y están guapísimas, y si te cruzas con ellas en la calle te miran como cuando se caen los ángeles de los árboles y no se hacen daño. Ellos acompañan a ellas y brillan con la luz prestada de Apolo: son deslumbrantes y divinos.

                 

Todo funciona bien, la gente es responsable y educada. La luz es magnífica, y las farolas, y los bancos, y hasta las mierdas de los perros… También tienen pobres (bastante bien vestidos y nada malencarados) abonados a sus esquinas más prominentes.

La mierda, compañeros, va por dentro; y mucha, los ricos generan extensos detritus que, como queda dicho, se enmascaran con eficiencia.

                             

Sigues caminando y, probablemente sin darte cuenta, atraviesas la línea, la marca que alumbra un nuevo mundo; suelen definirlo como nueva barriada. Acabas de saltar a un nuevo círculo, y ahora ya, vayas donde vayas, respires donde respires, siempre será hacia abajo. En el ambiente habrá menos luz, y como siempre solamente nos salvarán los parques y los árboles gigantes.

                            

Claro que esto es una visión quizás demasiado arquitectónica de la vida y de los sentimientos.

Sí, quizá debiéramos hacer una reflexión más biologista de todo esto: hablar de personas genéticamente competentes, tristes y solidarias que se mezclan, más o menos, aunque sólo sea en algunos restaurantes, en el fútbol o en las fiestas populares de figurar.

Es decir, no hablar ya de círculos concéntricos, exclusivamente organizados, sino de una especie de plasma social de libre circulación (sic) que entretiene eficazmente nuestro tránsito por el mundo. Que alimenta nuestros cuerpos y sacia nuestra vanidad: el pan, el circo y la promesa de lo inalcanzable.

                                            

Biología y Progreso social juntos de la mano por el bien de la Humanidad…

Roto, pues, el mito del progreso social, la cuestión es saltar al terreno de juego de la vida y conseguir un dorsal, cual fuere, y así, al menos saberte atado, mejor, conectado a la realidad que vale, la que todos entendemos, la de la televisión.

Sin embargo, la realidad, tozuda y reaccionaria, se muestra todavía poco receptiva y se cierra, a veces, a cal y canto ante las bellezas del Fin de la Historia…

Veamos, una larga y excéntrica avenida de memorable nominación nos desembarca en un pozo de sol y sombra en cuyo extremo más plácido y estratégico se distingue un grupo de policías. No cabe duda, sin quererlo, hemos atravesado otra línea; un nuevo círculo concéntrico, muy mal trazado, que dibuja una nueva versión de la Libertad capitalista.

                             

Los jóvenes toman el sol en la plaza (y también toman drogas y cervezas de litro) mientras hablan de chochitos, chupas y últimas versiones piratas del nintendo. Uno de los policías habla a grandes voces con una puta coja y con un ojo morado de reciente creación, y sus gritos se mezclan con el rumor de un portón recién abierto que trae los ecos rumberos de los himnos de los gitanos evangélicos que salen de su sesión semanal de fe.

Y las putas, la pasma, los gitanos, la juventú y la gente (blanca, negra y de todos los colores) va y viene con sus coches, sus motos y la correspondiente dosis de ansiedad

que nos hace a todos hijos del mismo dios, del mismo dueño americano; aunque éste hable suagili, español, árabe o chino mandarín.

                            

Los autóctonos, los mismos que comíamos tortilla de patata y sopa de ajo para cenar todos los días, somos aquí gente escasa, pues vendimos, ya hace tiempo, nuestros pisos de proletarios y nos fuimos a otros barrios a cenar salchichas y hamburguesas como buenos señores trabajadores.

Como queda dicho, aquí también hay plaza, árboles y luminarias (todo en pequeñito), y en grandes cantidades basura, miedo, explotación y, pese a todo, grandes dosis de esperanza.

Un indio aymara, de mediana edad, de sport, empuñando un megáfono de mano, encaramado a una de las mesas de las terrazas de los bares de la plaza, habla con vehemencia ante un grupo de gente cada vez más grande: “estamos hartos de oír hablar de identidades, de choques o encuentros de civilizaciones en las bocas de políticos profesionales o de los misioneros no gubernativos; estamos hartos de esas palabras que nuestra gente no entiende, mientras en el día a día se da por bueno lo que nosotros sí entendemos y de lo que sí que nos interesa que sea debatido: que trabajamos doce horas o más por sueldos miserables; que muchas veces somos humillados, y no sólo por empleadores; que eso tiene un nombre: explotación; y que combatirlo, hermanos, se llama lucha de clases”.

                            

La verdad, la belleza, la perfección y sus respectivos antónimos viajan transversalmente del centro a la periferia y viceversa: siempre hay algo más bello hacia arriba, y algo más terrible hacia abajo; y en todos los estados, en todos los círculos concéntricos, siempre hay alguien enrollado a un trapo de colores que pretende ante su comunidad escaparse a la dictadura del destino del capital: los propietarios del honor. Individuos que conjuran la realidad y que pretenden hacer inteligible el caos. Que reconocen al hombre como despiadado lobo entre lobos y sacralizan los mordiscos, los empellones y la muerte en difíciles y aprendidas tradiciones y liturgias.

                    

Madrid en círculos concéntricos: hombres y mujeres tipo ascensor que pisan el ciemo y las estrellas y se creen dueños de sus viajes, sus éxitos y sus caídas.

Madrid, avenida de sueños que corren a velocidad tasada y con fecha de caducidad.

No obstante, este maremágnum tan escrupulosamente organizado tiene sus pérdidas, sus pequeñas reyertas de sentido. De hecho, en todos los círculos hay psiquiátricos para los despistados, y en casi todas las terrazas poetas que escriben con dolor de cabeza frases como “asesinos de la ternura” “alberos de besos y cuchillos” “sangre y savia de árbol-hombre” mientras les dura el dinero para aguardiente.

                             

Desde luego que esto no quita valor ni sentido a la contemplación satisfecha y platónica de esta ciudad global, pues ya sabemos que la Sociedad del Espectáculo, éste nuestro mundo perfecto, en muchas ocasiones, se esponsoriza y se llena de carne y lucecillas con las ocurrencias desactivadas de los locos y los poetas.

                        

Javier A. Alvarado. II-07.

                                                     

 
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